martes, 28 de abril de 2015

Pelo Cobrizo y Pupila Escarlata

Cinco de la tarde. Un martes cualquiera. El cielo se resquebrajaba fuera de la cafetería, bañando sus cristales con una diáfana lámina acuosa.

Qué bien le sentaba el café a estas horas. En su mesa de siempre, en un rincón, con el respaldo de la silla casi tocando la pared, escribiendo un artículo para el periódico local, donde trabajaba desde hacía años. A un metro estaba el paragüero. Por eficiencia, se sentaba al lado. El camarero servía cafés, chocolates, tés, y todo tipo de bebida que hiciera entrar en calor a los pobres clientes cuyas prendas parecían fundirse en pequeñas gotas que impregnaban los baldosines. Nada fuera de lo común. O quizás sí.

Unos cabellos cobrizos, tres mesas más allá, resplandecían ante la cálida luz de los faroles. No podía apartar su mirada de una figura tan perfecta. Tampoco fue capaz de hacerlo durante el resto de su estancia. También tomaba capuccino. Lo sabía por esa espuma rebosante tan característica con que los servían en esa cafetería. En varias ocasiones se cruzaron las miradas. Una sonrisa ruborizante. Una torpe bajada de cabeza por disimulo.

Cuando al día siguiente, a la misma hora, estaba otra vez ahí, en la misma mesa, y con el mismo capuccino, decidió buscarle un nombre: Pelo Cobrizo. Lo que no sabía es que también le habían adjudicado uno: Pupila Escarlata. Quizá por el tono en que los farolillos dorados reflejaban en su iris avellana. La consciencia de esa atracción era recíproca, al igual que la timidez.

Casi un mes de silencio y miradas. Cada día el café se alargaba hasta más tarde. Como una especie de reto de a ver quién se marcha antes. Un día, Pelo Cobrizo estaba una mesa más cerca. Al día siguiente, Pupila Escarlata siguió el juego y se acercó una mesa más. Prácticamente podían oler el otro café.

Sin embargo, no fue hasta el siguiente día, cuando Pelo Cobrizo dejaba resbalar unas lágrimas por su níveo rostro, el momento en que Pupila Escarlata se levantó de su mesa y tomó asiento frente a frente.

—¿Qué te pasa? —preguntó con preocupación. Le resultaba extraño dirigirle la palabra.

—Absolutamente nada —respondió secándose las lágrimas con el índice y dibujando una media luna en sus labios.

—Llorabas —insistió.

—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.

Hablaron tanto y se enfrascaron de tal manera en conocerse, que apenas se daban cuenta de cómo los clientes iban desapareciendo y el camarero comenzaba a colocar las sillas sobre las mesas. Rieron. Encajaron. Podría haber salido mal, pero no. Una vez abandonaron el local, caminaron hasta la medianoche. Y hasta la madrugada. Y se olvidaron de dormir, pero no de amanecer bajo las mismas sábanas.

Tardes en la cafetería. Y de conocer otras cuando se acercaba el verano. Del capuccino al té frío. Un daiquiri frente a la costa caribeña. Un sake en Japón. Chocolate derretido dentro de una crepe en París. Champán durante cinco nocheviejas.

Pero fue una oferta de trabajo de ensueño para Pelo Cobrizo al otro lado del Pacífico la que se empeñó en distanciarles. Pupila Escarlata no podía abandonar el puesto que en más de diez años se había ganado en el periódico local. La ruptura no fue real hasta que vio el avión despegar al otro lado de la cristalera de la terminal.

Varios meses después, Pelo Cobrizo, lejos de su tierra natal, no rompió su tradición del café. Siempre recordando aquellos iris que enrojecían bajo los faroles al otro lado del océano, también se acostumbró a leer el periódico mientras lo tomaba. Pero por desgracia, allí no vendían aquel en el que escribía su amor.

O quizá sí. Todo parecía tan normal aquel día, que al leer el seudónimo que firmaba la noticia de portada, se le resbaló el periódico entre los dedos antes de acabar la palabra “Escarlata”. Miró al frente, y ahí estaba, tres mesas más allá, y ahora colocándose una más cerca. Pelo Cobrizo no pudo contener unas lágrimas nerviosas, y Pelo Escarlata se acercó hasta su mesa y simplemente le dijo:

—¿Qué te pasa?

—Ab-absolutamente nada…

—Llorabas.

—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.


Y quizá sea una historia de amor simple, como todas lo son. Pero nunca sabremos los sexos de Pelo Cobrizo y Pupila Escarlata. Simplemente sabemos que se amaban. Así que olvidemos, por un momento, los prejuicios que puedan existir ante que sean dos hombres, dos mujeres, o tal vez hombre y mujer. Porque, por un momento, a ninguno nos importaba. Ni jamás debería importar. Leámoslo otra vez con diferentes sexos y el amor será igual de real. El amor es un sentimiento incuestionable. La sexualidad de cada uno, también.

martes, 31 de marzo de 2015

Cómo empezó todo

Hola a todos aquellos que dedicáis vuestro tiempo a leerme. Como habréis notado, me he habituado a subir a final de mes una entrada, la cual suelo escribir en algún momento de dicho mes, o incluso ya la tenía guardada de mucho antes.

