sábado, 28 de febrero de 2015

Comer chinchetas mata

Gerardo caminaba por la Calle Buenaventura a ritmo apresurado, desparramando chinchetas a su paso, las cuales se le caían de la boca al intentar meterse puñados demasiado cuantiosos. Era su cumpleaños, y como cada año, se reunía con dos amigos en su bar de toda la vida. Pero llegaba tarde.

—Me cago en la puta, llego tarde.

Lo que decía. Finalmente, próximo a El Aguilucho, ya casi a punto de entrar, un hombre apoyado en el marco de la puerta exhaló aliento, escupiendo chinchetas a la cara de Gerardo. Varias de ellas se clavaron en su tez, pero él simplemente se las sacudió, dejando unos hilillos de sangre resbalándole por los poros.

—¡Mira quién viene a quitarnos las telarañas de esperar! —exclamó Bernardo al verle aparecer en el bar.

Fernando, sentado a la derecha de Bernardo, soltó tal carcajada que se le caían chinchetas de la boca. Gerardo saludó a ambos con un gesto desganado y fue a la barra a pedir un café con leche y sacarina al camarero, el cual comía chinchetas con la mirada perdida junto al grifo.

Mientras esperaba su café, cogió el periódico que había en un extremo de la barra. Una mujer daba el pecho a su bebé al fondo de bar, sujetando con una mano al niño y con la otra tomando puñados de chinchetas que se precipitaban sobre la cara de su hijo. Gerardo sacó un nuevo bote de chinchetas, desenroscó la tapa, y empezó a devorarlas con avidez mientras leía la portada.

—Aquí tiene su caf… —comenzó a decir el camarero.

El bote de cristal cayó al suelo, rompiéndose en pedazos y desperdigando chinchetas por las baldosas, las cuales pisó una anciana descalza que pasaba por allí. También es mala suerte, joder. Gerardo se levantó de un brinco e ignoró el café.

—¡Chicos, dejad esas chinchetas ahora mismo! —chilló, quitando de un manotazo los botes a sus amigos.

—¡Devuélveme mis chinchetas, cabrón! —bramó Fernando.

Gerardo enseñó el titular del periódico como respuesta.

—“Las chinchetas pinchan” —leyó Bernardo en voz alta.

Los tres amigos se miraron horrorizados. Rápidamente, Gerardo volteó las páginas hasta encontrar la noticia ampliada.

—“Varios estudios demuestran que ingerir chinchetas desgarra las paredes del sistema digestivo, provocando sangrados, inflamaciones, coágulos y dolor de ojete. La probabilidad de muerte es del 87%.” —Gerardo paró un momento para escupir asqueado las dos o tres chinchetas que le quedaban en la boca—. “Además, el desparramamiento de chinchetas resultante de su ingesta impetuosa provoca daños a los que están alrededor, pudiendo desencadenar también su muerte”.

—Dios mío —musitó Fernando—. Yo le he hecho un cunnilingus a mi mujer hace un rato con la boca llena de chinchetas.

—¡Hay que prevenir a la gente! —Gerardo se puso de pie sobre la silla—. ¡Escuchadme todos! —gritó. El bar se quedó en silencio. Todas las miradas apuntaban hacia él—. ¡Comer chinchetas mata! ¡Y también a las personas que tenéis al lado! ¡Avisad a todo el mundo! ¡Estamos destrozándonos el organismo! ¡Es nuestra vida la que está en juego!

La muchedumbre empezó a proferir un batiburrillo de blasfemias e improperios. La mujer que daba el pecho a su hijo sacó un lanzallamas y quemó el bote de chinchetas que llevaba por la mitad. La anciana descalza casualmente pasaba por ahí y murió de una manera cruel y vomitiva. Todo el bar comprendió la gravedad de los prejuicios de comer chinchetas y, en cuestión de minutos, estaban clamando el nombre de Gerardo mientras le agradecían que les hubiera salvado la vida. Esa noche, Gerardo folló.



Al año siguiente, Gerardo volvía a llegar tarde. Lo cierto es que a veces apetece darle dos buenas hostias. Ahí estaban, otro cumpleaños más, Bernardo y Fernando esperándole en su mesa de El Aguilucho. Exhalaban el humo de sus cigarrillos casi al unísono.

—¿Vienes a quitarnos las telarañas de esperarte? —bromeó Bernardo.

—Este año no puede ser más surrealista que el anterior —apuntó Gerardo mientras tomaba asiento.

—Cuesta creer que nos metiéramos esa mierda en el cuerpo —reflexionó Fernando en voz alta. Dio una calada más a su cigarrillo y siguió hablando—. ¿Por qué lo hacíamos? ¿Éramos idiotas?

