sábado, 31 de mayo de 2014

Sábados y rosas

Maribel recolocaba las macetas de tulipanes de la segunda estantería cuando Carlota rompió el silencio que hacía más de diez minutos inundaba la floristería:

—Mira a ese pobre chico. —Señaló al banco de enfrente de la tienda. Maribel podía verlo a través del cristal. No tendría más de treinta años—. Lleva llorando casi media hora. ¿Quién llora enfrente de tantas flores hermosas?

La anciana sintió lástima por el muchacho. Realmente parecía tener un gran disgusto, lloraba descorazonadamente a poco más de un metro de las flores que exhibían en la calle. Maribel cogió una rosa que iba a cambiar de ubicación y salió de la tienda.

—Te queda mucha vida por delante como para gastar todas tus lágrimas ahora, joven —le dijo, mientras se sentaba a su lado—. ¿Qué te pasa?

—La he perdido —respondió—. Llevaba casi diez maravillosos años con ella, y la he perdido por una tontería, en cuestión de segundos.

Maribel no quería entrometerse de más, pero los sollozos de aquel chico despertaron en ella un instinto maternal que le hizo quedarse ahí, preguntándole más.

—¿No tiene solución? Todo en esta vida tiene solución.

—No la tiene —balbuceó, quebrando su voz entre el llanto.

—Mi marido murió hace casi ocho años. Recuerdo cuánto nos queríamos, pero también discutíamos como verduleras. Tuvimos muchos momentos en los que todo parecía que iba a acabar. Estuvimos a punto de rendirnos cuando el médico me dijo que yo no podía concebir. Eran otros años, no todo era tan fácil como ahora. Desde aquella noticia, mi marido me traía cada sábado una rosa roja, como ésta. —Se la mostró al joven—. El maldito canalla conseguía que aunque ese día lo quisiera lapidar, esperara que me trajera mi estúpida rosa de los sábados. Y, ¿sabes qué, querido? No la quería para nada, se me morían todas, pero cuando el cáncer le venció, cada sábado lloraba porque nadie me traía esa rosa. Todo tiene solución. Lo odiaba, y ahora lo echo tanto de menos… Tanto que ahora tengo esta floristería.

—Es… es bonito —dijo el chico, secándose las lágrimas. Había dejado de llorar.

—Toma, quédatela. —Le entregó la rosa—. Seguro que le encanta.

El muchacho la tomó y se lo agradeció con una sonrisa. Maribel volvió a dejarle solo en el banco, del que a los dos minutos se marchó.

Pasó una semana y, el siguiente sábado, el joven volvió. Esta vez entró en la tienda. Maribel, llena de alegría, no pudo evitar preguntarle cómo le fue.

—Estoy mucho mejor desde aquello —respondió él.

—Pero, ¿se la diste?

—Claro, y hoy vengo a por otra. Esta vez se la pagaré. —Sonrió el chico.

Maribel se la envolvió y no pudo evitar, cuando él salía por la puerta, derramar un par de lágrimas de emoción al ver el reflejo de su marido en aquel muchacho, llevando rosas a su amor cada sábado. No sabía muy bien por qué, veía en él el hijo que nunca pudo tener.

Cada sábado regresó. Si Maribel estaba en el almacén, Carlota iba a buscarla para que atendiera al chico. Ella subía ilusionada y le preguntaba qué tal le iba con ella. Él le aseguraba que era feliz con su amada.

Pero al final, como a toda madre, le invadió la curiosidad y no pudo evitar, tras varios meses vendiéndole rosas al joven, seguirle para ver cómo era su novia. Sin embargo, cuando él llegó al cementerio y se detuvo frente a una lápida, su corazón se encogió. Cuando él le contó que la había perdido, no creía que fuera tan literal. Encima de la tapa de granito se acumulaban varias rosas, a cada cual una semana más marchita, sobre la que se depositó la nueva.

El sábado siguiente, cuando él llegó a la floristería, Maribel le llevó al banco de enfrente.

—No me dijiste que había fallecido.

—Te dije que la había perdido y la seguía amando. Y que ahora era feliz. Cada sábado la visito y me quedo con ella, contándole cómo me va, pasando la tarde juntos…

—¿Cuántos años tienes?

—Veintinueve.