El otro día estaba viendo mis primeros textos y encontré uno de esos primeros capítulos que todo escritor redacta imaginando una novela larguísima y se queda en agua de borrajas. Cuando tenía 14 años (¡madre mía, ya han pasado más de 8 años de aquello!) ya hacía mis pinitos con historias absurdas, y es por ello que este mes os traigo algo especial. Mis inicios. Aunque sea largo, os animo a leer uno de mis primeros textos, el cual, desafortunadamente, nunca se continuó. ¡He dejado la redacción como estaba, no me gusta hacer trampas!

Gracias a todos por estar ahí.



Capítulo 1: La lámpara que hacía galletas
  


Aquel día empezó asquerosamente mal. Era el cumpleaños de mi profe de mates y se había maquillado. ¿Pretendía parecer más joven? Yo le echaba por lo menos sesenta o algo así. Pero esa no fue la razón de mi asqueroso día. Tampoco lo fue cuando Jaime se sacó un moco y se lo pegó en el sobaco a otro de clase que no sé cómo se llama. Dijo algo así como “jamalajamalajá” por lo que entendí que era español. Mi clase no me gustaba. Todos tenían dos ojos, dos orejas, una nariz, una boca, un pene las chicas y una vagina los chicos… ¿o era al revés? Cierto, era al revés… Tenían una oreja y dos narices. Bueno… ¿de qué hablaba? Ah sí… nunca había comido unos espaguetis así… ¡Me encanta la verdura! ¡Y las anillas de los cuadernos de anillas!

            Pues eso… que el día en sí era un poco mierda… por eso lo de “asqueroso”. La mierda es asquerosa. Así que se podría decir que era una mierda de día. Sí, lo era. Era una mierda de día.

            Volví reventado de las clases. A última hora habíamos tenido Historia y odiaba las raíces cuadradas.

-          ¡Hola Rodolfo! — dijo mi madre.
-          Sí  — contesté sin pensármelo dos veces.

            Fui a mi habitación antes de que me empezara a dar el coñazo con lo de que si no comiera yogures de queso entre horas, lo de que limpie los pelacos que se quedaban en la bañera, que a ver cuándo cojones me voy de casa, que a ver si me pudro en el infierno… en fin, esas cosas de madres. Pero la verdad es que me caía bien, le había cogido cariño. Nada más entrar a mi habitación me quité la mochila, me la comí y encendí el ordenador. Me metí al chat de E.P.A. (Eyaculadores Precoces Anónimos). Siempre entraba ahí. Podría decirse que era el tornillo de mi almohada. Nunca se me dieron bien las metáforas.

            "¡¡¡RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING!!!". Corriendo, fui a cagar. Luego caí en la cuenta de que estaba sonando el teléfono. Corrí al teléfono con los pantalones bajados.

-          ¿Diga? —dije con un par de gónadas.
-          ¡Hola, primo! ¿Sabes quién soy?
-          ¿Papá?
-          ¡¡Soy chica y además he dicho “primo”!!
-          ¿Carlos?
-          ¡Chica!
-          ¿Hermanita?
-          ¡Pero si no tienes hermanas!
-          Santa Claus.
-          Dios… ¿pero tú qué cojones entiendes cuando digo “primo”?
-          ¡Ah, coño!
-          ¿Ya?
-          ¡HERMANITA!
-          Oye mira que te den… Soy tu prima Lola que he venido a Rabotown a pasar el resto del curso aquí…
-          Ya lo había sospechado.
-          Sí, bueno… Pues eso, que he pensado: este primo mío no tendrá nada que hacer… así que podría enseñarme la ciudad…
-          ¡Qué buena idea! ¡Díselo!
-          Pero vamos a ver… ¡tú eres mi primo! Hablaba de ti, joder.
-          ¿Hermanita?
-          Joder… Mira, a las cinco en la Plaza Patilla.
-          De acuerdo, tata.
-          Buf… adiós, primo… no tienes remedio.
-          Adiós Superman.

            Colgué ese extraño aparato parecido a un teléfono. Aún no me creía que hubiera hablado con Tom Cruise. Estuve anonadado dos horas mirando la grieta de una baldosa hasta las cinco de la tarde. Salí corriendo, ya que la Plaza Patilla estaba a unas dos horas a patinete. Me gustaba ir en bici. En cambio, fui andando.
            Todo el mundo me miraba por la calle, algunos incluso se apartaban, pero no le di importancia.

            Tres horas después llegué a la Plaza Patilla. Solía ir a esa calle a comprarme chicles, ya que me pillaba cerca de casa. Ahí me encontré a mi prima.

-          Rodolfo… ¿por qué llevas los pantalones bajados? —preguntó.

            ¡Mierda! Llevaba con ellos bajados desde que había ido a cagar para coger el teléfono. Me los subí y cerré la cremallera a la segunda (en la primera me la pillé y tuve que ir a urgencias y volver a la plaza).

-          Jopé... pues qué casualidad habernos encontrado aquí —le dije—. Porque yo había quedado con alguien… que no recuerdo por cierto.

-          Pero si ésa era… en fin, vamos a dejarlo. —Me dio un abrazo que casi me asfixia. Por decirlo finamente, tenía un par de tetacas que podía cascar nueces.

-          Bueno... ¿qué te trae por aquí? — pregunté, ya que ella vivía en un pueblo de aquí cerca, Villaglande.

