lunes, 31 de agosto de 2015

Disfraces

Aquella mañana se vistió de Afable,
Saludó a sus vecinos Cordiales,
Caminó entre transeúntes Irritantes,
Y antes de llegar, tornó a Responsable.

Trabajó con uniforme Diligente,
Y de Persuasivo para llamadas comerciales,
Se mostró ante todos como Eficiente,
Y promocionó siendo Insaciable.

Bebió como Fracasado,
Se tambaleó cual Beodo,
Lloró en un rincón, Malogrado,
Y de Cobarde acabó todo.

Entró en casa como Inmoral,
¿Y con Ella?
Con Ella se quitó el disfraz.

viernes, 24 de julio de 2015

Algún día nos cobrarán por respirar

Día 24 de junio

—Lo siento, Flora. La decisión está tomada.
—No puede despedirme. No he hecho nada malo. Nada. He cumplido mi trabajo cada minuto que estaba en esta empresa.
—La crisis del oxígeno está acabando con todas las empresas, no sólo con ésta. Simplemente, su puesto es prescindible tras la última reestructuración interna.
—Tres años. Tres años dejándome el lomo por dos míseras bombonas de oxígeno y escasos doscientos euros. Tengo que mantener a mi madre, dos niños, y a mí misma, con eso.
El señor Vela la mira con tristeza. Las lágrimas empapan la mascarilla de Flora Garrido.
—Tendrá un finiquito de veintitrés bombonas y cien euros. Lo siento de nuevo.



Día 29 de junio

—Dos bombonas de oxígeno bajo en humos, por favor —pide Flora al dependiente.
—Son treinta y seis euros.
—¡¿En serio?! —desespera—. ¿Dieciocho euros por una maldita bombona?
—No se altere, agotará su oxígeno más rápido —responde pausadamente el dependiente—. Tenemos oxígeno cosmopolita por doce la bombona.
—Lo inhalan mis hijos, ¿sabe? —balbucea Flora, nerviosa—. Niños de Primaria. Y mi madre, que ya sufre demasiado por la quimio.
—Oiga —susurra el dependiente—. Si por mí fuera se lo daría por unos céntimos. La crisis del oxígeno ha subido los precios una locura.
—Necesito mantenerlos con vida.
—Llévese oxígeno cosmopolita. —Exhala un suspiro condescendiente—. Mi padre vivió cincuenta años a base de él.
—Está bien. Deme dos —titubea con la voz quebrada por el llanto.



Día 13 de julio

—Nos hemos reunido aquí para despedirnos de Esmeralda Garrido —anuncia el cura frente al féretro de la madre de Flora—. Pero antes de empezar, su hija quiere pronunciar unas palabras.
Flora se ajusta la mascarilla, se aprieta el arnés que sujeta la bombona de su espalda y camina hasta el atril. Sus dos hijos, con sus pequeñas máscaras, la observan desde la primera fila.
—Mi madre supo cuidarnos en todo momento. Cuando quedó viuda, luchó y buscó hasta debajo de las piedras para encontrar una manera de que siempre tuviéramos oxígeno Sebastián y yo —explica Flora, pero tras una pausa de unos segundos, se derrumba—. Yo... lo siento, mamá... —se seca el lagrimal con el índice—. Tuve que elegir. No tenía oxígeno para todos y yo... yo... tú... tú ya tenías un pie en el Cielo, ¿sabes? —Tiene que interrumpir su discurso y abandonar la sala.



Día 18 de julio

—¿Entiende lo que tendrá que hacer en su puesto de trabajo?
—Sí —asiente Flora—. Pero necesito tiempo de descanso para poder cambiar el oxígeno de mis hijos.
—Si le quitamos una hora, que sería lo que le supondría ir a casa o la escuela de sus hijos, no podremos pagarle nueve bombonas a la semana y ciento cincuenta euros.
—¿Cuánto bajaría mi sueldo?
—A siete bombonas y cien euros.
—¡¿Qué?! ¿Por una hora menos al día? Una hora de doce, ¿para usted supone restar esa cantidad?
—Lo siento, buscar a alguien para cubrirle durante esa hora ya requiere ponerle un salario mínimo que tendremos que quitar de otro lado, ¿no cree?
A Flora le tiembla el pulso.
—Está bien.
—Que sean once horas al día, siete bombonas y cien euros. Firme aquí.