—Siento tu pérdida, pero no es edad para que te amarres a una persona que no volverá a estar entre nosotros, querido… Sé lo duro que es perder a quien amas, pero la vida sigue. No la dejes pasar así, hazlo por tu florista. —Sonrió Maribel al chico.

—Está bien —respondió él, cabizbajo—. Déjeme comprarle una última rosa.

—No, no te dejo comprármela. Te la regalo.

Maribel le entregó la más hermosa que había en el rosal, y vio marcharse al joven entre la multitud, deseando no tener que volver a verle jamás. Deseando que aquel chico saliera adelante.

Hay veces que el destino es caprichoso. Esta vez, eligió acabar con la anciana dos días después. Un infarto paralizó el pulso de Maribel, arrebatándole la vida a medianoche. La mujer, viuda desde hacía tanto tiempo, no tenía a nadie. Cuando Carlota recibió la noticia y le preguntaron si se debía informar a alguien más, solo se le ocurrió a una persona a la que comunicárselo, aquella persona en quien la anciana había volcado su amor.

Hoy, el cuerpo de Maribel yace a varios metros bajo tierra, presidida en la superficie por una tapa de granito y con un epitafio tipicón, cuya inscripción se oculta entre varias rosas rojas, a cada cual una semana más marchita que la anterior.

sábado, 19 de abril de 2014

Sólo pido silencio

Sobre la arena los pies descalzos
Ostentan un cuerpo encaprichado.
Los esbozos del día de mayo,
Oleoso lienzo estriado.

Pinceladas regadas de esperanza,
Ilusiones cegadas por templanza,
Dicharacheros parloteos en la playa,
Ornamentados de mares en calma.

Sume el tiempo que solo mancha,
Instinto constante de alarma,
Lindes marchitadas, al alba,
Entre la luz y el mantra.

Nada detiene el dispendio
Cuando todo lo eclipsa un solo deseo.
Inconsciente, siento miedo:
Olvidé cómo suena el silencio.

domingo, 30 de marzo de 2014

Trazos de realidad

Érase una vez un niño con un extraordinario don. Lo descubrió cuando apenas tenía tres años y le regalaron sus primeros lápices de colores. Su poder no era otro que dotar de vida a sus dibujos. Cada esbozo, fuera el que fuera, se hacía realidad y aparecía ante él. Los monigotes y garabatos flotaban en la habitación mientras sus padres, horrorizados, buscaban ayuda en especialistas, pero nadie fue capaz de encontrar una explicación.

Pasaron los años, en los cuales aquel chico se convirtió en el centro de atención de todos los medios de comunicación, bautizándole así como el “Prodigioso pintor”. Cuando él empezó a darse cuenta de lo que su poder implicaba, mejoró su técnica con los años hasta el punto en el que su obra estaba dotada de tal realismo, que cada trazo abría un nuevo mundo frente a él. Precisamente, tanta presión soportaba a causa de la fama que le resultó imposible llevar una vida normal, o al menos, aceptable para alguien con su poder.

Llegó un día en el que fue incapaz de sobrellevarlo y tomó una decisión que cambiaría su vida. Pintó un paisaje en un lienzo, el cual se hizo realidad, y en el que entró dejando todo atrás. Al fin estaba lejos de todas aquellas cámaras y miradas de estupefacción. Se encontraba él solo en un valle, donde sus palabras resonaban entre las montañas y los pájaros pasaban de largo sin fijarse en él. En cinco minutos había dibujado el hogar de sus sueños.

El chico estuvo dos años creando su mundo perfecto. El lápiz proyectaba ante él todos los recursos que le permitían llevar una vida de paz en la que tenía lo que necesitaba. Pero al final, por mucha presión de la que se había liberado, la soledad le invadía cada noche, el frío que empezó sintiendo en la cama pasó a acecharle las veinticuatro horas. Así que tomó cartas en el asunto y, una tarde de invierno frente a la chimenea, unas pinceladas minuciosamente cuidadas esbozaron la figura de una mujer.

Pasó una semana en la que pulió cada detalle hasta que la mujer de sus sueños apareció en el salón. Su perfección física era tal que el chico no pudo resistir la tentación y pasó una noche inolvidable. Por fin no tenía frío bajo las sábanas. Por fin, cuando se levantaba, alguien le esperaba ahí. Por fin tenía algo por lo que seguir adelante.