-          También te lo he dicho por teléfono… vengo a hacer el curso aquí ya que en mi pueblo sólo hay colegios nudistas. Y como ya lleváis dos semanas, me costará pillaros el ritmo, pero bueno… no creo que hayáis avanzado mucha materia, ¿no?

-          No sé, es que yo en clase me dedico a pensar en plátanos azules.

-          Bueno… entonces, no seré la que peor vaya en clase —Se rió.

-          No, Lola, yo siempre seré más gilipollas. ¡Tengo una idea! ¡Voy a enseñarte un poco la ciudad!

-          ¿Cómo que tu idea? ¿Pero tú has escuchado algo mientras hablábamos por teléfono?

-          Qué va… Estaba con los pantalones por los tobillos y agarrando el aparato con la mano.

            Me miró con cara de asco y propuso que empezáramos a pasear. Me pareció buena idea. La llevé a ver la alcachofería, la esquina de los vagabundos que olía a pis, el parque de los drogatas, el río (que, por cierto, me clavé una jeringuilla que había por el suelo), a un bar con luz rosa y señoras desnudas… Yo pensé que sería lo más importante de la ciudad. Tampoco iba a ser tan gilipollas de enseñarle lo peor, como la catedral románica, el monumento a Cojoncio IV o el mercado medieval.

-          Oye, está empezando a anochecer y tengo hambre… ¿Volvemos cada uno a nuestra casa o cenamos por ahí? —dijo mi prima.

-          Pues, hombre, en mi casa no me dan de cenar y siempre tengo que robar cosas de la basura al vecino… así que vale, no es mala idea eso de ir por ahí.

-          Guay, por ahí hay una heladería, ¿no? Pues vamos para allá.

            Me compré un helado de 7 bolas porque no tenía hambre. Ella, en cambio, solo se cogió uno de sabor a hierro oxidado. Caminamos por las calles mientras se hacía de noche. Ella iba hablando mientras yo pensaba en aquella grieta de la baldosa con la que estuve empanado durante dos horas antes de ir a la plaza. Al final nos sentamos en una cagada de caballo mirando al Río Mojao, que es el único río que pasa por Rabotown.

-          Y la gente de clase… ¿qué tal es? —me preguntó Lola.

-          Hombre pues tienen dos orejas, una nariz, dos ojos…

-          No, no… digo que si son majos.

-          De verdad… qué poco superficial eres. Hay que ser muy imbécil para pensar que lo importante es el interior. Una buena persona es aquella que está buena y que puedes copular con ella. ¡Cuánto tienes que aprender, hermanita!

-          Entonces tú serías un cabrón —dijo, y se empezó a encanar.

            No entendía por qué se reía, pero me reí para no parecer tonto. Miré a ambos lados de la calle. No había nadie y además hacía un frío de cagarse patas abajo. El eco de las risas se oía chachi.

-          ¡¡¡¡¡PENE!!!!! —grité, y el eco repetía “pene” sin parar.

—      ¿Pero tú estas mal o qué? —dijo.

            Antes de poder responder “triángulo” se oyó un petardazo. Sonó algo así como "¡CATAPUNCHIS!". Bueno, en realidad parecía un disparo. Tras esto, se oyó el grito de una mujer o, en su defecto, de un mariquita. Acto seguido se oyeron dos disparos más. Lola y yo nos miramos. Ninguno se atrevía a decir nada. Al final, cogí aire y dije:

-          ¿Tú nunca te has preguntado si la esterilidad es hereditaria?

-          ¿Pero eres tonto? No me digas que no has oído esos disparos.

-          Ah, sí… Lo mejor sería ir a casa y comer yogures de queso…

-          Y una mierda. Tú te vienes conmigo a investigar… Se ha oído en la orilla del río, así que ven.

            Tenía que reconocer que me había hecho mis necesidades encima. Vi cómo se levantaba y se iba. Dos segundos después, volvió.

-          ¿Pero vienes o no?

-          No entiendo.

-          Pues que si me acompañas a mirar qué ha pasado.

-          Explica.

-          Que vengas para ver qué era ese ruido.

-          Rojo.

-          Dios, ?pero por qué me tenía que tocar un primo así…?

            Me cogió y me llevó del brazo como hacía mi profesor de Religión en la intimidad. Bajamos a la orilla del río. Estaba muy oscuro y no se veía nada. Si no me hubiera cagado en los pantalones cuando lo de los disparos, me hubiera cagado entonces. Se oyó como si pasara un rinoceronte de color rosa con un piercing en el glande.

-          ¿Has oído esos pasos? —me preguntó.

—     ¿Cómo que pasos?

¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? No era un rinoceronte, sino pasos.

-          Vamos a ver qué pasa… —propuso mi prima, que parecía no oler el jugoso pastel que había en mis pantalones.

            De repente, vimos a un hombre arrastrando un saco negro de color verde hacia el río. Corriendo, nos escondimos detrás de un unicornio que había allí. El hombre llevaba un gorro de Mickey Mouse, una camiseta rosa fosforito y unos pantalones verdes que tenían escrito en el culo: “Introduzca la pilila”. También llevaba plataformas y unas gafas de sol rojas. Por sus pintas diría que era metrosexual. Vimos cómo cogía el saco con el pie izquierdo y lo lanzaba al río. El saco desapareció por arte de magia (más tarde descubrí que es que se había hundido).