Día 1 de agosto

—Pasajeros del Ferry 821 con destino a Palermo: Muelle 4 —anuncia la megafonía.
—Es el nuestro —señala Flora. En una mano lleva un gran maletón cargado de bombonas, otras tres a la espalda y dos en la espalda de sus dos hijos, los cuales forman una cadena de manos con ella—. Vamos rápido para coger un buen camarote.
—¿Por qué nos vamos, mamá? —pregunta Hugo.
—Porque allí no tendremos que pagar por respirar, cielo —responde, sin apartar la vista del frente—. El oxígeno campa libre por el aire y podré cuidar de vosotros siempre.
—¿Y hay suficientes bombonas para el viaje? —duda César.
—Llevo mucho tiempo ahorrando y reservando para esto, cariño. Una vez allí, no necesitaremos más. Están calculadas.
—Su billete, por favor —dice el agente.
—Aquí tiene.



Día 3 de agosto

—¿Se va a poner bien? —quiere saber Hugo.
Su hermano pequeño no deja de hiperventilar. Absorbe oxígeno a la velocidad del relámpago.
—No le sienta bien navegar —dice Flora—. Pero no te preocupes, mañana a estas horas habremos llegado a Palermo y César estará bien. —Flora acaricia la frente a Hugo para tranquilizarle—. Acércame otra bombona, cariño.
—Quedan pocas, las está gastando muy rápido.
—No importa, la necesita.



Día  4 de agosto

El corazón de Flora da un vuelco cuando abre su maletón y solo quedan dos bombonas. César, afortunadamente, se estabilizó por la noche. Sin embargo, en las bombonas de sus hijos y la suya solo queda una hora de oxígeno como mucho.
—Se prevé la llegada a las 16:35. Por favor, vayan preparando su equipaje.
Son las 12:44.
Flora cambia las dos bombonas de sus hijos. Será suficiente para llegar a Palermo.
—Mamá va a salir a la cubierta para hablar con una amiga, ¿vale?
—¿Podemos ir? —pregunta Hugo.
Una lágrima que no puede contenerse más resbala por la mejilla de Flora.
—Lo siento, cielo... no... no podéis. Cuando lleguemos, si no estoy, acudid a comisaría.
—¿Estarás allí?
Su madre no responde, abraza a sus hijos por última vez y abandona el camarote. Viendo la costa siciliana en el horizonte, dos crujidos de la bombona de oxígeno indican que ya se ha agotado. Flora se desploma sobre la fría cubierta.

martes, 30 de junio de 2015

Cuándo decir adiós

Y decidió dejarlo todo atrás. Marcharse de la ciudad que la vio crecer. Dar un último abrazo a su familia hasta que pudiera costearse un viaje de vuelta. Acariciar a su perrita de doce años, quizá por última vez en su vida canina. Sacar un billete para dentro de tres horas y cargar con una maleta con lo justo para sobrevivir. Dejar su trabajo, el cual seguro que no añoraría, pero sí a todo el que conoció allí. Con cuántos perdió el contacto. De cuántos no pudo despedirse siquiera.

Todo por él. No era dependencia, sino un deseo de compartir una vida juntos. Si él debía marcharse, ella lucharía por crecer y establecerse en su destino. Jamás se lo pidió. Fue el corazón quien se lo rogó, quien aceptó que, de entre todas las posibilidades, debía decidir esa. En todos los años siguientes, no se arrepintió ni un momento, aunque fuera consciente de todo lo que perdió, fue su decisión y la de nadie más. Un trabajo mejor. Unos vecinos encantadores. Un gato adoptado que se coló por su balcón.