—Desconocimiento, tío —dijo Gerardo mientras se encendía un pitillo que le había prestado su amigo. Miró fijamente aquel cilindro de papel portador de nicotina—. Supongamos que nos dicen que estas mierdas nos matan.

—No seas absurdo, Gerardo —interrumpió Bernardo, y después se dirigió a Fernando—. Odio cuando pone ejemplos con historias absurdas.

—Bueno, supongamos que el tabaco es malo para nosotros. No solo para nosotros, ¡también para las personas que comparten espacio contigo! —prosiguió—. Sé que es estúpido, pero imaginadlo. Supongamos que hay datos que lo demuestran, que lo pone en la propia cajetilla. —Ahí no pudieron evitar reírse sus amigos ante lo surrealista de la situación—. Supongamos que, aun así, las personas fumaran. Entonces sí que seríamos idiotas, ¿no crees?

—Ni siquiera habría una razón para empezar a fumar.

—Exacto —asintió Gerardo—. Pero no es el caso. Tomar café no mata, charlar con tus amigos no mata, pasear no mata y fumar no mata. Disfrutemos mientras podamos.

—¡Hasta que se demuestre lo contrario! —agregó Bernardo.


—Lógicamente. Nos gusta vivir. —se encogió de hombros ante la evidencia—. ¡Hasta que se demuestre lo contrario!

sábado, 31 de enero de 2015

Y todo por culpa de Durex

El otro día compré una caja de preservativos. Como todos los hombres acostumbramos, miré la fecha de caducidad –ya sabéis, por si acaso–, y cuán fue mi estupor al leer que me daban de margen hasta 2019. Me pareció ofensivo. Malditos Durex. Estáis permitiendo que la gente posponga echar un polvo cuatro años. ¿Dónde está el infundir ánimo y valentía a la sociedad?

Luego que hay crisis. ¿Cómo no va a haber crisis? Así nos pasa con todo. Todo empezó con dejar las relaciones sexuales para otro momento porque el látex es así, y tanta procrastinación nos hizo sentir demasiado cómodos. Eso originó desinterés por los quehaceres básicos. Quiebras, despidos, menos puestos de trabajo. La que has liado Durex. La has liado parda.

Y nos hemos idiotizado. Dicen que en una situación extrema la gente saca su verdadero ser. Sí, eso que pasa en las películas de miedo cuando deciden empujar al gordinflón como cebo a los zombies para así poder escapar con la maciza. Es cuando los que tenían el poder de cambiar las cosas deberían haberlo hecho, y no aprovecharse de esa situación. Pero así somos. Si pudiéramos evadir impuestos legalmente, o si pudiéramos ganar un poco más a costa de que otro gane un poco menos, lo haríamos. Tampoco le pondríamos el pie en el cuello para que se ahogara en un charco, pero quizá le dejaríamos caminar por el lado de la acera en el que gotean los balcones tras un día de lluvia. ¿A quién queremos engañar?

Nos pegamos veinte años estudiando para trabajar unos cuarenta. Cada vez se requieren más grados, másters, doctorados, cartas de Hogwarts y “ser-el-sobrino-de”. Y cuando al fin pisas las baldosas de una oficina te das cuenta de que las relaciones laborales se han convertido en felaciones laborales. En que por lo visto hay que agradecer que pierdas ocho horas de tus irrecuperables días en hacer tareas que no deberías hacer pero “es que eres nuevo y las cosas hay que ganárselas”. Porque es que el trabajo está muy mal, y es lo justo, ¿no?

Pero a veces hay que recordar que el que traga mierda, escupe mierda. Que no hemos perdido más de una cuarta parte de nuestra vida instruyéndonos para perfilar con nuestra lengua el ano de un déspota que sabe que las palomas siempre irán al maíz. Y que una formación de tantos años, esfuerzo y sudor, no solo te dan un título, sino una dignidad. Que al final, es esa dignidad la que te va a decir que por algo no tienes que pasar, y no todos esos exámenes que te pelaron los codos. Que podemos vivir amargados y seguir escupiendo la mierda que tragamos, o comprarnos esos caramelos de hierbabuena que te dejan el aliento fresco y huelen tan bien.

Y si no lo consigo, ¿qué? Entonces sigue luchando. Y si pasan los días y sigues sin conseguirlo, al menos sé feliz. Saca ese escritor que hay en ti. Empieza a tocar ese instrumento que nunca te creíste capaz. Enamórate. De ella, de él, o de la vida. Hay países en los que se levantan a las 6 a pescar y a las 8 ya están descansando porque ya tienen para vivir el resto del día. Hay gente viviendo de eso que te gustaría a ti. Tienes tiempo para construirte. Tienes todo el tiempo del mundo para lograr vivir como deseas.