-          Tío, ¿estás viendo lo que estoy viendo? —susurró Lola.

-          Sí, tía, se le ha caído el saco al pobre…

-          Pero a ver… ¡que este hombre se ha cargado a alguien!

-          ¡No jodas! —después de chillar eso, me di cuenta de lo alto que lo había dicho.

-          ¿Quién anda ahí? —se asustó el hombre.

-          ¡Mierda! ¡Corre! —y tras decir Lola esto, se echó a correr.

            Supuse que la había cagado, así que corrí hacia el señor hasta que me gritó Lola que era hacia el otro lado. Corrimos y corrimos, sin darnos la vuelta ni para mirar si nuestras huellas tenían forma parecida a la de un falo. Se oía al hombre persiguiéndonos cual murciélago come alubias con chorizo.

-          Vamos, llévame a una calle muy transitada. —pidió Lola.

-          Joder, ¿nos persigue un mamarracho y tú pensando en sexo?

-          ¿Sabes lo que es “transitada”?

-          Sí, pero… ¿a que tú no?

-          Buf… llévame a una calle con mucha gente.

-          ¿Ves cómo me cambias de tema?

            El hombre nos perseguía en la oscuridad, y por cierto, casi no se le veía porque el alcalde vendió las farolas de la ciudad para comprarse un cortaúñas. Después de cruzarnos con un señor que llevaba un jersey verde llegamos a la Calle Se. Miramos alrededor. El hombre había desaparecido.

-          Sabía que se iría en cuanto hubiera más gente —dijo mi prima, como pensando que era lista.

-          A todo esto, yo había quedado con mi hermana en la Plaza Patilla hace un rato ya…

-          Anda, vamos a casa.
           
            Cogimos la Calle Vatanga para ir hacia mi casa. Ambos nos habíamos quedado flipados con lo que habíamos visto. Justo al doblar la esquina vi una tuerca en el suelo, lo que hizo que aquel fuera un asqueroso día.

sábado, 28 de febrero de 2015

Comer chinchetas mata

Gerardo caminaba por la Calle Buenaventura a ritmo apresurado, desparramando chinchetas a su paso, las cuales se le caían de la boca al intentar meterse puñados demasiado cuantiosos. Era su cumpleaños, y como cada año, se reunía con dos amigos en su bar de toda la vida. Pero llegaba tarde.

—Me cago en la puta, llego tarde.

Lo que decía. Finalmente, próximo a El Aguilucho, ya casi a punto de entrar, un hombre apoyado en el marco de la puerta exhaló aliento, escupiendo chinchetas a la cara de Gerardo. Varias de ellas se clavaron en su tez, pero él simplemente se las sacudió, dejando unos hilillos de sangre resbalándole por los poros.

—¡Mira quién viene a quitarnos las telarañas de esperar! —exclamó Bernardo al verle aparecer en el bar.

Fernando, sentado a la derecha de Bernardo, soltó tal carcajada que se le caían chinchetas de la boca. Gerardo saludó a ambos con un gesto desganado y fue a la barra a pedir un café con leche y sacarina al camarero, el cual comía chinchetas con la mirada perdida junto al grifo.

Mientras esperaba su café, cogió el periódico que había en un extremo de la barra. Una mujer daba el pecho a su bebé al fondo de bar, sujetando con una mano al niño y con la otra tomando puñados de chinchetas que se precipitaban sobre la cara de su hijo. Gerardo sacó un nuevo bote de chinchetas, desenroscó la tapa, y empezó a devorarlas con avidez mientras leía la portada.

—Aquí tiene su caf… —comenzó a decir el camarero.

El bote de cristal cayó al suelo, rompiéndose en pedazos y desperdigando chinchetas por las baldosas, las cuales pisó una anciana descalza que pasaba por allí. También es mala suerte, joder. Gerardo se levantó de un brinco e ignoró el café.

—¡Chicos, dejad esas chinchetas ahora mismo! —chilló, quitando de un manotazo los botes a sus amigos.

—¡Devuélveme mis chinchetas, cabrón! —bramó Fernando.

Gerardo enseñó el titular del periódico como respuesta.

—“Las chinchetas pinchan” —leyó Bernardo en voz alta.

Los tres amigos se miraron horrorizados. Rápidamente, Gerardo volteó las páginas hasta encontrar la noticia ampliada.

—“Varios estudios demuestran que ingerir chinchetas desgarra las paredes del sistema digestivo, provocando sangrados, inflamaciones, coágulos y dolor de ojete. La probabilidad de muerte es del 87%.” —Gerardo paró un momento para escupir asqueado las dos o tres chinchetas que le quedaban en la boca—. “Además, el desparramamiento de chinchetas resultante de su ingesta impetuosa provoca daños a los que están alrededor, pudiendo desencadenar también su muerte”.

—Dios mío —musitó Fernando—. Yo le he hecho un cunnilingus a mi mujer hace un rato con la boca llena de chinchetas.

—¡Hay que prevenir a la gente! —Gerardo se puso de pie sobre la silla—. ¡Escuchadme todos! —gritó. El bar se quedó en silencio. Todas las miradas apuntaban hacia él—. ¡Comer chinchetas mata! ¡Y también a las personas que tenéis al lado! ¡Avisad a todo el mundo! ¡Estamos destrozándonos el organismo! ¡Es nuestra vida la que está en juego!