Otra vez. Él debía partir. Sin embargo, antes de que ella pudiera escuchar a su corazón, pareció que su amante creyó que era quien debía decidir. Dio por hecho que decidiría por los dos. Le dio una orden.

Y decidió que lo dejaría todo atrás su puta madre. Que se marcharía de esa ciudad su puta madre. Que daría últimos abrazos y caricias a su puta madre. Que sacaría ese billete su puta madre y cargaría con una maleta su puta madre. Dejaría su trabajo su puta madre. Perdería el contacto con su puta madre y, en este caso, se quedaría sin despedirse de su puta madre.


En el amor, las órdenes a su puta madre.

domingo, 31 de mayo de 2015

Temor

Temor a que me abandone el crepúsculo,
A que el albor alumbre las trincheras,
A que la pólvora estalle y ensucie mis venas
Por un botín entre dos muros.

Temor al reflejo en los ojos del enemigo,
Al rencor en los recuerdos de su familia,
A su cena, sobre la mesa, fría,
A todo su linaje perdido.

Temor a la tierra, al aire, al Sol y a la lluvia,
A que presencien su muerte y no se la lleven,
A que perduren en la mente, y por ende,
No se sobrepongan a la enjundia.

Temor a convertirme en una bestia,
A que yo sobreviva a la guerra,
A la memoria, serena,
A la medalla para un alma necia.

martes, 28 de abril de 2015

Pelo Cobrizo y Pupila Escarlata

Cinco de la tarde. Un martes cualquiera. El cielo se resquebrajaba fuera de la cafetería, bañando sus cristales con una diáfana lámina acuosa.

Qué bien le sentaba el café a estas horas. En su mesa de siempre, en un rincón, con el respaldo de la silla casi tocando la pared, escribiendo un artículo para el periódico local, donde trabajaba desde hacía años. A un metro estaba el paragüero. Por eficiencia, se sentaba al lado. El camarero servía cafés, chocolates, tés, y todo tipo de bebida que hiciera entrar en calor a los pobres clientes cuyas prendas parecían fundirse en pequeñas gotas que impregnaban los baldosines. Nada fuera de lo común. O quizás sí.

Unos cabellos cobrizos, tres mesas más allá, resplandecían ante la cálida luz de los faroles. No podía apartar su mirada de una figura tan perfecta. Tampoco fue capaz de hacerlo durante el resto de su estancia. También tomaba capuccino. Lo sabía por esa espuma rebosante tan característica con que los servían en esa cafetería. En varias ocasiones se cruzaron las miradas. Una sonrisa ruborizante. Una torpe bajada de cabeza por disimulo.

Cuando al día siguiente, a la misma hora, estaba otra vez ahí, en la misma mesa, y con el mismo capuccino, decidió buscarle un nombre: Pelo Cobrizo. Lo que no sabía es que también le habían adjudicado uno: Pupila Escarlata. Quizá por el tono en que los farolillos dorados reflejaban en su iris avellana. La consciencia de esa atracción era recíproca, al igual que la timidez.

Casi un mes de silencio y miradas. Cada día el café se alargaba hasta más tarde. Como una especie de reto de a ver quién se marcha antes. Un día, Pelo Cobrizo estaba una mesa más cerca. Al día siguiente, Pupila Escarlata siguió el juego y se acercó una mesa más. Prácticamente podían oler el otro café.

Sin embargo, no fue hasta el siguiente día, cuando Pelo Cobrizo dejaba resbalar unas lágrimas por su níveo rostro, el momento en que Pupila Escarlata se levantó de su mesa y tomó asiento frente a frente.

—¿Qué te pasa? —preguntó con preocupación. Le resultaba extraño dirigirle la palabra.

—Absolutamente nada —respondió secándose las lágrimas con el índice y dibujando una media luna en sus labios.

—Llorabas —insistió.

—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.