Pero no todo era tan hermoso como su apariencia. Él había sido incapaz de dibujar unas emociones, una actitud, una personalidad que definieran a aquella atractiva mujer. Era como un ser inanimado más, y pronto las noches comenzaron a ser tan frías como antaño. Pronto se dio cuenta de que ella jamás le devolvería la sonrisa, jamás desearía nada de él y, por supuesto, jamás le querría. Aquel hombre era capaz de crear todo ante sí y, sin embargo, estaba solo.

Consideró la idea de volver a la realidad donde nació. Aquella que no salió jamás de su imaginación y en la que las personas eran auténticas y capaces de amar. Tuvo que poner dos opciones en la balanza: tenerlo todo no teniendo nada, o no tener nada teniéndolo todo. Sí, debía hacerlo. Era hora de volver.

Por desgracia, no era tan fácil. No había marcha atrás. Él estaba en un mundo que había creado anteriormente. No había hacia dónde huir. No había una puerta que volviera a nuestra realidad, y aunque la dibujase, en el lienzo no podía dibujar el otro lado. Y aunque probó a dibujarlo, aquello no era más que otro producto de su imaginación, algo que había creado asemejándose a sus recuerdos. Pero allí no estaban aquellas personas. Dibujó y dibujó mundos, probó mil maneras de regresar, pero de la pluma jamás podría salir el mundo real. Él solo podía crear.

El resto de su vida lo pasó buscando una puerta o los límites de aquel lugar. Él solo fue una más de esas personas que no supieron dejar de abusar de su poder a tiempo. De los que creyeron que lo tenían todo y no se dieron cuenta de sus carencias. De los que se sumergieron en un entorno de falsedad del que jamás pudieron escapar.



jueves, 20 de febrero de 2014

¡Viva la crisis!

Quizá la crisis no sea tan mala. Quizá que ahora los jóvenes nos resignemos a ciertos trabajos sea lo que el equilibrio kármico le está regalando a todos aquellos padres que menospreciaban el trabajo de otros.

“Como sigas así acabarás de basurero”, “Terminarás de cajero de supermercado o dependiente del McDonald’s”, “Al final serás uno de esos que bailan en las barras”… Recuerdo en mi infancia escuchar a todos los adultos que esos eran auténticos trabajos de mierda y que todos debíamos ser doctores o abogados. Que farfullaban “ar-tis-ta” como despreciando una forma de vida “rarita”. Que hacer un grado medio es lo que hacían los “corticos” que se tenían que conformar con lo que su limitado cociente intelectual les permitía.

¿Y ahora qué? Ahora “haz algo con tu vida, aunque sea un cursillo”. Sí, esos que antes se consideraban de perdedores, ¿verdad? Ahora ser basurero es un honor porque tiene trabajo. Ser cajero es envidiable y dependiente del McDonald's “al menos ha sabido buscarse la vida”. Si bailas en una barra en un pub cuentas tus amigos de Facebook a miles y te consigue mil contactos laborales, ¿no? Y ser artista… bueno, nunca estará bien visto ser artista.

Y yo me alegro tanto de que ahora todos ellos tengan que ver a sus hijos pasándolas putas pese a haberse sacado su Derecho o Medicina, de que acaben trabajando en uno de esos puestos que antes eran de pringados… ¡Qué fácil es menospreciar el trabajo que hacen otros! Pero, ¿sabéis? Todos esos trabajos son necesarios en una sociedad. Si no nos hubieran machacado con que todo eso son “mierdas”, quizá ahora no viviríamos deprimidos porque no encontramos nada más, porque tal vez recoger la basura que como cerdos tiramos a las calles, es un gran aporte para la sociedad. Lástima que quizá esos basureros nunca puedan limpiar la mierda que han cagado todos esos prejuicios inculcados desde pequeños.



martes, 28 de enero de 2014

La batería está a punto de agotarse

—Ojalá nunca hubiéramos llegado a esto —dijo Damián.

—Fue tan progresivo que ni nos dimos cuenta —suspiró Eva.

“¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…!!!”.

Un pitido resonó en toda la cafetería. El terror invadió a un hombre dos mesas más allá, que derramó el café sobre la mesa al levantarse de un respingo. Dejó un billete de cinco euros sobre la mesa y ni siquiera esperó a que el camarero le diera las vueltas. Salió corriendo en menos de dos segundos de la cafetería.