La muchedumbre empezó a proferir un batiburrillo de blasfemias e improperios. La mujer que daba el pecho a su hijo sacó un lanzallamas y quemó el bote de chinchetas que llevaba por la mitad. La anciana descalza casualmente pasaba por ahí y murió de una manera cruel y vomitiva. Todo el bar comprendió la gravedad de los prejuicios de comer chinchetas y, en cuestión de minutos, estaban clamando el nombre de Gerardo mientras le agradecían que les hubiera salvado la vida. Esa noche, Gerardo folló.



Al año siguiente, Gerardo volvía a llegar tarde. Lo cierto es que a veces apetece darle dos buenas hostias. Ahí estaban, otro cumpleaños más, Bernardo y Fernando esperándole en su mesa de El Aguilucho. Exhalaban el humo de sus cigarrillos casi al unísono.

—¿Vienes a quitarnos las telarañas de esperarte? —bromeó Bernardo.

—Este año no puede ser más surrealista que el anterior —apuntó Gerardo mientras tomaba asiento.

—Cuesta creer que nos metiéramos esa mierda en el cuerpo —reflexionó Fernando en voz alta. Dio una calada más a su cigarrillo y siguió hablando—. ¿Por qué lo hacíamos? ¿Éramos idiotas?

—Desconocimiento, tío —dijo Gerardo mientras se encendía un pitillo que le había prestado su amigo. Miró fijamente aquel cilindro de papel portador de nicotina—. Supongamos que nos dicen que estas mierdas nos matan.

—No seas absurdo, Gerardo —interrumpió Bernardo, y después se dirigió a Fernando—. Odio cuando pone ejemplos con historias absurdas.

—Bueno, supongamos que el tabaco es malo para nosotros. No solo para nosotros, ¡también para las personas que comparten espacio contigo! —prosiguió—. Sé que es estúpido, pero imaginadlo. Supongamos que hay datos que lo demuestran, que lo pone en la propia cajetilla. —Ahí no pudieron evitar reírse sus amigos ante lo surrealista de la situación—. Supongamos que, aun así, las personas fumaran. Entonces sí que seríamos idiotas, ¿no crees?

—Ni siquiera habría una razón para empezar a fumar.

—Exacto —asintió Gerardo—. Pero no es el caso. Tomar café no mata, charlar con tus amigos no mata, pasear no mata y fumar no mata. Disfrutemos mientras podamos.

—¡Hasta que se demuestre lo contrario! —agregó Bernardo.


—Lógicamente. Nos gusta vivir. —se encogió de hombros ante la evidencia—. ¡Hasta que se demuestre lo contrario!

sábado, 31 de enero de 2015

Y todo por culpa de Durex

El otro día compré una caja de preservativos. Como todos los hombres acostumbramos, miré la fecha de caducidad –ya sabéis, por si acaso–, y cuán fue mi estupor al leer que me daban de margen hasta 2019. Me pareció ofensivo. Malditos Durex. Estáis permitiendo que la gente posponga echar un polvo cuatro años. ¿Dónde está el infundir ánimo y valentía a la sociedad?

Luego que hay crisis. ¿Cómo no va a haber crisis? Así nos pasa con todo. Todo empezó con dejar las relaciones sexuales para otro momento porque el látex es así, y tanta procrastinación nos hizo sentir demasiado cómodos. Eso originó desinterés por los quehaceres básicos. Quiebras, despidos, menos puestos de trabajo. La que has liado Durex. La has liado parda.

Y nos hemos idiotizado. Dicen que en una situación extrema la gente saca su verdadero ser. Sí, eso que pasa en las películas de miedo cuando deciden empujar al gordinflón como cebo a los zombies para así poder escapar con la maciza. Es cuando los que tenían el poder de cambiar las cosas deberían haberlo hecho, y no aprovecharse de esa situación. Pero así somos. Si pudiéramos evadir impuestos legalmente, o si pudiéramos ganar un poco más a costa de que otro gane un poco menos, lo haríamos. Tampoco le pondríamos el pie en el cuello para que se ahogara en un charco, pero quizá le dejaríamos caminar por el lado de la acera en el que gotean los balcones tras un día de lluvia. ¿A quién queremos engañar?

Nos pegamos veinte años estudiando para trabajar unos cuarenta. Cada vez se requieren más grados, másters, doctorados, cartas de Hogwarts y “ser-el-sobrino-de”. Y cuando al fin pisas las baldosas de una oficina te das cuenta de que las relaciones laborales se han convertido en felaciones laborales. En que por lo visto hay que agradecer que pierdas ocho horas de tus irrecuperables días en hacer tareas que no deberías hacer pero “es que eres nuevo y las cosas hay que ganárselas”. Porque es que el trabajo está muy mal, y es lo justo, ¿no?

Pero a veces hay que recordar que el que traga mierda, escupe mierda. Que no hemos perdido más de una cuarta parte de nuestra vida instruyéndonos para perfilar con nuestra lengua el ano de un déspota que sabe que las palomas siempre irán al maíz. Y que una formación de tantos años, esfuerzo y sudor, no solo te dan un título, sino una dignidad. Que al final, es esa dignidad la que te va a decir que por algo no tienes que pasar, y no todos esos exámenes que te pelaron los codos. Que podemos vivir amargados y seguir escupiendo la mierda que tragamos, o comprarnos esos caramelos de hierbabuena que te dejan el aliento fresco y huelen tan bien.