Hablaron tanto y se enfrascaron de tal manera en conocerse, que apenas se daban cuenta de cómo los clientes iban desapareciendo y el camarero comenzaba a colocar las sillas sobre las mesas. Rieron. Encajaron. Podría haber salido mal, pero no. Una vez abandonaron el local, caminaron hasta la medianoche. Y hasta la madrugada. Y se olvidaron de dormir, pero no de amanecer bajo las mismas sábanas.

Tardes en la cafetería. Y de conocer otras cuando se acercaba el verano. Del capuccino al té frío. Un daiquiri frente a la costa caribeña. Un sake en Japón. Chocolate derretido dentro de una crepe en París. Champán durante cinco nocheviejas.

Pero fue una oferta de trabajo de ensueño para Pelo Cobrizo al otro lado del Pacífico la que se empeñó en distanciarles. Pupila Escarlata no podía abandonar el puesto que en más de diez años se había ganado en el periódico local. La ruptura no fue real hasta que vio el avión despegar al otro lado de la cristalera de la terminal.

Varios meses después, Pelo Cobrizo, lejos de su tierra natal, no rompió su tradición del café. Siempre recordando aquellos iris que enrojecían bajo los faroles al otro lado del océano, también se acostumbró a leer el periódico mientras lo tomaba. Pero por desgracia, allí no vendían aquel en el que escribía su amor.

O quizá sí. Todo parecía tan normal aquel día, que al leer el seudónimo que firmaba la noticia de portada, se le resbaló el periódico entre los dedos antes de acabar la palabra “Escarlata”. Miró al frente, y ahí estaba, tres mesas más allá, y ahora colocándose una más cerca. Pelo Cobrizo no pudo contener unas lágrimas nerviosas, y Pelo Escarlata se acercó hasta su mesa y simplemente le dijo:

—¿Qué te pasa?

—Ab-absolutamente nada…

—Llorabas.

—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.


Y quizá sea una historia de amor simple, como todas lo son. Pero nunca sabremos los sexos de Pelo Cobrizo y Pupila Escarlata. Simplemente sabemos que se amaban. Así que olvidemos, por un momento, los prejuicios que puedan existir ante que sean dos hombres, dos mujeres, o tal vez hombre y mujer. Porque, por un momento, a ninguno nos importaba. Ni jamás debería importar. Leámoslo otra vez con diferentes sexos y el amor será igual de real. El amor es un sentimiento incuestionable. La sexualidad de cada uno, también.

martes, 31 de marzo de 2015

Cómo empezó todo

Hola a todos aquellos que dedicáis vuestro tiempo a leerme. Como habréis notado, me he habituado a subir a final de mes una entrada, la cual suelo escribir en algún momento de dicho mes, o incluso ya la tenía guardada de mucho antes.

El otro día estaba viendo mis primeros textos y encontré uno de esos primeros capítulos que todo escritor redacta imaginando una novela larguísima y se queda en agua de borrajas. Cuando tenía 14 años (¡madre mía, ya han pasado más de 8 años de aquello!) ya hacía mis pinitos con historias absurdas, y es por ello que este mes os traigo algo especial. Mis inicios. Aunque sea largo, os animo a leer uno de mis primeros textos, el cual, desafortunadamente, nunca se continuó. ¡He dejado la redacción como estaba, no me gusta hacer trampas!

Gracias a todos por estar ahí.



Capítulo 1: La lámpara que hacía galletas
  


Aquel día empezó asquerosamente mal. Era el cumpleaños de mi profe de mates y se había maquillado. ¿Pretendía parecer más joven? Yo le echaba por lo menos sesenta o algo así. Pero esa no fue la razón de mi asqueroso día. Tampoco lo fue cuando Jaime se sacó un moco y se lo pegó en el sobaco a otro de clase que no sé cómo se llama. Dijo algo así como “jamalajamalajá” por lo que entendí que era español. Mi clase no me gustaba. Todos tenían dos ojos, dos orejas, una nariz, una boca, un pene las chicas y una vagina los chicos… ¿o era al revés? Cierto, era al revés… Tenían una oreja y dos narices. Bueno… ¿de qué hablaba? Ah sí… nunca había comido unos espaguetis así… ¡Me encanta la verdura! ¡Y las anillas de los cuadernos de anillas!

