jueves, 20 de febrero de 2014

¡Viva la crisis!

Quizá la crisis no sea tan mala. Quizá que ahora los jóvenes nos resignemos a ciertos trabajos sea lo que el equilibrio kármico le está regalando a todos aquellos padres que menospreciaban el trabajo de otros.

“Como sigas así acabarás de basurero”, “Terminarás de cajero de supermercado o dependiente del McDonald’s”, “Al final serás uno de esos que bailan en las barras”… Recuerdo en mi infancia escuchar a todos los adultos que esos eran auténticos trabajos de mierda y que todos debíamos ser doctores o abogados. Que farfullaban “ar-tis-ta” como despreciando una forma de vida “rarita”. Que hacer un grado medio es lo que hacían los “corticos” que se tenían que conformar con lo que su limitado cociente intelectual les permitía.

¿Y ahora qué? Ahora “haz algo con tu vida, aunque sea un cursillo”. Sí, esos que antes se consideraban de perdedores, ¿verdad? Ahora ser basurero es un honor porque tiene trabajo. Ser cajero es envidiable y dependiente del McDonald's “al menos ha sabido buscarse la vida”. Si bailas en una barra en un pub cuentas tus amigos de Facebook a miles y te consigue mil contactos laborales, ¿no? Y ser artista… bueno, nunca estará bien visto ser artista.

Y yo me alegro tanto de que ahora todos ellos tengan que ver a sus hijos pasándolas putas pese a haberse sacado su Derecho o Medicina, de que acaben trabajando en uno de esos puestos que antes eran de pringados… ¡Qué fácil es menospreciar el trabajo que hacen otros! Pero, ¿sabéis? Todos esos trabajos son necesarios en una sociedad. Si no nos hubieran machacado con que todo eso son “mierdas”, quizá ahora no viviríamos deprimidos porque no encontramos nada más, porque tal vez recoger la basura que como cerdos tiramos a las calles, es un gran aporte para la sociedad. Lástima que quizá esos basureros nunca puedan limpiar la mierda que han cagado todos esos prejuicios inculcados desde pequeños.



martes, 28 de enero de 2014

La batería está a punto de agotarse

—Ojalá nunca hubiéramos llegado a esto —dijo Damián.

—Fue tan progresivo que ni nos dimos cuenta —suspiró Eva.

“¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…!!!”.

Un pitido resonó en toda la cafetería. El terror invadió a un hombre dos mesas más allá, que derramó el café sobre la mesa al levantarse de un respingo. Dejó un billete de cinco euros sobre la mesa y ni siquiera esperó a que el camarero le diera las vueltas. Salió corriendo en menos de dos segundos de la cafetería.

—Hay que ser previsor, joder —se llevó las manos a la cabeza Damián—. No puede ser que no calcules el tiempo suficiente como para tomar un café. Yo antes de salir de casa me he cargado al 100%.

—Yo a las 8, mientras desayunaba.

—Esto… Eva.

—¿Qué pasa?

—Son las 12 menos cuarto.

Eva comenzó a temblar. El pánico le impedía moverse. Damián dejó un billete de diez euros sobre la mesa y le agarró el brazo.

—Mi coche está aparcado a dos minutos, ¡vamos!

—Estoy perdida…

—¡Te queda un cuarto de hora de batería, mueve el culo!

Salieron corriendo de la cafetería. Damián tiraba de la mano de Eva mientras buscaba con la mirada su coche. El corazón le dio un vuelco cuando vio que otro automóvil aparcado en doble fila bloqueaba el suyo.

—Mierda…

Eva distinguió el coche de Damián y el miedo acrecentó en su interior.

—Oh, Dios… —titubeó—. ¡¡¡Oh, Dios!!!

—Corramos, podemos llegar a tiempo.

—No, Damián, es imposible que…

—¡Calla y corre!

Volvió a tirar de su mano y al fin Eva reaccionó. Corrieron y corrieron, cruzando en rojo y empujando a todo el que les obstaculizaba el paso. El cadáver de un hombre yacía en la Plaza Mayor con la luz roja de su batería agotada encendida en mitad del pecho. Tuvieron que saltarlo por encima.

“¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…!!!”.

La batería de Eva anunciaba que solo le quedaban cinco minutos de actividad. Aún quedaban un par de calles hasta su casa. Damián gritaba a los transeúntes para que dejaran paso. El pitido cada vez sonaba más fuerte, hasta obligar a ambos a taparse los oídos.

Por fin llegaron a casa, cuando los decibelios resquebrajaban los cristales del portal, y Eva, casi sin fuerzas, se desplomó sobre el sofá. Damián buscó el mando, el cual encontró enseguida sobre la mesilla de cristal, y encendió el televisor. Eva tenía los ojos cerrados, así que Damián abrió sus párpados con las yemas de los dedos y la puso frente a la pantalla, suplicando y rezando ante las imágenes de un anuncio de perfumes.

El pitido cesó y Eva consiguió levantarse por su propio pie. La batería de su pecho estaba cargada. Lo habían conseguido. Damián la abrazó y besó.

—Es lo que te decía Eva —le susurró—. Ojalá nunca hubiéramos llegado a esto. Imagina un mundo en el que no dependiéramos de las baterías, en el que pudiéramos pasar una tarde entera juntos, sin preocuparnos por ningún sonido irritante o tener que mirar una pantalla. Un mundo en el que la tecnología no materializara algo inmaterial, como es lo que siento estando contigo.

—Pero eso es imposible, Damián —apuntó Eva—. ¿Pasamos por tu casa, te cargas para otras cuatro horas y vamos al cine?