En esta tesitura, no me queda otra que esbozar una sonrisa, tapar con el pulgar la fecha de caducidad y decirme en voz alta: "Quizá deberíamos empezar a vivir como si la caja de preservativos caducara la semana que viene".

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad: La Organización de las Musas Inspiracionales

El joven miraba con frustración la pantalla de su ordenador portátil, en la cual la primera página estaba completamente vacía desde hacía casi una hora. Ya era el tercer café. Solía ir siempre a la misma cafetería porque se ocultaba en uno de esos callejones que solo conocen aquellos que viven a cien metros como máximo.

Kathli lo observaba desde el rincón más oscuro. Decidió que ya había sido suficiente. Su cuerpo se transformó en el de un pequeño cachorro de rottweiler. Caminó sobre sus cuatro patitas hasta el joven y le saltó encima. Fue rápido de reflejos y lo agarró en el aire. El cachorro le dio dos lametones en la cara y se le acurrucó. El joven no pudo evitar sonreír. Un par de minutos después, el pequeño can se marchó por la puerta de la cafetería. Kathli, ya en su forma original, pudo ver al muchacho empezando a teclear.

Acabó la jornada. Kathli pasó por la sede de la Organización de Musas Inspiracionales (OMI) para fichar. En el aseo, se echó algo de agua a la cara. Necesitaba despejarse antes de emprender el camino a casa.

—¿Un día duro, Kath? —le preguntó Treene mientras se acicalaba sus rizos negros como el carbón.

—He tenido que inspirar a un chico que quería escribir un relato en una cafetería. Tras analizarlo durante un par de días, decidí convertirme en un chucho. —Se encendió un cigarrillo. Sabía que no estaba permitido fumar ahí, pero hacía tiempo que estaba asqueada de ese trabajo. Incluso le ofreció a su compañera, la cual se negó.

—No te quejarás. Yo he tenido que mimetizar en lluvia. A través de una ventana, a las afueras de la ciudad. Un guitarrista que no encontraba el último acorde de su composición.

—¿Crees que este trabajo lo merece? ¿El esfuerzo por lo que ganamos?

—¿Y cuál lo merece, hoy en día? Al menos las musas podemos decir que hacemos más feliz a la gente. ¿Qué sería del mundo sin inspiración? —Treene agarró la mano a Kathli—. ¿Existiríamos siquiera?

—¿Y quién nos inspira a nosotras? —exhaló una bocanada de humo—. ¿Por qué después de inspirar a alguien yo me siento igual de desgraciada? —Se apartó uno de sus mechones rubios que entorpecían el recorrido del cigarrillo.

—Tu hijo debería ser suficiente inspiración, preciosa.

Treene estaba en lo cierto. Esa noche, al llegar Kathli a casa y pagar a la canguro, se sintió realmente bien al abrazar a aquel pequeño de cinco años. Una hora era lo máximo que disfrutaba con él. Ya era tarde y tenía que acostarse. Afuera hacía frío, así que lo tapó con dos mantas.

Era medianoche y Kathli estaba sentada en el marco de la ventana del salón. Nevaba. Recordó aquel día en que mimetizó en una lechuza blanca, volando entre los copos de nieve y posándose sobre una rama frente a una diseñadora de vestidos de novia.

Se desnudó y se metió en la cama. Adoraba sentir el calor y la suavidad de las sábanas en su piel. Una lágrima reptó por la cara hasta empapar la almohada. Simple frustración.

—No llores, Kath —susurró alguien en la oscuridad.

La musa se sobresaltó y miró alrededor en la habitación. Allí estaba Treene, en el rincón más oscuro, como ellas acostumbraban, despojada de toda ropa. Kathli casi podía escuchar su corazón acelerándose conforme se acercaba. Permaneció inmóvil mientras Treene tiró de las sábanas, dejando su cuerpo desnudo a la intemperie. Sabía que ella no le iba a dejar pasar frío. Se tumbó a su lado y las yemas de sus dedos recorrieron el torso de Kathli.

—¿Realmente eres Treene? —preguntó—. ¿O sabías que solo ella es capaz de inspirarme y has adoptado su forma?

—Quieres ir más allá, lo sé —fue toda respuesta—. Sé que te gustaría inspirar a todo el mundo, pero sobre todo que tú te sintieras orgullosa de ti misma. —La mano de Treene bajó hasta situarse entre las piernas de Kathli—. Abstráete. —Empezó a acariciar—. Abstráete hasta que vayas más allá de lo material, más allá de lo temporal. —Apretó más—. Encuentra la mayor abstracción. —Kathli, con los ojos cerrados, comenzó a resollar—. Puedes sentir que todos te contemplan. Que todos sonríen por ti. Y que tú sonríes por ellos. Lo tienes todo. Lo has conseguido. Has alcanzado la máxima abstracción.