            Pues eso… que el día en sí era un poco mierda… por eso lo de “asqueroso”. La mierda es asquerosa. Así que se podría decir que era una mierda de día. Sí, lo era. Era una mierda de día.

            Volví reventado de las clases. A última hora habíamos tenido Historia y odiaba las raíces cuadradas.

-          ¡Hola Rodolfo! — dijo mi madre.
-          Sí  — contesté sin pensármelo dos veces.

            Fui a mi habitación antes de que me empezara a dar el coñazo con lo de que si no comiera yogures de queso entre horas, lo de que limpie los pelacos que se quedaban en la bañera, que a ver cuándo cojones me voy de casa, que a ver si me pudro en el infierno… en fin, esas cosas de madres. Pero la verdad es que me caía bien, le había cogido cariño. Nada más entrar a mi habitación me quité la mochila, me la comí y encendí el ordenador. Me metí al chat de E.P.A. (Eyaculadores Precoces Anónimos). Siempre entraba ahí. Podría decirse que era el tornillo de mi almohada. Nunca se me dieron bien las metáforas.

            "¡¡¡RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING!!!". Corriendo, fui a cagar. Luego caí en la cuenta de que estaba sonando el teléfono. Corrí al teléfono con los pantalones bajados.

-          ¿Diga? —dije con un par de gónadas.
-          ¡Hola, primo! ¿Sabes quién soy?
-          ¿Papá?
-          ¡¡Soy chica y además he dicho “primo”!!
-          ¿Carlos?
-          ¡Chica!
-          ¿Hermanita?
-          ¡Pero si no tienes hermanas!
-          Santa Claus.
-          Dios… ¿pero tú qué cojones entiendes cuando digo “primo”?
-          ¡Ah, coño!
-          ¿Ya?
-          ¡HERMANITA!
-          Oye mira que te den… Soy tu prima Lola que he venido a Rabotown a pasar el resto del curso aquí…
-          Ya lo había sospechado.
-          Sí, bueno… Pues eso, que he pensado: este primo mío no tendrá nada que hacer… así que podría enseñarme la ciudad…
-          ¡Qué buena idea! ¡Díselo!
-          Pero vamos a ver… ¡tú eres mi primo! Hablaba de ti, joder.
-          ¿Hermanita?
-          Joder… Mira, a las cinco en la Plaza Patilla.
-          De acuerdo, tata.
-          Buf… adiós, primo… no tienes remedio.
-          Adiós Superman.

            Colgué ese extraño aparato parecido a un teléfono. Aún no me creía que hubiera hablado con Tom Cruise. Estuve anonadado dos horas mirando la grieta de una baldosa hasta las cinco de la tarde. Salí corriendo, ya que la Plaza Patilla estaba a unas dos horas a patinete. Me gustaba ir en bici. En cambio, fui andando.
            Todo el mundo me miraba por la calle, algunos incluso se apartaban, pero no le di importancia.

            Tres horas después llegué a la Plaza Patilla. Solía ir a esa calle a comprarme chicles, ya que me pillaba cerca de casa. Ahí me encontré a mi prima.

-          Rodolfo… ¿por qué llevas los pantalones bajados? —preguntó.

            ¡Mierda! Llevaba con ellos bajados desde que había ido a cagar para coger el teléfono. Me los subí y cerré la cremallera a la segunda (en la primera me la pillé y tuve que ir a urgencias y volver a la plaza).

-          Jopé... pues qué casualidad habernos encontrado aquí —le dije—. Porque yo había quedado con alguien… que no recuerdo por cierto.

-          Pero si ésa era… en fin, vamos a dejarlo. —Me dio un abrazo que casi me asfixia. Por decirlo finamente, tenía un par de tetacas que podía cascar nueces.