—Está bien, voy a mirar los horarios en Internet.
                                                                                         

martes, 24 de diciembre de 2013

La bola

Érase una vez un pequeño pueblo perdido en un valle, flanqueado por dos grandes cordilleras, aislado de toda comunicación con el exterior. Los habitantes se autoabastecían: había sastres, huertos y granjas suficientes para no necesitar ningún tipo de importación. Los escasos cien pueblerinos pasaban alegremente todos sus días entre las montañas, saludándose en cada esquina y reuniéndose en la misa de los domingos.

Sin embargo, la tragedia se cernía sobre el lugar, pues tanto aislamiento había hecho que los excrementos de las vacas, cabras y ovejas de los granjeros, las cuales pastaban en las laderas de las montañas, empezaran a inundar el aire de pestilencia. La sonrisa permanente de los rostros de los habitantes cada vez se veía más truncada por aquel terrible olor, que se acumulaba en el valle formando una atmósfera apestosa entre las laderas, concentrándose con más ahínco abajo del todo, en el pueblo. Si bien todos esperaban acostumbrarse al hedor y seguir viviendo con cordialidad, Ramón no podía soportarlo más y decidió tomar cartas en el asunto.

Una mañana se despertó muy temprano, se puso sus guantes de cuero, cogió una pala y una carretilla, y salió de su casa en completo silencio. El pueblo dormía todavía. Su plan no era otro que recoger todos los excrementos de la ladera y echarlos al otro lado de las montañas, de tal forma que ya no llegara su olor al valle y pudieran recuperar su agradable aroma a manzanilla.

Conforme comenzó a subir vio las primeras deposiciones. Se tapó con un pañuelo mientras las echaba a la carretilla y continuó subiendo. Fue muy ingenuo pensando que él solo iba a poder recoger toda esa boñiga, pues en unos escasos treinta minutos su carretilla ya estaba a rebosar, y pesaba mucho. Al echar la vista atrás, veía el pueblo muy abajo. Era estúpido dar la vuelta ahora, tenía que llevarlo todo al otro lado de la montaña.

En ese momento, un pastor se cruzó en su camino. “¿Necesitas ayuda?”, le preguntó. Ramón lo pensó fríamente, miró hacia la cima y vio que ya no estaba tan lejos. Si él solo lo conseguía, todo el mérito sería suyo, así que rechazó amablemente la ayuda del pastor y siguió empujando la carretilla.

Diez minutos más estuvo recogiendo deposiciones hasta que las ruedas de la carretilla se rompieron, pero afortunadamente no se desparramó la caca sobre él. Ya que llevaba guantes y nadie más podía verle, se le ocurrió una absurda idea, pero que sorprendentemente funcionó. Consiguió formar una gran bola de abono, como si se tratara de un escarabajo pelotero. Así, solo tenía que pasarla por encima de otros excrementos para que se pegaran a la bola y facilitaran su trabajo.

Pesaba mucho, pero Ramón empujaba la bola cuesta arriba y ésta seguía haciéndose más y más grande, rodando hacia la cima, hasta que un leñador se acercó. “¿Va todo bien, amigo?”, le preguntó. Ramón simplemente asintió, pues el agotamiento no le dejaba ni vocalizar, y siguió subiendo y recogiendo mojones.

Llegó un momento en el que la bola tenía un diámetro el doble de alto que él, solo le quedaban unos metros para la cima, y se emocionó tanto que se pasó de largo un pequeño excremento de oveja, de esos del tamaño de una oliva. Ramón se dio cuenta enseguida, así que le acercó la pala con una mano, sujetando la bola de abono con la otra. Se estiró y estiró, pero al final le flaquearon las fuerzas y se desplomó sobre la hierba. Su expresión de horror incrementaba, así como la velocidad de la bola de caca, rodando por la ladera, directa hacia el pueblo. Ramón echó a correr, pero era imposible alcanzarla.

El cura levantó el cáliz en el altar, frente a todo el pueblo reunido en el interior de la iglesia. “Porque ésta es mi sangre…”, pronunciaba. Mientras tanto, la bola recorría las calles del pueblo, chocando contra las fachadas y pringando todo de mierda. Una paloma que comía unas migajas en la plaza del pueblo fue arrasada por la enorme caca. La fuente solo contenía caca. Los huertos ya solo sembraban caca. La máxima velocidad permitida de las señales de tráfico era caca. “¡Y éste es mi cuerpo…!”, clamaba el cura cuando las puertas de la iglesia se derrumbaban y la bola estallaba completamente, llenando de mierda a absolutamente todo el pueblo y al cura, que aún estaba con la boca abierta.

Finalmente, lo único que acabó al otro lado de la cordillera fue Ramón, huyendo lo más lejos posible de aquella masa enfurecida y llena de caca.

Y es que no podemos acusar a aquel valiente de lo que hizo. A veces, nuestra mierda va acumulándose, intentamos ocuparnos solos del problema, rechazamos toda ayuda, aparentando que no la necesitamos y que todo está bien. Mientras tanto, la bola se hace más y más grande, y lo que creías que era solo tu problema, acaba salpicando a todos los que no lo merecen. Al final, todos acaban en tu mierda. Son fechas de compartir con la familia y los amigos momentos especiales, pero dejemos la superficialidad a un lado y valoremos lo que tenemos. Y cuando quien nos quiere se preocupe por nuestra mierda, dejémosle que lo haga. Si no lo haces por ti, hazlo por él.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Geary

Escribí este breve relato juvenil hace ya un tiempo para un concurso de temática Steampunk. Actualmente estoy en mi último año de universidad y he tenido la cabeza en otra parte. Prometo volver a dar vida a este blog a partir de ahora. Disfrutad.