Y si no lo consigo, ¿qué? Entonces sigue luchando. Y si pasan los días y sigues sin conseguirlo, al menos sé feliz. Saca ese escritor que hay en ti. Empieza a tocar ese instrumento que nunca te creíste capaz. Enamórate. De ella, de él, o de la vida. Hay países en los que se levantan a las 6 a pescar y a las 8 ya están descansando porque ya tienen para vivir el resto del día. Hay gente viviendo de eso que te gustaría a ti. Tienes tiempo para construirte. Tienes todo el tiempo del mundo para lograr vivir como deseas.


En esta tesitura, no me queda otra que esbozar una sonrisa, tapar con el pulgar la fecha de caducidad y decirme en voz alta: "Quizá deberíamos empezar a vivir como si la caja de preservativos caducara la semana que viene".

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad: La Organización de las Musas Inspiracionales

El joven miraba con frustración la pantalla de su ordenador portátil, en la cual la primera página estaba completamente vacía desde hacía casi una hora. Ya era el tercer café. Solía ir siempre a la misma cafetería porque se ocultaba en uno de esos callejones que solo conocen aquellos que viven a cien metros como máximo.

Kathli lo observaba desde el rincón más oscuro. Decidió que ya había sido suficiente. Su cuerpo se transformó en el de un pequeño cachorro de rottweiler. Caminó sobre sus cuatro patitas hasta el joven y le saltó encima. Fue rápido de reflejos y lo agarró en el aire. El cachorro le dio dos lametones en la cara y se le acurrucó. El joven no pudo evitar sonreír. Un par de minutos después, el pequeño can se marchó por la puerta de la cafetería. Kathli, ya en su forma original, pudo ver al muchacho empezando a teclear.

Acabó la jornada. Kathli pasó por la sede de la Organización de Musas Inspiracionales (OMI) para fichar. En el aseo, se echó algo de agua a la cara. Necesitaba despejarse antes de emprender el camino a casa.

—¿Un día duro, Kath? —le preguntó Treene mientras se acicalaba sus rizos negros como el carbón.

—He tenido que inspirar a un chico que quería escribir un relato en una cafetería. Tras analizarlo durante un par de días, decidí convertirme en un chucho. —Se encendió un cigarrillo. Sabía que no estaba permitido fumar ahí, pero hacía tiempo que estaba asqueada de ese trabajo. Incluso le ofreció a su compañera, la cual se negó.

—No te quejarás. Yo he tenido que mimetizar en lluvia. A través de una ventana, a las afueras de la ciudad. Un guitarrista que no encontraba el último acorde de su composición.

—¿Crees que este trabajo lo merece? ¿El esfuerzo por lo que ganamos?

—¿Y cuál lo merece, hoy en día? Al menos las musas podemos decir que hacemos más feliz a la gente. ¿Qué sería del mundo sin inspiración? —Treene agarró la mano a Kathli—. ¿Existiríamos siquiera?

—¿Y quién nos inspira a nosotras? —exhaló una bocanada de humo—. ¿Por qué después de inspirar a alguien yo me siento igual de desgraciada? —Se apartó uno de sus mechones rubios que entorpecían el recorrido del cigarrillo.

—Tu hijo debería ser suficiente inspiración, preciosa.

Treene estaba en lo cierto. Esa noche, al llegar Kathli a casa y pagar a la canguro, se sintió realmente bien al abrazar a aquel pequeño de cinco años. Una hora era lo máximo que disfrutaba con él. Ya era tarde y tenía que acostarse. Afuera hacía frío, así que lo tapó con dos mantas.

Era medianoche y Kathli estaba sentada en el marco de la ventana del salón. Nevaba. Recordó aquel día en que mimetizó en una lechuza blanca, volando entre los copos de nieve y posándose sobre una rama frente a una diseñadora de vestidos de novia.

Se desnudó y se metió en la cama. Adoraba sentir el calor y la suavidad de las sábanas en su piel. Una lágrima reptó por la cara hasta empapar la almohada. Simple frustración.

—No llores, Kath —susurró alguien en la oscuridad.

La musa se sobresaltó y miró alrededor en la habitación. Allí estaba Treene, en el rincón más oscuro, como ellas acostumbraban, despojada de toda ropa. Kathli casi podía escuchar su corazón acelerándose conforme se acercaba. Permaneció inmóvil mientras Treene tiró de las sábanas, dejando su cuerpo desnudo a la intemperie. Sabía que ella no le iba a dejar pasar frío. Se tumbó a su lado y las yemas de sus dedos recorrieron el torso de Kathli.

—¿Realmente eres Treene? —preguntó—. ¿O sabías que solo ella es capaz de inspirarme y has adoptado su forma?

—Quieres ir más allá, lo sé —fue toda respuesta—. Sé que te gustaría inspirar a todo el mundo, pero sobre todo que tú te sintieras orgullosa de ti misma. —La mano de Treene bajó hasta situarse entre las piernas de Kathli—. Abstráete. —Empezó a acariciar—. Abstráete hasta que vayas más allá de lo material, más allá de lo temporal. —Apretó más—. Encuentra la mayor abstracción. —Kathli, con los ojos cerrados, comenzó a resollar—. Puedes sentir que todos te contemplan. Que todos sonríen por ti. Y que tú sonríes por ellos. Lo tienes todo. Lo has conseguido. Has alcanzado la máxima abstracción.