Kathli llegó al clímax entre los susurros de Treene. Realmente podía sentirlo. No era ella misma. En esos días de frío, supo que podría inspirar como nunca lo había hecho. Llegaría a todo el mundo, a los más desamparados, los más privilegiados, a los más amables y a los más mezquinos. Poseída por el éxtasis, supo que era capaz de cualquier cosa. Incluso de un milagro.

Treene se levantó de la cama y se acercó a la ventana.

—No, quédate —rogó Kathli—. Jamás pude imaginar esto. Y ahora necesito que regreses aquí.

—Somos musas muy diferentes, tenemos nuestras vidas. Nos hemos saltado el protocolo del OMI, pero sentí que debía inspirarte, preciosa.

Kathli asintió. Sabía que estaba en lo cierto. Las normas decían muy claro que no debían implicarse con otras musas.

—Una vez al año, Treene. Al menos te necesitaré una vez al año.

—Entonces estaré de nuevo aquí en 365 días.

—¿Y cómo llamarías a lo que acaba de suceder? ¿A este tiempo en el que ahora me sentiré capaz de inspirar y llenar de ilusión a todo el mundo? ¿Cómo lo llamaremos cada año?


—Leí una historia curiosa hace algún tiempo cuyo nombre se me quedó grabado en la mente. Lo llamaremos “Navidad” —propuso, pero no esperó respuesta. Su cuerpo se convirtió en polvo blanco y, finalmente, en un haz de luz, se perdió entre las estrellas mientras Kathli la observaba a través del cristal.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Homomaquia

            —No podemos quejarnos, Lucas —opinó Rodrigo mientras se secaba los labios, manchados de aceite de un buen estofado, con la manga de su toga.
            Todos en aquel lugar vestían así. Cientos de varones con sus indumentarias negras vivían a sus anchas en un recinto más o menos amplio en el que tenían todo lo que querían. O casi todo.
            —Treinta y dos años —apuntó Lucas—. Treinta y dos años y solo he vivido entre hombres. Aún recuerdo vagamente a mi madre, pero me la arrebataron demasiado pronto.
            —¿Para qué tenemos la televisión? —replicó—. Ahí puedes ver todas las que quieras. Pero disfruta de todo esto. ¡Mira qué parajes! —Levantó sus brazos y los movió en círculos—. ¡Mira qué banquetes!
            —Lo sé. Pero no nos han preguntado qué vida queríamos. Me hubiera gustado poder elegir dónde vivir y…
            Sonó el escalofriante bocinazo. Todos los hombres agarraron sus togas y empezaron a correr de lado a lado, buscando un lugar donde esconderse. Ambos amigos se levantaron tan rápido que se volcó la mesa, desparramando toda la comida sobre sus pies. Lucas recorrió con la mirada todos los refugios de su alrededor. Tanto fue así que ni se percató de que Rodrigo ya había desaparecido. No había tiempo. Echó a correr y se refugió bajo la parrilla.
            Las bestias aparecieron. Sus sucias pezuñas se hundían en la tierra. El pelaje graso y azabache brillaba con la luz cobriza del atardecer. Se alzaban sobre sus dos anchas patas, haciendo temblar su alrededor a cada paso. Su cuerpo robusto se ensanchaba en los hombros y era flanqueado por dos brazos musculosos que terminaban en garras. Su cabeza, con un morro negro que resoplaba cada pocos segundos y unos cuernos amenazantes, se iluminaba con las pupilas rojas incrustadas como rubíes sobre ónice.
            Lucas, aterrorizado, veía cómo las bestias buscaban un buen ejemplar humano. Todos se habían ocultado demasiado bien, y empezó a temer que su escondite no fuera el más adecuado, así que intentó echarse más para atrás. Desgraciadamente, su espalda tocó el acero de la parrilla, aún ardiente, y no pudo evitar soltar un leve chillido. Al instante, una de las bestias asomó, clavando su mirada rojiza en la de Lucas, y le golpeó en la cabeza.