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Lana daba vueltas al ancla sobre su cabeza, calculando para lanzarla y encajarla justo en la cubierta del galeón volador del capitán Caleb. Ella era hija del gran pirata Ojorrojo, que fue asesinado por Caleb en un ataque aeronaval seis años atrás. En aquella ofensiva, los piratas enemigos le arrebataron las dos cosas que más amaba: a su padre, Ojorrojo, que murió en pleno tiroteo, y a su bio-robot Geary, que fue secuestrado.

Lana, muchos años antes, cuando tendría unos cinco aproximadamente, estuvo presente en un asalto que protagonizó Ojorrojo y sus piratas a la ciudad de Theckorn, famosa por ser la mayor exportadora siderúrgica del planeta, y como consecuencia, la metrópoli que más vapores contaminantes emitía al cielo, impidiendo que los barcos pudieran sobrevolarla desde tiempos inmemoriales. El ataque tenía como objetivo encontrar al Relojero, el cual poseía un reloj de oro que albergaba un gran tesoro en su interior. Si girabas las manecillas correctamente, éste se abría y liberaba uno de los únicos diez fragmentos de ectoplasma sólido que quedaban en el Universo.

Encontraron al Relojero en su casa, fabricando una de sus piezas. Nada más entrar en la casa, su hijo de diecisiete años salió corriendo, y su bio-robot Geary se interpuso entre los piratas y el Relojero. Dispararon a Geary, dejándolo inutilizable, y amenazaron al hombre para que les diera el ansiado fragmento, mientras que Lana, con solo cinco años, estaba arrodillada frente a Geary al borde del llanto. Como suele suceder con los piratas, perdieron los nervios ante la ausencia de respuesta del Relojero, que fue asesinado de dos disparos. Lana arregló a Geary, quien fue su única compañía, su mejor amigo, durante los posteriores años, en los que Ojorrojo continuaba con sus fechorías mientras el bio-robot y la joven cuidaban del barco pirata en los muelles. Así que es comprensible que cuando, hace seis años, el capitán Caleb mató a su padre y secuestró a Geary, se convirtiera en el mayor rival de la muchacha.

Así pues, Lana, quien ocupó el puesto de capitán tras la muerte de su padre, lanzó el ancla al galeón de Caleb, mientras los cañones de ambos barcos se disparaban entre sí. Caminó por la cadena del ancla y consiguió infiltrarse entre los piratas enemigos enfurecidos, sumergidos en la batalla, y llegó al camarote del capitán. Con su fusil de bronce reventó la cerradura de la puerta y entró, hallando al capitán Caleb, mirándole con sus gafas de metal y cuero, acobardado tras un baúl. Se acercó hasta él y le apuntó directamente a la frente, preguntándole dónde estaba Geary, pero justo en ese momento el bio-robot salió de entre las sombras de un rincón oscuro de la habitación. “Vámonos, Geary”, dijo ella, emocionada, pero él negó con la cabeza. El capitán Caleb se quitó las gafas, dejando ver que realmente era tuerto, pues una de las cuencas de sus ojos contenía un reloj de oro. “Llevaos el ectoplasma, por favor, pero dejad al robot aquí…”, sollozó el capitán. Movió las manecillas y el reloj se abrió, desprendiendo un fuerte brillo rosado y mostrando el fragmento de ectoplasma que guardaba.

Entonces Lana lo comprendió. Teniendo en cuenta la edad del capitán Caleb solo podía ser una persona: el hijo del Relojero, que huyó de la casa en la invasión. Para ella fue una gran pérdida cuando le arrebataron a Geary, pero Caleb simplemente había hecho lo mismo que ella estaba haciendo en esos momentos: recuperar a su mejor amigo. Él lo había cuidado antes que ella, que fue quien después lo adoptó. Lana bajó el arma: “No quiero el ectoplasma, Caleb, quien lo quería era mi padre. Si lo aceptara, sería como decir que ese fragmento es un tesoro más valioso que Geary”. Los engranajes del robot comenzaron a girar, avanzó hasta Lana y levantó su mano cobriza hasta el hombro de la joven. Ella se despidió de Geary y salió corriendo del camarote, volvió a su barco a través de la cadena del ancla, la desincrustó de un tirón, y, tras gritar “¡Retirada!”, observó desde popa cómo se perdía entre las nubes el galeón de Caleb.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Teniente sin nombre (1ª parte)