—Hay que ser previsor, joder —se llevó las manos a la cabeza Damián—. No puede ser que no calcules el tiempo suficiente como para tomar un café. Yo antes de salir de casa me he cargado al 100%.

—Yo a las 8, mientras desayunaba.

—Esto… Eva.

—¿Qué pasa?

—Son las 12 menos cuarto.

Eva comenzó a temblar. El pánico le impedía moverse. Damián dejó un billete de diez euros sobre la mesa y le agarró el brazo.

—Mi coche está aparcado a dos minutos, ¡vamos!

—Estoy perdida…

—¡Te queda un cuarto de hora de batería, mueve el culo!

Salieron corriendo de la cafetería. Damián tiraba de la mano de Eva mientras buscaba con la mirada su coche. El corazón le dio un vuelco cuando vio que otro automóvil aparcado en doble fila bloqueaba el suyo.

—Mierda…

Eva distinguió el coche de Damián y el miedo acrecentó en su interior.

—Oh, Dios… —titubeó—. ¡¡¡Oh, Dios!!!

—Corramos, podemos llegar a tiempo.

—No, Damián, es imposible que…

—¡Calla y corre!

Volvió a tirar de su mano y al fin Eva reaccionó. Corrieron y corrieron, cruzando en rojo y empujando a todo el que les obstaculizaba el paso. El cadáver de un hombre yacía en la Plaza Mayor con la luz roja de su batería agotada encendida en mitad del pecho. Tuvieron que saltarlo por encima.

“¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…!!!”.

La batería de Eva anunciaba que solo le quedaban cinco minutos de actividad. Aún quedaban un par de calles hasta su casa. Damián gritaba a los transeúntes para que dejaran paso. El pitido cada vez sonaba más fuerte, hasta obligar a ambos a taparse los oídos.

Por fin llegaron a casa, cuando los decibelios resquebrajaban los cristales del portal, y Eva, casi sin fuerzas, se desplomó sobre el sofá. Damián buscó el mando, el cual encontró enseguida sobre la mesilla de cristal, y encendió el televisor. Eva tenía los ojos cerrados, así que Damián abrió sus párpados con las yemas de los dedos y la puso frente a la pantalla, suplicando y rezando ante las imágenes de un anuncio de perfumes.

El pitido cesó y Eva consiguió levantarse por su propio pie. La batería de su pecho estaba cargada. Lo habían conseguido. Damián la abrazó y besó.

—Es lo que te decía Eva —le susurró—. Ojalá nunca hubiéramos llegado a esto. Imagina un mundo en el que no dependiéramos de las baterías, en el que pudiéramos pasar una tarde entera juntos, sin preocuparnos por ningún sonido irritante o tener que mirar una pantalla. Un mundo en el que la tecnología no materializara algo inmaterial, como es lo que siento estando contigo.

—Pero eso es imposible, Damián —apuntó Eva—. ¿Pasamos por tu casa, te cargas para otras cuatro horas y vamos al cine?

—Está bien, voy a mirar los horarios en Internet.
                                                                                         

martes, 24 de diciembre de 2013

La bola

Érase una vez un pequeño pueblo perdido en un valle, flanqueado por dos grandes cordilleras, aislado de toda comunicación con el exterior. Los habitantes se autoabastecían: había sastres, huertos y granjas suficientes para no necesitar ningún tipo de importación. Los escasos cien pueblerinos pasaban alegremente todos sus días entre las montañas, saludándose en cada esquina y reuniéndose en la misa de los domingos.

Sin embargo, la tragedia se cernía sobre el lugar, pues tanto aislamiento había hecho que los excrementos de las vacas, cabras y ovejas de los granjeros, las cuales pastaban en las laderas de las montañas, empezaran a inundar el aire de pestilencia. La sonrisa permanente de los rostros de los habitantes cada vez se veía más truncada por aquel terrible olor, que se acumulaba en el valle formando una atmósfera apestosa entre las laderas, concentrándose con más ahínco abajo del todo, en el pueblo. Si bien todos esperaban acostumbrarse al hedor y seguir viviendo con cordialidad, Ramón no podía soportarlo más y decidió tomar cartas en el asunto.

Una mañana se despertó muy temprano, se puso sus guantes de cuero, cogió una pala y una carretilla, y salió de su casa en completo silencio. El pueblo dormía todavía. Su plan no era otro que recoger todos los excrementos de la ladera y echarlos al otro lado de las montañas, de tal forma que ya no llegara su olor al valle y pudieran recuperar su agradable aroma a manzanilla.