            Varias horas después, probablemente ya en la mañana del día siguiente, Lucas se encontraba con los ojos vendados y recibiendo golpes, escuchando música a un volumen enloquecedor y con su cuerpo desnudo sudando a chorros por las altas temperaturas del lugar.
            Alguien le arrancó la venda de los ojos y le empujó antes de que estos se le acostumbraran a la luz. Una puerta se cerró tras él. Tras unos segundos, Lucas comenzó a vislumbrar un graderío a su alrededor, plagado de cabezas negras con cuernos, vitoreando al guerrero que salió frente a él en aquella arena. Era una de esas bestias, vestida para la ocasión, blandiendo una espada y un capote. No, Lucas no quería luchar. Corrió alrededor del ruedo, pero no tenía escapatoria. Tenía que enfrentarse a él totalmente desprovisto de armas.
            Intentó embestirle para arrebatarle la espada, pero en el último segundo la bestia le esquivó. Lucas se sorprendió de que no aprovechara para darle una estocada y matarlo. Estaba jugando con él. El público aplaudía. Dos intentos más. No lo conseguía, pero tampoco él le atacaba.
            La bestia se retiró. Lucas creyó que todo había acabado, pero aparecieron otras dos montadas en unas criaturas cuadrúpedas que rugían mientras trotaban hacia él. Intentó sortearlos en vano. Le clavaron varios pinchos en la espalda mientras le flanqueaban. No tenía escapatoria. Acabó derrumbándose. Las bestias desaparecieron, cabalgando hasta fuera de la arena. La boca le sabía a sangre. Tiritando y tambaleándose, consiguió ponerse en pie de nuevo. “Por Dios, otra vez no…”, musitó al ver al guerrero salir de nuevo, armado con su espada y capote.
            Lucas sabía que si salía de allí, alcanzaría la vida de ensueño que siempre deseó. Y por supuesto, su única opción era enfrentarse a él. Estiró su brazo y se arrancó uno de los puñales de la espalda. La sangre fluía a borbotones. Lucas corrió hacia la bestia, pero de nuevo le esquivó y, esta vez sí, le asestó un corte con el filo de la espada en el hombro izquierdo. El hombre se desplomó de nuevo. No sentía el brazo. No podía moverlo. Miraba con horror su mano, en la que desembocaba el río de sangre entre los dedos.
            La bestia cornada intentó clavarle nuevamente su arma, pero entonces Lucas rodó a un lado y con su puñal dio un tajo en la muñeca de la bestia, haciéndole soltar su arma, de la que con sorprendente agilidad se apropió el hombre. Con una sola mano alzó la espada y la ensartó en el vientre de la bestia. Ésta cayó sobre la arena y él tiró del mango para dar la estocada final entre los dos ojos rojos de aquel ser.
            La esperanza se abría paso durante unos instantes en los que todo parecía indicar que la bestia iba a ser derrotada. Pero no. Las bestias que montaban en aquellos horribles cuadrúpedos le derribaron y clavaron varios pinchos más al hombre, que soltó el arma y cayó a cuatro patas junto a la bestia, tiñendo la arena de rojo y viendo cómo ayudaban a levantarse a la criatura. Su último aliento lo exhaló cuando la espada le atravesó el tórax y la luz se fue apagando poco a poco, mientras los rugosos dedos de la criatura agarraban una de sus orejas. Ya al final solo sintió el filo de uno de los puñales de su espalda cortando los cartílagos. Y el vibrar de los aplausos.

jueves, 30 de octubre de 2014

Problemas de Corazón

El Corazón estaba sentando en el bordillo de la callejuela de detrás de la oficina, una de esas de tan poco tránsito que el propio silencio suena diferente. No había podido contener las lágrimas y se había ido a un lugar donde nadie pudiera verle.

—¿Un mal día, colega? —le preguntó el Cerebro, que se encendía un cigarrillo mientras se sentaba a su lado.

—No me gusta que me vean así —respondió—. A nadie debería importarle cómo me sienta.

—Bueno, colega, si no te tienen en cuenta a ti, ¿a quién van a tener?

—Eso fue en otro tiempo, Cerebro.

—¿Y qué ha cambiado ahora, colega?

El Corazón, furioso, se puso en pie y clavó su mirada en él. El Cerebro podía sentir los pálpitos perforando su lóbulo parietal.

—¡Primero de todo, deja de llamarme “colega”! —bramó—. Segundo, ¡¿de verdad quieres saberlo?! ¡Todo esto antes era mío, ¿sabes?! Esta empresa funciona gracias a mí. Me he dejado los ventrículos para que todos podamos llevar una vida adelante en armonía. Y ahora, ¿qué pasa? Que con los años en vez de ascender, me he quedado en nada. Se han olvidado de mí. Eso sí, cuando pasa algo… —Puso una mueca—, “¡oh, veamos al Corazón, veamos si todo va bien, lo necesitamos!”.

—Ya veo. Nadie intenta eclipsarte, co… compañero.

Relajó sus arterias y se sentó de nuevo.