—¡Teniente Müller, acérquese! —exclamó el coronel Braun.
Cort Müller obedeció inmediatamente y relegó su posición al primer soldado que vio. Estaba dirigiendo la maniobra de uno de los furgones que salía marcha atrás para unirse a la hilera automovilística que partía del campo de concentración, y el soldado no tenía ni idea de cómo actuar, pero como no se atrevía a rebatir a su superior, asintió rápidamente.
—Coronel, aquí estoy —dijo Cort cuando se encontraba enfrente de Braun.
—Dejémonos de formalismos por esta vez, Müller. Esto es una despedida.
—No entiendo, ¿no marchamos todos al mismo lugar?
—Adonde vamos, no hay suficientes barracones para esos cerdos judíos, me temo. Nos dividiremos en dos, coge este mapa. —El Coronel entregó un rollo de papel a Cort.
—Ya veo, hay dos destinos marcados.
—El enemigo nos ha localizado, por eso evacuamos. Ambas instalaciones han sido recién construidas. Cámaras de gas más grandes, minas para que esos cerdos trabajen, barracones con más capacidad y mismo espacio... Economizamos, Müller.
—Pero usted no puede mandar en ambos lugares —reflexionó Cort en voz alta.
—Hitler estará allí para inaugurarlo, Müller. Vas a ser coronel en tu recinto —sonrió Braun.
Cort se quedó sin palabras al oír aquello. No llevaba demasiado tiempo en el ejército nazi, pero se había volcado enteramente en su trabajo, así que aquello era un gran honor.
—Muchas gracias… yo…
—Irás en ese furgón. Los demás ya han marchado, no queda un solo judío aquí… —dijo el coronel Braun, pero entonces se llevó la mano a la boca y adoptó tono sarcástico—. ¡Oh, espera…! Aún tienes ahí a aquel amigo tuyo, ¿cómo se llamaba?
—Nadir, Coronel. —exhaló un suspiro.
—Te he consentido mantenerlo todo este tiempo en el calabozo del cuartel, Müller. Era tu amigo, y pese a que ya deberíamos haberlo matado, te permití ocultarlo en secreto a tu recaudo. Ahora vas a ser coronel y no vas a llevarte a tu judío mascota de aquí a tenerlo entre algodones en otro lugar. Todavía soy tu superior, así que obedecerás esta última orden: sácalo de ahí, llévalo al otro lado de la esquina del cuartel y dispárale con tu rifle.
Cort tragó saliva. Meses atrás, cuando su viejo amigo Nadir llegó al campo de concentración, él lo había reconocido entre la multitud. Pese a que sabía que erradicarían a todos los judíos que allí se encontraban, quiso protegerle con la esperanza de que cuando acabara todo aquello, él siguiera con vida y pudiera marchar en paz. No es que el teniente Cort Müller fuera corrupto, sólo hizo una excepción para un amigo al que llevaba años apreciando. Gracias a su buen trabajo, consiguió que el coronel Braun hiciera la vista gorda y permitiera llevarse a Nadir aparte, al calabozo del cuartel en donde trabajaba Cort. Ahora parecía que todo había sido en vano y por fin había llegado el momento que llevaba tanto tiempo temiendo: el de ejecutar a su amigo.
—Pero… no puedo…
—O él, o tú. Y ahora debo irme. Cuando acabes, sube al furgón. No conocerás a nadie de allí, pero ellos te llamarán por tu nombre. Solo queda ese vehículo, así que no te perderás. Hasta pronto —dijo el coronel, y levantó su mano—. ¡¡¡Heil, Hitler!!!
—Heil Hitler… —musitó mientras le veía alejarse.
El Teniente se dirigió a su cuartel. No quería ni meditarlo, o sabía que se echaría atrás.
—Maldita sea, maldita sea… —murmuraba mientras buscaba las llaves del cuartel en el llavero que colgaba de su cinturón.
Ahí estaba su amigo Nadir. Sus rizos negros, su barba de meses, su ropa deshilachada. Tras los barrotes forzaba una sonrisa, la cual penetraba hasta lo más profundo de Cort, que sabía que las palabras de su coronel eran sentenciosas e irrebatibles. Debía matarle. Sin embargo, cuando el Teniente abrió la celda, Nadir por fin vio la luz, por fin creyó que todo había acabado. Y no estaba tan equivocado.
—¿Ya soy libre? —preguntó el judío.
Cort Müller no respondió. Cogió su rifle y le apuntó al pecho.
—Afuera.
—¡¿Qué?! —empalideció—. ¡¿Qué ha pasado?!
—Nos vamos —contestó—. He dicho que afuera.
Nadir levantó las manos y salió del cuartel sintiendo el cañón del rifle en la espalda. Su amigo Cort le guió hasta detrás del bloque, en donde nadie podía verles.
—Quédate quieto justo aquí —dijo el teniente a un metro de la pared.
—¿Vas a matarme? —titubeó—. Después de todo… ¿vas a matarme?
Su ejecutor se detuvo a algunos metros de él, tres, cuatro, quizá cinco, hacía mucho calor para pensar fríamente. Le apuntó con el rifle.
—Dime una cosa antes, Cort —tragó saliva—. Mi hijo… ¿sigue vivo?
El alemán cerró los ojos con fuerza. El sudor resbalaba por todo su rostro. Al menos se merecía una respuesta.