Conforme comenzó a subir vio las primeras deposiciones. Se tapó con un pañuelo mientras las echaba a la carretilla y continuó subiendo. Fue muy ingenuo pensando que él solo iba a poder recoger toda esa boñiga, pues en unos escasos treinta minutos su carretilla ya estaba a rebosar, y pesaba mucho. Al echar la vista atrás, veía el pueblo muy abajo. Era estúpido dar la vuelta ahora, tenía que llevarlo todo al otro lado de la montaña.

En ese momento, un pastor se cruzó en su camino. “¿Necesitas ayuda?”, le preguntó. Ramón lo pensó fríamente, miró hacia la cima y vio que ya no estaba tan lejos. Si él solo lo conseguía, todo el mérito sería suyo, así que rechazó amablemente la ayuda del pastor y siguió empujando la carretilla.

Diez minutos más estuvo recogiendo deposiciones hasta que las ruedas de la carretilla se rompieron, pero afortunadamente no se desparramó la caca sobre él. Ya que llevaba guantes y nadie más podía verle, se le ocurrió una absurda idea, pero que sorprendentemente funcionó. Consiguió formar una gran bola de abono, como si se tratara de un escarabajo pelotero. Así, solo tenía que pasarla por encima de otros excrementos para que se pegaran a la bola y facilitaran su trabajo.

Pesaba mucho, pero Ramón empujaba la bola cuesta arriba y ésta seguía haciéndose más y más grande, rodando hacia la cima, hasta que un leñador se acercó. “¿Va todo bien, amigo?”, le preguntó. Ramón simplemente asintió, pues el agotamiento no le dejaba ni vocalizar, y siguió subiendo y recogiendo mojones.

Llegó un momento en el que la bola tenía un diámetro el doble de alto que él, solo le quedaban unos metros para la cima, y se emocionó tanto que se pasó de largo un pequeño excremento de oveja, de esos del tamaño de una oliva. Ramón se dio cuenta enseguida, así que le acercó la pala con una mano, sujetando la bola de abono con la otra. Se estiró y estiró, pero al final le flaquearon las fuerzas y se desplomó sobre la hierba. Su expresión de horror incrementaba, así como la velocidad de la bola de caca, rodando por la ladera, directa hacia el pueblo. Ramón echó a correr, pero era imposible alcanzarla.

El cura levantó el cáliz en el altar, frente a todo el pueblo reunido en el interior de la iglesia. “Porque ésta es mi sangre…”, pronunciaba. Mientras tanto, la bola recorría las calles del pueblo, chocando contra las fachadas y pringando todo de mierda. Una paloma que comía unas migajas en la plaza del pueblo fue arrasada por la enorme caca. La fuente solo contenía caca. Los huertos ya solo sembraban caca. La máxima velocidad permitida de las señales de tráfico era caca. “¡Y éste es mi cuerpo…!”, clamaba el cura cuando las puertas de la iglesia se derrumbaban y la bola estallaba completamente, llenando de mierda a absolutamente todo el pueblo y al cura, que aún estaba con la boca abierta.

Finalmente, lo único que acabó al otro lado de la cordillera fue Ramón, huyendo lo más lejos posible de aquella masa enfurecida y llena de caca.

Y es que no podemos acusar a aquel valiente de lo que hizo. A veces, nuestra mierda va acumulándose, intentamos ocuparnos solos del problema, rechazamos toda ayuda, aparentando que no la necesitamos y que todo está bien. Mientras tanto, la bola se hace más y más grande, y lo que creías que era solo tu problema, acaba salpicando a todos los que no lo merecen. Al final, todos acaban en tu mierda. Son fechas de compartir con la familia y los amigos momentos especiales, pero dejemos la superficialidad a un lado y valoremos lo que tenemos. Y cuando quien nos quiere se preocupe por nuestra mierda, dejémosle que lo haga. Si no lo haces por ti, hazlo por él.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Geary

Escribí este breve relato juvenil hace ya un tiempo para un concurso de temática Steampunk. Actualmente estoy en mi último año de universidad y he tenido la cabeza en otra parte. Prometo volver a dar vida a este blog a partir de ahora. Disfrutad.