—Es desde que entraste en juego —murmuró el Corazón—. Tú tenías tu función. ¿Por qué no dejaste que yo hiciera la mía?

—Haces tu función. Mantienes con vida todo esto. Necesitamos que sigas latiendo. Ése es tu papel aquí. Como el mío es pensar.

—¿Pero acaso no me he ganado, con el tiempo, el derecho a tomar decisiones de la empresa? No sé, si otra empresa, del otro sexo, hace que me agite cada vez que los Ojos la ven, que la Piel se eriza, que los Labios la besan. Si me hacen trabajar a unas pulsaciones que jamás creí que alcanzaría… Si incluso ha conseguido que tú dejes de pensar en esos momentos. Es decir, si tú no has trabajado y yo lo he hecho intensamente, ¿no me he ganado el derecho a decidir?

—¿Hablas del “amor”?

—No me vengas con tecnicismos de cerebros. Hablo de eso que me hace sentir vivo todavía en esta empresa —suspiró—. Dime, ¿no me he ganado ese derecho?

—Lo meditaré, Corazón. —Apagó el cigarrillo y se levantó—. Me marcho, me necesitan.

El Corazón le vio marchar. Se secó las lágrimas y simplemente suspiró.

—¿En qué momento tomaste el control… “colega”? —dijo cuando ya no podía escucharle.

martes, 30 de septiembre de 2014

Experiencia religiosa

Miguel hacía zapping mientras su espalda parecía fundirse sobre el cuero del sofá. El cántico de su periquito era el único sonido que duraba más de dos segundos. En pleno agosto y con la crisis de los cuarenta, mataba el tiempo hasta la hora de la cervecita con un par de colegas. Así que, maldita sea, ¿quién era el que estaba tocando el timbre?

Se levantó y abrió la puerta. Un hombre muy gordo, casi calvo, con barba de varios días y una camiseta de tirantes plagada de manchas de comida, estaba ahí, en el marco de la puerta, haciendo un sobreesfuerzo para sonreír.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas tardes, soy Dios —fue la respuesta del gordo.

—¿Perdone?

—Que soy Dios, el Todopoderoso, el Señor, el Padre Vuestro que está en los Cielos.

—Oiga, perdone, no estoy para este tipo de tonterías.

—No te miento, Miguel.

—¿Cómo coño sabes mi nombre? —se asustó levemente—. Bueno, supongo que todos sabemos leer el buzón. Dudo que Dios tenga tu aspecto.

—Me he metido en el cuerpo de este desgraciado. Si Satán lo hace, ¿por qué yo no?

—Venga, si eres Dios, podrás demostrarlo, ¿no?

—Está bien —dijo el panzudo. Levantó el dedo índice y señaló hacia la jaula del periquito—. Apártate.

De pronto, el pájaro estalló en pedazos, tiñendo la jaula con su sangre. Miguel se llevó las manos a la cabeza y gritó horrorizado.

—¡¡¡Oh, Dios mío!!!

—Dime.

—¡¡¡Oh, Dios, lo has matado!!! ¡¿Por qué te lo llevas a él, que era un encanto y no había hecho nada?!

—Es lo que hago siempre. ¿Puedo pasar? Quiero comentarte algo.

Miguel, aún tiritando, asintió y se echó a un lado. Dios se sentó en el sofá, justo sobre la mancha de sudor de Miguel. Pareció no importarle mucho. De hecho, levantó un lado de su trasero para tirarse una sonora flatulencia.

—Anda, tráeme una cerveza —pidió Dios.

—¿No puedes cogerla tú? Usando, no sé, ¿alguno de tus divinos poderes? —se burló Miguel.

—Puedo, pero también creé la pereza.

Dios apuntó con su dedo al gato.

—¡Vale, vale, vale! —exclamó Miguel, interponiéndose entre el gato y Dios—. Deja a Lolo en paz. Te traigo la cerveza.

Veinte segundos después, apareció con un botellín abierto y se sentó junto a Dios.

—¿Por qué has venido? —preguntó Miguel.

—Estoy cansado, muchacho. Llevo miles de milenios haciendo esto, y siento que ya no puedo más.

—¿Te vas a morir?

—Yo no puedo morir, joder. Soy Dios, aquí no muere nadie si yo no quiero.

—¿Y entonces por qué ya no puedes más? ¿Es porque los humanos estamos destruyendo el mundo? ¿Porque estamos agotando sus recursos? ¿Porque hemos creado una sociedad deshumanizada? ¿O quizá porque…?

—Qué va, qué va. Lo que hagáis con vuestra vida me da igual. Pero es un coñazo controlaros. Me levanto y miro la agenda: un huracán por aquí, un inesperado reencuentro familiar por allá, un aborto natural por acá… Que soy omnipresente, pero también tengo una vida. Me estoy dando cuenta de que toda esta mierda del Universo me está apartando de las cosas realmente importantes.