—Abandonamos este lugar. Lo llevan en un furgón junto a otros niños.
Nadir suspiró aliviado.
—Cuando teníamos su edad jugábamos juntos, ¿recuerdas?
—Claro que lo recuerdo, Nadir.
—Tú vivías a cincuenta metros. Tardes enteras en esa plaza haciendo círculos en bicicleta alrededor de la fuente…
—Basta, Nadir.
—O haciendo planos del tesoro en los trozos de tela que le sobraban a mi padre en la sastrería.
Müller se dio cuenta de que no había quitado el bloqueo del arma. Un chasquido fue suficiente para indicar que estaba a un leve empujón del dedo índice para que el gatillo se hundiera y la bala se incrustara en el cráneo de Nadir. Pero, en aquella situación, tan sencillo movimiento parecía ser el más difícil que había hecho en toda su vida.
—Dime una cosa, ¿estás de acuerdo con todo esto?
—¡¿Por qué debería responder?!
—¿Por qué deberías disparar?
Le temblaban los brazos. Así no había manera de apuntar. El rifle pesaba demasiado en aquel momento.
—Son órdenes, Nadir —susurró—. O tú, o yo.
—Nunca fue “o tú o yo”. Fuimos “tú y yo”. No te he juzgado por todo lo que has hecho. No te juzgo ahora. He crecido contigo y me temo que también voy a morir así.
—Lo siento, amigo —dijo Cort, agarró con firmeza el arma y cerró un ojo, apuntando directo a su pecho.
—Solo te pido algo más —dijo el judío con los ojos cerrados, rezando por que al menos pudiera acabar esa frase antes de morir—. Prométeme que a mi hijo no le pasará nada.
En ese momento el alemán no pudo más y las lágrimas brotaron enrojeciendo todo su rostro.
—¡No puedo, Nadir! ¡No puedo prometer eso! —sollozó—. ¡No creo que nadie salga de allí! ¡No sé por qué debo matarte siquiera! ¡Pero debo!
El arma se disparó. Los pájaros salieron volando asustados. Cort dejó caer el fusil al suelo polvoriento y cayó de rodillas. No le había dado. Nadir miró la pared de detrás, observando el agujero que había dejado la bala.
—Nadie está mirando —dijo el alemán—. Ven, coge este cuchillo. —Lo sacó de su cinturón—. Si escapas por aquel bosque puede que nadie te vea.
Nadir dudó, pero finalmente se acercó hasta él. Agarró el cuchillo y le ayudó a levantarse.
—Gracias, amigo —dijo.
—Vete rápido —fue su respuesta—. Hay un furgón esperándome aquí al lado.
Antes de irse, el judío abrió sus brazos. El alemán, mirando a todo su alrededor y comprobando de nuevo que nadie les veía, abrazó a su amigo.
—Lo siento, no existe el “o tú o yo”… —susurró Nadir—, pero sí el “o tú o mi hijo”.
El cuchillo se clavó en la garganta del teniente Cort Müller. Justo en ese punto, para que no pudiera gritar. Nadir lo apretó contra su propio cuerpo, empapándose de la sangre de su amigo, hasta que creyó que era suficiente. Observó al Teniente, tendido en el suelo, con la garganta cortada y los ojos en blanco abiertos de par en par, con su boca intentando decir algo que nunca llegó a pronunciarse. Nadir tuvo que taparse los labios para no gritar. Las lágrimas limpiaban parte de la sangre que le había salpicado al rostro.
Arrastró el cuerpo de Cort hasta el cuartel y cerró la puerta. Le quitó el traje de teniente, las llaves y el rifle. Se desnudó y usó el lavabo del despacho para que no quedara una sola mancha de sangre en su cuerpo. Se puso el uniforme de Müller. Era justo su talla. Abrió la taquilla y localizó una cuchilla de afeitar. Se deshizo de su barba en menos de un minuto, llenándose de cortes. Al volver a mirarse en el espejo se dio cuenta de que esos rizos le delataban, así que también pasó la cuchilla por toda su cabeza hasta parecer un auténtico teniente nazi rapado. Se percató de que la parte superior del uniforme estaba impregnada de sangre, así que se hizo un pequeño corte en el cuello con la cuchilla, lo suficientemente grande para que sangrara, que sirviera como excusa para explicar la mancha.
Cuando salió, cerró el cuartel con llave y echó a correr en busca del mencionado furgón. No tardó ni un minuto en encontrarlo. Un hombre le saludó con la mano.
—¡Aquí, teniente Müller!
Nadir caminó con paso firme, guardando las apariencias, hasta el vehículo.
—Soy el sub-teniente Loeb. Luego le presento al pelotón —le tendió la mano—. Me han hablado muy bien de usted. Siéntese aquí, arrancamos ya.
El falso teniente judío obedeció. Nadie le había descubierto de momento. Su plan, aunque arriesgado, era el único que se le ocurría para sacar a su hijo de allí. Tenía que parecer un teniente nazi para conseguir dar con él, y después, escapar juntos de aquel infierno. Debía interpretar la vida que más le repugnaba para salvar la que más quería. Si es que le permitían seguir con vida.