Kathli llegó al clímax entre los susurros de Treene. Realmente podía sentirlo. No era ella misma. En esos días de frío, supo que podría inspirar como nunca lo había hecho. Llegaría a todo el mundo, a los más desamparados, los más privilegiados, a los más amables y a los más mezquinos. Poseída por el éxtasis, supo que era capaz de cualquier cosa. Incluso de un milagro.

Treene se levantó de la cama y se acercó a la ventana.

—No, quédate —rogó Kathli—. Jamás pude imaginar esto. Y ahora necesito que regreses aquí.

—Somos musas muy diferentes, tenemos nuestras vidas. Nos hemos saltado el protocolo del OMI, pero sentí que debía inspirarte, preciosa.

Kathli asintió. Sabía que estaba en lo cierto. Las normas decían muy claro que no debían implicarse con otras musas.

—Una vez al año, Treene. Al menos te necesitaré una vez al año.

—Entonces estaré de nuevo aquí en 365 días.

—¿Y cómo llamarías a lo que acaba de suceder? ¿A este tiempo en el que ahora me sentiré capaz de inspirar y llenar de ilusión a todo el mundo? ¿Cómo lo llamaremos cada año?


—Leí una historia curiosa hace algún tiempo cuyo nombre se me quedó grabado en la mente. Lo llamaremos “Navidad” —propuso, pero no esperó respuesta. Su cuerpo se convirtió en polvo blanco y, finalmente, en un haz de luz, se perdió entre las estrellas mientras Kathli la observaba a través del cristal.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Homomaquia

            —No podemos quejarnos, Lucas —opinó Rodrigo mientras se secaba los labios, manchados de aceite de un buen estofado, con la manga de su toga.
            Todos en aquel lugar vestían así. Cientos de varones con sus indumentarias negras vivían a sus anchas en un recinto más o menos amplio en el que tenían todo lo que querían. O casi todo.
            —Treinta y dos años —apuntó Lucas—. Treinta y dos años y solo he vivido entre hombres. Aún recuerdo vagamente a mi madre, pero me la arrebataron demasiado pronto.
            —¿Para qué tenemos la televisión? —replicó—. Ahí puedes ver todas las que quieras. Pero disfruta de todo esto. ¡Mira qué parajes! —Levantó sus brazos y los movió en círculos—. ¡Mira qué banquetes!
            —Lo sé. Pero no nos han preguntado qué vida queríamos. Me hubiera gustado poder elegir dónde vivir y…
            Sonó el escalofriante bocinazo. Todos los hombres agarraron sus togas y empezaron a correr de lado a lado, buscando un lugar donde esconderse. Ambos amigos se levantaron tan rápido que se volcó la mesa, desparramando toda la comida sobre sus pies. Lucas recorrió con la mirada todos los refugios de su alrededor. Tanto fue así que ni se percató de que Rodrigo ya había desaparecido. No había tiempo. Echó a correr y se refugió bajo la parrilla.
            Las bestias aparecieron. Sus sucias pezuñas se hundían en la tierra. El pelaje graso y azabache brillaba con la luz cobriza del atardecer. Se alzaban sobre sus dos anchas patas, haciendo temblar su alrededor a cada paso. Su cuerpo robusto se ensanchaba en los hombros y era flanqueado por dos brazos musculosos que terminaban en garras. Su cabeza, con un morro negro que resoplaba cada pocos segundos y unos cuernos amenazantes, se iluminaba con las pupilas rojas incrustadas como rubíes sobre ónice.
            Lucas, aterrorizado, veía cómo las bestias buscaban un buen ejemplar humano. Todos se habían ocultado demasiado bien, y empezó a temer que su escondite no fuera el más adecuado, así que intentó echarse más para atrás. Desgraciadamente, su espalda tocó el acero de la parrilla, aún ardiente, y no pudo evitar soltar un leve chillido. Al instante, una de las bestias asomó, clavando su mirada rojiza en la de Lucas, y le golpeó en la cabeza.