—Entiendo. Quieres dedicar más tiempo a los tuyos. ¿Tienes familia?

—Tuve un hijo con una mujer casada y acabó crucificado. Desde entonces me ha costado encontrar a alguien que realmente merezca la pena.

—¿Y ahora tienes novia?

—Novio. Pero no es a lo que voy. Quería pedirte que tú continúes con mi trabajo.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—No sé, cuarenta años y en el paro. Te estoy haciendo un favor. No está muy bien pagado pero, tampoco te lo voy a negar, es un trabajo que se hace solo.

—Pero… yo no soy omnipresente… ni tengo poderes, ni puedo cambiar el destino de la gente, ni el tiempo, ni el azar…

—¡¿Cómo que no?! —se sorprendió Dios—. ¿Por qué nadie me lo había dicho? Si yo siempre quise haceros a mi imagen y semejanza… ¡Joder, puta mierda! ¿Cómo lo hacéis para seguir vivos los humanos?

—Bueno, no sé. Tirando.

—¿Nadie tiene poderes? Algún amigo, familiar… un perro, o algo.

—No que yo sepa.

Dios dio el último trago a su cerveza y se puso de pie. Exhaló un suspiro.

—Pues voy a tener que hacer un Apocalipsis, ¿eh? —Se rascó la cabeza—. Yo paso de complicaciones.

—Pero… ¿hay salvación para nosotros?

—No, no creo. Siento haberte interrumpido, ¿estabas viendo algo?

—No echan gran cosa.

—Vaya, bueno, gracias por la cerveza. Lo siento por el Apocalipsis.

—Nada, no te preocupes. Cuida de los tuyos. De todo se sale.


El cuerpo del gordo estalló en pedazos y embadurnó de sangre todo el salón. Una luz celestial salió hacia el techo, lo rompió, y se perdió entre las nubes. Miguel se alegró de que el mundo se fuera a acabar: no tenía por qué limpiar todo el estropicio.

sábado, 30 de agosto de 2014

Tres peculiares cuentos

Con motivo del inicio del nuevo curso, aquí traigo tres breves cuentos para que nuestros niños empiecen con fuerzas y, gracias a sus profundas moralejas, reflexionen y maduren en sus andanzas por la vida:


Cuento 1: El apretón

Érase un hombre humilde que un buen día, sin saber muy bien cómo había llegado a darse tan honorable situación, tuvo una cena de empresa en la que tenían, ni nada más ni nada menos, que al nuevo rey Felipe VI dando el discurso principal.

Inconsciente él, comió todos los tentempiés que le ofrecían en bandejitas, y poco a poco, una carga empezó a engendrarse en su interior. Tenía unas ganas mortales de cagar, pero no iba a marcharse en pleno discurso del Rey, sería un delito moral y perderse un acontecimiento histórico. Así que esperó y esperó, con una multitud de topos buscando una salida por su ano. Ya empezaban a asomar cuando el Rey finalizó. “¡Por fin!”, pensó.

Sin embargo, inmediatamente cerraron el lugar y no le permitieron utilizar el servicio. El hombre corrió y se metió en su coche. Tenía que cagar. Condujo en plena noche. Había doble atasco, tanto en la calle como en su culo, y tardó una hora más en llegar a su casa. Bajó del coche.

Al subir a casa, no se cagó en su mujer porque quizá moría ahogada. Tenía el baño ocupado. Se estaba depilando el chocho. “¿Puedo entrar?”, rogó. “¡Me da vergüenza que me veas así, ve al otro baño!”.

El hombre caminó con el culo pegado a la pared, haciendo tapón, y rezando todo lo que se sabía, incluso le dio tiempo de tararear el opening de Dragon Ball. Desafortunadamente, al entrar en el otro baño, vio que no había váter. “¿¡Qué cojones…?!”, chilló. Su mujer lo había perdido en una partida de póker.

Con lágrimas en los ojos y pensando una forma de asesinar a su mujer sin que los medios lo calificaran como “violencia machista”, bajó a la calle y corrió en busca de un bar. Resultó ser el Día Tuitero de No Abrir tu Bar. “Joooodeeeer…”.

Miró a ambos lados de la calle. No había nadie. A la mierda, nunca mejor dicho. Vio un árbol. Oh, bendito árbol. Iba a abonarlo para un año. Se bajó los pantalones. Ya con el culo al aire y el badajo tañendo las campanas para anunciar lo que se aproximaba, apareció el Rey. “Buenas noches”, le dijo Felipe VI. Cuando el hombre abrió la boca para responder, dejó de ejercer presión y su culo cedió. Un pedo ensordecedor emanó de su ano.