CONTINUARÁ... 
O no. Si queréis que continúe, comunicádmelo y continuará de verdad :)


jueves, 5 de septiembre de 2013

Consúmase preferentemente antes de morir

He tenido que correr para publicar esto antes de que pase de moda. Vivimos en una sociedad en la que todo muere, todo cambia, todo debe actualizarse. Hemos pasado de personas a consumidores, algunos incluso a productos.

Claro ejemplo son los smartphones, que parecen tenerlo todo, pero su batería no llega a cubrir la jornada laboral. ¿Creéis que no son capaces de fabricar baterías que duren más? ¿Que no recortaron en ello intencionadamente? Y es que la estrategia de mercado a seguir era sacar un móvil increíble pero con poca batería primero, para que más adelante los saquen con batería duradera. Así la gente se actualizará y estará en la onda. Doble de ventas, o triple, que sacándolo completo a la primera. ¿Otro ejemplo? Cuando llegaron las pantallas de 720 puntos ya existían las de 1080. Todo está perfectamente preparado para que tengamos que estar a la última una y otra vez, que nunca acabemos de ir a las tiendas, que no nos quedemos atrás. ¿Cuántos nos quedamos sin ir a un plan porque aún no teníamos WhatsApp?

Así nos hemos empapado de la idea de cambio constante, de adaptación a las tendencias, de que todo caduca, de una obligatoria actualización. Jamás podemos estar contentos con lo que tenemos porque siempre habrá forma de mejorarlo. Ya no disfrutamos por nosotros mismos. Dependemos de nuestra adaptación en la sociedad. El neo-lamarckismo social. Pasamos de formar parte del mundo a que el mundo forme parte de nosotros, y eso es un error. Si la vida en sí misma no nos llena y nuestra muerte no deja un vacío, ¿qué importamos? ¿En qué momento queremos estar a la última para que todos vean que no estamos desfasados, si esa gente no sentirá la pérdida de algo auténtico cuando desaparezcamos?

Las chicas se embadurnan en maquillaje y los chicos se depilan las axilas. Hemos llegado a querer mejorarnos a nosotros mismos como dicta la moda. Nos actualizamos, como si tuviéramos un F5 en el ombligo. Los jóvenes cada vez tenemos más difícil amanecer con nuestra pareja cubierta de acné o palmeando esos kilitos de más de los michelines. Consideramos que eso no da orgullo. Eso, socialmente, parece que debe ocultarse, cambiarse, arreglarse. Hemos pasado de querer un móvil que saque mejores fotos a querer ser cool en las fotos. Nadie dice que querer cambiar esté mal, pero cuando no es tu corazón, tus fracasos, tus éxitos, tus deseos más puros de verdadera felicidad, los que motivan el cambio, ¿a quién queremos complacer?

No tenemos la culpa. Nos han condicionado así. Luchamos por unas titulaciones que actualmente tienen menos salidas que una empresa de papel higiénico con ortigas. Es lo que nos piden. Titulitis, modernitis, maquillajitis. Nos cambia de forma inductiva y se extiende con metástasis en la sociedad. En nuestras manos está ser caducos o perennes. Diferenciación. Personalidad. De nada sirve integrarse en un mundo desintegrador. Está acabando con la individualidad, y esa es la que nos da el orgullo. La que nos permite enamorarnos. La que nos permite soñar. La que deja huella. La que incita las lágrimas en nuestro funeral. La que nunca, jamás, caduca.

martes, 6 de agosto de 2013

Segundo capítulo de "El sueño de Keith White"

Hola, queridos lectores. He decidido subir también el segundo capítulo para que se vea cómo está orientada la novela, pues con el primero probablemente parecía algo muy diferente. No sé si al acabar de leer el segundo capítulo estaréis menos confusos o más, pero allá va:



“Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños.”

(William Shakespeare)