            Varias horas después, probablemente ya en la mañana del día siguiente, Lucas se encontraba con los ojos vendados y recibiendo golpes, escuchando música a un volumen enloquecedor y con su cuerpo desnudo sudando a chorros por las altas temperaturas del lugar.
            Alguien le arrancó la venda de los ojos y le empujó antes de que estos se le acostumbraran a la luz. Una puerta se cerró tras él. Tras unos segundos, Lucas comenzó a vislumbrar un graderío a su alrededor, plagado de cabezas negras con cuernos, vitoreando al guerrero que salió frente a él en aquella arena. Era una de esas bestias, vestida para la ocasión, blandiendo una espada y un capote. No, Lucas no quería luchar. Corrió alrededor del ruedo, pero no tenía escapatoria. Tenía que enfrentarse a él totalmente desprovisto de armas.
            Intentó embestirle para arrebatarle la espada, pero en el último segundo la bestia le esquivó. Lucas se sorprendió de que no aprovechara para darle una estocada y matarlo. Estaba jugando con él. El público aplaudía. Dos intentos más. No lo conseguía, pero tampoco él le atacaba.
            La bestia se retiró. Lucas creyó que todo había acabado, pero aparecieron otras dos montadas en unas criaturas cuadrúpedas que rugían mientras trotaban hacia él. Intentó sortearlos en vano. Le clavaron varios pinchos en la espalda mientras le flanqueaban. No tenía escapatoria. Acabó derrumbándose. Las bestias desaparecieron, cabalgando hasta fuera de la arena. La boca le sabía a sangre. Tiritando y tambaleándose, consiguió ponerse en pie de nuevo. “Por Dios, otra vez no…”, musitó al ver al guerrero salir de nuevo, armado con su espada y capote.
            Lucas sabía que si salía de allí, alcanzaría la vida de ensueño que siempre deseó. Y por supuesto, su única opción era enfrentarse a él. Estiró su brazo y se arrancó uno de los puñales de la espalda. La sangre fluía a borbotones. Lucas corrió hacia la bestia, pero de nuevo le esquivó y, esta vez sí, le asestó un corte con el filo de la espada en el hombro izquierdo. El hombre se desplomó de nuevo. No sentía el brazo. No podía moverlo. Miraba con horror su mano, en la que desembocaba el río de sangre entre los dedos.
            La bestia cornada intentó clavarle nuevamente su arma, pero entonces Lucas rodó a un lado y con su puñal dio un tajo en la muñeca de la bestia, haciéndole soltar su arma, de la que con sorprendente agilidad se apropió el hombre. Con una sola mano alzó la espada y la ensartó en el vientre de la bestia. Ésta cayó sobre la arena y él tiró del mango para dar la estocada final entre los dos ojos rojos de aquel ser.
            La esperanza se abría paso durante unos instantes en los que todo parecía indicar que la bestia iba a ser derrotada. Pero no. Las bestias que montaban en aquellos horribles cuadrúpedos le derribaron y clavaron varios pinchos más al hombre, que soltó el arma y cayó a cuatro patas junto a la bestia, tiñendo la arena de rojo y viendo cómo ayudaban a levantarse a la criatura. Su último aliento lo exhaló cuando la espada le atravesó el tórax y la luz se fue apagando poco a poco, mientras los rugosos dedos de la criatura agarraban una de sus orejas. Ya al final solo sintió el filo de uno de los puñales de su espalda cortando los cartílagos. Y el vibrar de los aplausos.

jueves, 30 de octubre de 2014

Problemas de Corazón

El Corazón estaba sentando en el bordillo de la callejuela de detrás de la oficina, una de esas de tan poco tránsito que el propio silencio suena diferente. No había podido contener las lágrimas y se había ido a un lugar donde nadie pudiera verle.

—¿Un mal día, colega? —le preguntó el Cerebro, que se encendía un cigarrillo mientras se sentaba a su lado.

—No me gusta que me vean así —respondió—. A nadie debería importarle cómo me sienta.

—Bueno, colega, si no te tienen en cuenta a ti, ¿a quién van a tener?

—Eso fue en otro tiempo, Cerebro.

—¿Y qué ha cambiado ahora, colega?

El Corazón, furioso, se puso en pie y clavó su mirada en él. El Cerebro podía sentir los pálpitos perforando su lóbulo parietal.

—¡Primero de todo, deja de llamarme “colega”! —bramó—. Segundo, ¡¿de verdad quieres saberlo?! ¡Todo esto antes era mío, ¿sabes?! Esta empresa funciona gracias a mí. Me he dejado los ventrículos para que todos podamos llevar una vida adelante en armonía. Y ahora, ¿qué pasa? Que con los años en vez de ascender, me he quedado en nada. Se han olvidado de mí. Eso sí, cuando pasa algo… —Puso una mueca—, “¡oh, veamos al Corazón, veamos si todo va bien, lo necesitamos!”.

—Ya veo. Nadie intenta eclipsarte, co… compañero.

Relajó sus arterias y se sentó de nuevo.

—Es desde que entraste en juego —murmuró el Corazón—. Tú tenías tu función. ¿Por qué no dejaste que yo hiciera la mía?

—Haces tu función. Mantienes con vida todo esto. Necesitamos que sigas latiendo. Ése es tu papel aquí. Como el mío es pensar.

—¿Pero acaso no me he ganado, con el tiempo, el derecho a tomar decisiones de la empresa? No sé, si otra empresa, del otro sexo, hace que me agite cada vez que los Ojos la ven, que la Piel se eriza, que los Labios la besan. Si me hacen trabajar a unas pulsaciones que jamás creí que alcanzaría… Si incluso ha conseguido que tú dejes de pensar en esos momentos. Es decir, si tú no has trabajado y yo lo he hecho intensamente, ¿no me he ganado el derecho a decidir?

—¿Hablas del “amor”?

—No me vengas con tecnicismos de cerebros. Hablo de eso que me hace sentir vivo todavía en esta empresa —suspiró—. Dime, ¿no me he ganado ese derecho?

—Lo meditaré, Corazón. —Apagó el cigarrillo y se levantó—. Me marcho, me necesitan.

El Corazón le vio marchar. Se secó las lágrimas y simplemente suspiró.

—¿En qué momento tomaste el control… “colega”? —dijo cuando ya no podía escucharle.