Se prolongó al menos durante diez minutos. El Rey miraba anonadado al hombre ponerse colorado mientras ese trompeteo amenizaba el silencio y unos buitres empezaban a volar en círculos sobre sus cabezas al oler la pestilencia de la carroña.

Cuando la flatulencia al fin cesó, el hombre se dio cuenta de algo terrible: no tenía ganas de cagar. Solo había sido un maldito pedo. Todo por un pedo. El Rey se marchó sin decir nada más. El hombre se subió los pantalones. Un pedo. Maldita sea.

MORALEJA: A veces guardarte todo dentro no es bueno. Podría ser solo un pedo y estar amargándote la vida.


Cuento 2: Caraculo

Érase una vez un hombre con un serio problema de autoestima. En su caso, estaba más que justificado.

Su mujer siempre le llamaba “caraculo”. Tenía gracia al principio, pero se convirtió en costumbre. Sus hijos empezaron a hacerlo también. Cuando iba al trabajo, era oficialmente el “caraculo”. Por los pasillos, en las reuniones, viajes de empresa, convenciones... Caraculo.

Ni sus amigos le respetaban. Era llegar y todos: “Aquí está el caraculo”, y le obligaban a beber en orinal. Era insoportable para él. Buscó apoyo en sus padres, pero ellos, por su avanzada edad, no lo reconocían. “¿Quién es este hombre con cara de culo?”, preguntaban con inocencia.

Tanta presión le hizo caer en lo más bajo. Tuvo una aventura con una joven, a escondidas de su mujer, claro, pero más tarde se enteró de que era una fetichista de lo anal. Vaya.

Desesperado cogió el coche bajo los efectos del alcohol. El caraculo condujo y condujo hasta detenerse en el puente. Se bajó y saltó la barandilla. Ya en el bordillo, se asomó para ver si la altura era suficiente para matarse.

Justo en ese momento, un albañil que trabajaba en la reforma del puente le vio asomarse y le gritó: “¡¡¡OIGA, QUE AQUÍ NO SE PUEDE CAGAR!!!”.

MORALEJA: Si no les gusta tu cara, que miren tu culo.



Cuento 3: Solicitud de amistad

El caballero abrió la puerta del torreón, empapado con la sangre del dragón y cojeando por la cruenta lucha que acababa de tener lugar. La princesa se hallaba con su portátil en la cama.

—¿Tú no tendrías que estar dormida, y que yo te despertara con un beso y esas cosas?
—Relaja, tío. Unas amigas están subiendo unas fotos de su viaje a los Bosques de Rezzgarlüm.
—No me jodas, ¿qué amigas? Se supone que llevas aquí encerrada toda tu vida esperando a un caballero que te rescate.
—Claro, pero amigo, ¿Internet? ¿Te suena? Redes sociales, conocer gente, ya sabes. ¿Has venido por el evento que puse en Facebook?
—Evento de… ¿de qué coño hablas?
—En Facebook.
—Vi una foto en Instagram. Foto desde el torreón, filtro Hudson, creo.
—¿A través de qué hashtag?
—Mmm… #Instarescate, o algo así.
—¿Y cómo has podido pasar con ese dragón ahí?
—Lo he matado, ¿qué iba a hacer?
—¡¿QUÉ?! ¡No al maltrato animal! Voy a compartirlo en Facebook, una imagen con el dragón desangrándose seguro que conciencia a la gente.
—¿Tú deliras? Un dragón no es un animal.
—¿Qué es si no?
—No sé, una criatura mitológica.
—Un animal. Asesino.
—Mira. Ya vale. He venido hasta aquí, que no sabes la de trasbordos de mierda que he tenido que pasar. He matado a un puto dragón que medía como… ¿ocho metros? Con una puta espada forjada con diamante, que es la única capaz de matar a semejante bestia. Que tú no sabes lo que me ha costado encontrar un puto sitio en el que forjaran espadas de diamante en Albacete. Pero lo he hecho. He salido victorioso, llego aquí y, al menos, un jodido beso me darás, ¿no?
—Has matado al dragón. Asesino.
—A Cenicienta un pardillo le puso un zapato de su talla y se casó con él. Yo te he matado un maldito dragón.
—Asesino.
—Me cago en la leche, bésame y me voy, que no te pido más.
—Vete a Meetic. Cierra la puerta al salir. Además, parecías más guapo en la foto de perfil. El viejo truco del brillo. Y deja el puto móvil, que te estoy hablando.


MORALEJA: Cómo nos han complicado las relaciones las tecnologías, ¿eh?