2. TÓCALA OTRA VEZ, SAM




Abro los ojos. Estoy completamente empapado en sudor. Me palpo los brazos, pero no hay ningún tubo enganchado a mí. Consigo centrar la mirada y suspiro aliviado cuando veo la lámpara de mi habitación a la que le falta una bombilla. Debería cambiarla, pero… hoy no es el día. Miro el reloj de mesilla: 7:29. Una vez más, me he despertado un minuto antes de la alarma. Espero a que suene, la apago al instante, y me levanto despegándome la sábana de la espalda desnuda. Enciendo el reproductor de música de la estantería y comienza a sonar “Blood Brothers” de Iron Maiden, lo que me induce a sonreír, pues su melodía lenta pero intensa es lo que necesito para enfrentarme a este... ¿martes?, ¿miércoles? Miro el reloj de mesilla otra vez para ver la fecha. Jueves, 24 de octubre de 2013. Maldita sea, solo queda una semana para Halloween y todavía no tengo una suegra de la que disfrazarme.
La voz de Bruce Dickinson empieza a sonar a la vez que el agua me moja el pelo. Debería haber puesto la música más alta, no oigo nada. Blasfemo un poco y empiezo a cantar para suplir el volumen bajo.
Salgo de la ducha y todavía no ha acabado la canción de siete minutazos,  de los cuales me siento a disfrutar ahora, en silencio, el último de ellos. Da paso a Nick Cave y su “Into my arms”. Aprovecho para subir las persianas de toda la casa y meto dos rebanadas de pan en el tostador. Mientras, preparo un café, que está listo justo cuando las tostadas saltan. Busco algo para untar en la nevera, y al cerrar la puerta veo mi pizarra blanca magnética pegada a ella: “Anuncio máximo veinte segundos de perfume de mujer. Elitista. Colores rosas. Modelo muy delgada. Culo bonito”. Me siento y empiezo a untar mermelada de melocotón en las tostadas. Al mirar el cuchillo empiezan a venirme ideas. ¿Qué tal una chica que se raja el cuello y salen pétalos de rosas? Eso evocaría al perfume, lo rosa, lo femenino, lo natural… pero quizá resulte violento a ese maricón de Easton. Supongo que esa misma tía de culo tan bonito defecando los pétalos le parecería más tentador. Es un estúpido anuncio de perfume, ¿qué importa lo que salga en las imágenes? Pon una chica guapa frotándose unas rosas al borde del orgasmo y tienes excitado a medio país. El otro medio son las esposas echando una mirada a su marido que indica que esa noche el único sexo que van a recibir será por parte de sus propias manos. Pero luego lo compran las muy pillinas.
Cuando doy el último trago al café miro el reloj y veo que ya van a dar menos diez. Me pregunto en qué momento ha empezado a sonar Yngwie Malmsteen. Me pongo mi mejor traje del armario, uno de Armani en gris oscuro, casi negro, y me ato los cordones de los únicos zapatos que tengo que aún parecen medio nuevos. Agarro mi maletín, apago el reproductor y salgo de casa.
—Puntual como siempre —dice Sam, que me está esperando en mi portal—. ¿Vas de boda o algo? No te vi tan elegante ni en el funeral de Gibson.
—Hoy presento una idea de spot para un perfume, y parece que son elitistas —respondo tendiéndole la mano—. No fui tan elegante al funeral de Gibson porque los muertos dan dinero a la prensa rosa, pero no a los publicistas.
—Santo Dios, Keith, la sangre de ese hachazo me ha salpicado hasta a mí.
—¿Cómo vas con tus diseños? —pregunto con poco interés—. ¿Qué fue de la idea del pato con una pistola?
—Decidí descartarla al final, porque me dijo Easton que…
No estoy escuchando. Caminamos por la Quinta Avenida esquivando a una manada de empresarios que van en dirección contraria. Son tantos que casi no veo al mendigo que siempre está a unos metros de mi casa pidiendo limosna, y tengo que saltarlo acrobáticamente.
—¡Buenos días! —me saluda, apartándose su pelo largo y canoso. Su extensa barba blanca tiene varias migas y gotas de algo rojo, probablemente ketchup de su hot-dog del desayuno.
—¿Sabes, Sam? —le interrumpo, pues creo que había dejado de hablar del diseño del pato hace un buen rato y ahora me estaba contando sus planes para Halloween, algo que siento que aún me importa menos—. Hoy he tenido un sueño raro de cojones.
—Sorpréndeme.
—Me despertaba en una camilla y llegaba una pelirroja con un cuerpo de infarto, vestida de Armageddon o alguna mierda espacial de esas, y me decía que me había explotado una bomba… o un misil, algo así. Resulta que después íbamos a una sala con muchas pantallas y había un tío, el presidente, que decía que había que evacuar la ciudad porque había una enfermedad…
—¿Nueva York?
—No, no, una ciudad que me he debido inventar. Todo era rollo nave Star Trek.
—Quiero de tu droga.
—Bueno, a lo que quería llegar es a que todo el mundo se volvía loco y tenía que salir de allí, aún con la pelirroja sexy, y entonces aparecía un calvo con una pistola y me pegaba un tiro.
—¡Coño!
—Me decía que su hija había muerto por mi culpa, que yo debía protegerla porque era una especie de guardián. Pero lo más acojonante es que antes de que me volara los sesos, ¿sabes quién le disparaba a él?
—¿Quién? ¿Martin Easton?
—Con mucho menos dinero que Easton.
—¿Yo?
—Con mucho menos dinero que tú.
—¿Tú?
—Hijo de puta —río—. El mendigo de al lado de mi casa, éste con el que casi me tropiezo hace unos minutos.
—¿El mendigo te salva la vida? ¿El que desayuna hot-dogs y luego los caga en tu contenedor?
—Estoy como una cabra. Los estadounidenses hacemos un cine que nos lo creemos demasiado.
Sam se ríe y me da una palmada en el hombro. Tiene treinta años y los iris más claros que he visto en un ser humano. Es de esa gente que luce unas arrugas al lado de los ojos de tanto sonreír, y cuando lo hace su enorme boca va casi de oreja de soplillo a oreja de soplillo. Es rubio y su piel es tan clara que parece alemán, noruego, finlandés… alguna cosa del norte de Europa. De hecho, sus cejas son tan claras que creo que no tiene y que las arrugas de su frente son quienes marcan la expresión ocular.
—Anoche quedé otra vez con Jess —empieza a contarme—. Odio ir a un restaurante en el que me dejo una pasta para que no coman casi nada. Se me quitaron las ganas de salir después y me fui a casa. ¿Y tú qué?, ¿noche destacable?
De repente dejo de mirar cómo mi sombra es mucho más baja que la suya y le observo fijamente. Mi rostro adquiere una mueca de terror.
—No… no me acuerdo.
—¿No te acuerdas? Menudo fiestero estás hecho, cabrón.
—No, Sam, de verdad. No me acuerdo.
Me invade el pánico. ¿Creía tener todo bajo control y no soy capaz de recordar qué hice anoche? ¿Qué fue lo que tomé para soñar algo que me pareció tan real? ¿Me habían drogado?