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Lana daba vueltas al ancla sobre su cabeza, calculando para lanzarla y encajarla justo en la cubierta del galeón volador del capitán Caleb. Ella era hija del gran pirata Ojorrojo, que fue asesinado por Caleb en un ataque aeronaval seis años atrás. En aquella ofensiva, los piratas enemigos le arrebataron las dos cosas que más amaba: a su padre, Ojorrojo, que murió en pleno tiroteo, y a su bio-robot Geary, que fue secuestrado.

Lana, muchos años antes, cuando tendría unos cinco aproximadamente, estuvo presente en un asalto que protagonizó Ojorrojo y sus piratas a la ciudad de Theckorn, famosa por ser la mayor exportadora siderúrgica del planeta, y como consecuencia, la metrópoli que más vapores contaminantes emitía al cielo, impidiendo que los barcos pudieran sobrevolarla desde tiempos inmemoriales. El ataque tenía como objetivo encontrar al Relojero, el cual poseía un reloj de oro que albergaba un gran tesoro en su interior. Si girabas las manecillas correctamente, éste se abría y liberaba uno de los únicos diez fragmentos de ectoplasma sólido que quedaban en el Universo.

Encontraron al Relojero en su casa, fabricando una de sus piezas. Nada más entrar en la casa, su hijo de diecisiete años salió corriendo, y su bio-robot Geary se interpuso entre los piratas y el Relojero. Dispararon a Geary, dejándolo inutilizable, y amenazaron al hombre para que les diera el ansiado fragmento, mientras que Lana, con solo cinco años, estaba arrodillada frente a Geary al borde del llanto. Como suele suceder con los piratas, perdieron los nervios ante la ausencia de respuesta del Relojero, que fue asesinado de dos disparos. Lana arregló a Geary, quien fue su única compañía, su mejor amigo, durante los posteriores años, en los que Ojorrojo continuaba con sus fechorías mientras el bio-robot y la joven cuidaban del barco pirata en los muelles. Así que es comprensible que cuando, hace seis años, el capitán Caleb mató a su padre y secuestró a Geary, se convirtiera en el mayor rival de la muchacha.

Así pues, Lana, quien ocupó el puesto de capitán tras la muerte de su padre, lanzó el ancla al galeón de Caleb, mientras los cañones de ambos barcos se disparaban entre sí. Caminó por la cadena del ancla y consiguió infiltrarse entre los piratas enemigos enfurecidos, sumergidos en la batalla, y llegó al camarote del capitán. Con su fusil de bronce reventó la cerradura de la puerta y entró, hallando al capitán Caleb, mirándole con sus gafas de metal y cuero, acobardado tras un baúl. Se acercó hasta él y le apuntó directamente a la frente, preguntándole dónde estaba Geary, pero justo en ese momento el bio-robot salió de entre las sombras de un rincón oscuro de la habitación. “Vámonos, Geary”, dijo ella, emocionada, pero él negó con la cabeza. El capitán Caleb se quitó las gafas, dejando ver que realmente era tuerto, pues una de las cuencas de sus ojos contenía un reloj de oro. “Llevaos el ectoplasma, por favor, pero dejad al robot aquí…”, sollozó el capitán. Movió las manecillas y el reloj se abrió, desprendiendo un fuerte brillo rosado y mostrando el fragmento de ectoplasma que guardaba.

Entonces Lana lo comprendió. Teniendo en cuenta la edad del capitán Caleb solo podía ser una persona: el hijo del Relojero, que huyó de la casa en la invasión. Para ella fue una gran pérdida cuando le arrebataron a Geary, pero Caleb simplemente había hecho lo mismo que ella estaba haciendo en esos momentos: recuperar a su mejor amigo. Él lo había cuidado antes que ella, que fue quien después lo adoptó. Lana bajó el arma: “No quiero el ectoplasma, Caleb, quien lo quería era mi padre. Si lo aceptara, sería como decir que ese fragmento es un tesoro más valioso que Geary”. Los engranajes del robot comenzaron a girar, avanzó hasta Lana y levantó su mano cobriza hasta el hombro de la joven. Ella se despidió de Geary y salió corriendo del camarote, volvió a su barco a través de la cadena del ancla, la desincrustó de un tirón, y, tras gritar “¡Retirada!”, observó desde popa cómo se perdía entre las nubes el galeón de Caleb.