—Bueno, tío, a veces pasa. Yo no suelo acordarme de lo que he comido hace una hora, y también hay días que…
—Keith White —me sobresalta una niña tirando de mi manga. Me detengo.
—¿Perdona? —pregunto sorprendido.
—Keith White… eres tú —dice con un mechón de pelo negro delante de los ojos.
—¿Conoces a esta niña? —interviene Sam.
La niña abre los ojos oscuros como platos, casi parece que van a saltarse de sus órbitas, y de pronto me percato de que el hecho de verme le horroriza y da unos pasos hacia atrás.
—¡Eh, no…! —la llamo—. ¡Espera!
Ella se asusta más y sale corriendo hacia la carretera. Lo siguiente ocurre tan rápido que no sabría describirlo. Un taxi da un frenazo, pero es demasiado tarde. La niña es arrollada por el coche, cuya parte derecha se eleva dejándola bajo las ruedas. Todos los peatones gritan aterrados y corren en su ayuda. Estoy congelado, petrificado. No puedo asumir lo que acaba de suceder ante mis ojos. Sam me saca de mi trance y tira de mí.
—¡Dejadle paso! —grita, y el gentío nos mira—. ¡¡¡Mi amigo trabajó en un hospital!!!
—¡¿Qué dices, hijo de puta?! —Le miro con el ceño fruncido y apretando los dientes—. No seas…
—Ayude a mi hija, por favor —solloza un hombre a mis espaldas—. Dios mío… mi hijita… mi cielo… Dios mío…
Me doy la vuelta para calmarle, pero al ver su rostro mi corazón da tal vuelco que cierro la boca para que no se escape. La mano comienza a temblarme. Siento cómo mi camisa está totalmente impregnada en sudor bajo mi americana. A este hombre lo he visto antes. Este hombre lampiño se acercó a mí en mi sueño y me disparó.
—Sam… este hombre…
—¡Ayúdale, joder! —me interrumpe Sam, y prácticamente me lanza a los pies del taxi.
Me arrodillo frente a la niña mientras oigo a Sam gritar: “¡Era cirujano! ¡Puede salvarla!”. Me gustaría contradecir a este imbécil pero el miedo crece en mi interior cuando empiezo a creérmelo. Cuando empiezo a creerme que realmente yo fui médico. Como puede ser que ayer estuviera operando a un paciente por la noche, pues no me acuerdo. Me doy cuenta de que sé quién soy, de que sé dónde vivo, dónde trabajo, y que Sam me espera cada mañana para ir a la oficina… pero que realmente todo aquello que no es rutina parece haberse borrado de mi memoria, que todo lo que me hace diferente de los demás, ya sean mis experiencias o conocimientos, ahora solo son cadáveres devorados por los gusanos de la homogeneidad de Manhattan. La niña, que agoniza bajo las ruedas del coche, me mira, me reconoce, pero no sé quién es, puede que ser un tipo trajeado más subiendo la Quinta Avenida me haya hecho olvidar que un día aquella niña formó parte de mi vida, y que mi amigo conoce mi pasado mejor que yo. Me he habituado tanto a una vida rutinaria que me he convertido en una copia de cada uno de los que ahora se encuentran en este corro, mirándome, esperando que salve a la niña, y echando un ojo al reloj mientras tanto para no llegar tarde a la oficina. Un turno de trabajo que vale más que una niña atropellada que no les dará de comer.
Me quito la americana y me remango la camisa. Observo su hombro totalmente desencajado y ensangrentado. Debo encajarlo en su sitio de nuevo.
—¡Salve a mi hija, por Dios…! —clama su padre.
Consigo sacar su brazo de debajo de la rueda delantera y ahora solo tiene la trasera sobre la cintura, que más tarde sacaré también, pero parece estar perdiendo mucha sangre por el hombro. Me quito la corbata y le hago un torniquete, sujeto el brazo, y con un rotundo empujón oigo un chasquido que anuncia que todo vuelve a estar en su lugar. Actúo por intuición, como si algún día mi cerebro hubiera grabado cómo debía socorrer a la gente. La niña grita en ese momento, pero después se relaja al sentir que su brazo vuelve a estar en su sitio. Entreabre los ojos bañados en lágrimas y ve a su padre sujetándole la otra mano. Le pido al hombre que se encargue de vigilar el torniquete y palpo el torso de la niña para ver si todos los huesos siguen intactos o si noto alguna herida profunda. Mis dedos están empapados en sangre y eso parece marearme. Maldita sea, Keith, ¿qué mierda de cirujano eres? Veo que la rueda está bastante hundida en la cintura de la niña. Es el siguiente paso. Veo al conductor de raza negra detrás del padre, mirándome y secándose el sudor de la frente, mientras reza al cielo por la niña.
—¡Necesito que me ayuden a levantar el coche! —chillo a la gente de nuestro alrededor—. ¡Tenemos que sacarla, el coche está presionándole las vértebras!
Tres hombres se acercan a nuestro lado y sujetan el lado derecho del vehículo.
—¡A la de tres! —grita uno de ellos—. ¡Una,…!
—¡Sam, échame una mano! —le reclamo.
—¡…dos,…!
—¡¿Sam?! —Miro a mi alrededor, pero no le veo en ninguna parte. ¿Dónde se ha metido?
—¡¡¡…y tres!!!
Sonrío cuando veo que el coche se levanta mientras se oye llegar a las ambulancias. Sin embargo, mi piel empalidece cuando la niña emite un quebrado grito rasgándose la garganta, pone los ojos en blanco y su cuerpo convulsiona tres, cuatro, cinco veces, hasta que deja de hacerlo. Aparto al padre para sacarla de ahí, pero al tirar del cuerpo, ya inmóvil y sin la rueda encima, me doy cuenta de que prácticamente lo tiene dividido en dos y que lo único que la mantenía con vida era, precisamente, la rueda. El padre también grita. La niña descansa sobre mis rodillas. Mi pulso se agita. Mis lágrimas caen sobre el cadáver.
—¡Oh, Dios mío… Dios mío…! —balbuceo.
—Usted no tenía ni puta idea de cómo salvarla, ¿verdad? —pregunta uno de los hombres que habían elevado el taxi, sin esperar respuesta y consolando al padre.
Dejo a la niña en el suelo y me levanto, me tiemblan las piernas. La gente se aparta, me hacen un pasillo. No aplauden, no insultan, no reaccionan ante mi fracaso. Busco a Sam entre todos ellos, pero no lo encuentro. Veo cómo todo el equipo médico la mete en una ambulancia. Es tarde, está muerta, pero no digo nada más, decido que no debo estar allí y me marcho. Aquel hombre me dijo en mi sueño que la vida de su hija estaba en mis manos y la perdió por mi culpa. Acaba de suceder exactamente lo mismo. ¿Cómo lo había sabido? ¿Cómo había sabido que precisamente su hija, ese mismo día, sería atropellada y yo tendría que salvarla? ¿Qué ha sido de mi pasado? ¿Dónde demonios está Sam? No entiendo absolutamente nada y solo puedo sacar algo en claro: no todo es tan simple; lo de anoche no era solo un sueño.