-          Bueno... ¿qué te trae por aquí? — pregunté, ya que ella vivía en un pueblo de aquí cerca, Villaglande.

-          También te lo he dicho por teléfono… vengo a hacer el curso aquí ya que en mi pueblo sólo hay colegios nudistas. Y como ya lleváis dos semanas, me costará pillaros el ritmo, pero bueno… no creo que hayáis avanzado mucha materia, ¿no?

-          No sé, es que yo en clase me dedico a pensar en plátanos azules.

-          Bueno… entonces, no seré la que peor vaya en clase —Se rió.

-          No, Lola, yo siempre seré más gilipollas. ¡Tengo una idea! ¡Voy a enseñarte un poco la ciudad!

-          ¿Cómo que tu idea? ¿Pero tú has escuchado algo mientras hablábamos por teléfono?

-          Qué va… Estaba con los pantalones por los tobillos y agarrando el aparato con la mano.

            Me miró con cara de asco y propuso que empezáramos a pasear. Me pareció buena idea. La llevé a ver la alcachofería, la esquina de los vagabundos que olía a pis, el parque de los drogatas, el río (que, por cierto, me clavé una jeringuilla que había por el suelo), a un bar con luz rosa y señoras desnudas… Yo pensé que sería lo más importante de la ciudad. Tampoco iba a ser tan gilipollas de enseñarle lo peor, como la catedral románica, el monumento a Cojoncio IV o el mercado medieval.

-          Oye, está empezando a anochecer y tengo hambre… ¿Volvemos cada uno a nuestra casa o cenamos por ahí? —dijo mi prima.

-          Pues, hombre, en mi casa no me dan de cenar y siempre tengo que robar cosas de la basura al vecino… así que vale, no es mala idea eso de ir por ahí.

-          Guay, por ahí hay una heladería, ¿no? Pues vamos para allá.

            Me compré un helado de 7 bolas porque no tenía hambre. Ella, en cambio, solo se cogió uno de sabor a hierro oxidado. Caminamos por las calles mientras se hacía de noche. Ella iba hablando mientras yo pensaba en aquella grieta de la baldosa con la que estuve empanado durante dos horas antes de ir a la plaza. Al final nos sentamos en una cagada de caballo mirando al Río Mojao, que es el único río que pasa por Rabotown.

-          Y la gente de clase… ¿qué tal es? —me preguntó Lola.

-          Hombre pues tienen dos orejas, una nariz, dos ojos…

-          No, no… digo que si son majos.

-          De verdad… qué poco superficial eres. Hay que ser muy imbécil para pensar que lo importante es el interior. Una buena persona es aquella que está buena y que puedes copular con ella. ¡Cuánto tienes que aprender, hermanita!

-          Entonces tú serías un cabrón —dijo, y se empezó a encanar.

            No entendía por qué se reía, pero me reí para no parecer tonto. Miré a ambos lados de la calle. No había nadie y además hacía un frío de cagarse patas abajo. El eco de las risas se oía chachi.

-          ¡¡¡¡¡PENE!!!!! —grité, y el eco repetía “pene” sin parar.

—      ¿Pero tú estas mal o qué? —dijo.

            Antes de poder responder “triángulo” se oyó un petardazo. Sonó algo así como "¡CATAPUNCHIS!". Bueno, en realidad parecía un disparo. Tras esto, se oyó el grito de una mujer o, en su defecto, de un mariquita. Acto seguido se oyeron dos disparos más. Lola y yo nos miramos. Ninguno se atrevía a decir nada. Al final, cogí aire y dije:

-          ¿Tú nunca te has preguntado si la esterilidad es hereditaria?

-          ¿Pero eres tonto? No me digas que no has oído esos disparos.

-          Ah, sí… Lo mejor sería ir a casa y comer yogures de queso…

-          Y una mierda. Tú te vienes conmigo a investigar… Se ha oído en la orilla del río, así que ven.

            Tenía que reconocer que me había hecho mis necesidades encima. Vi cómo se levantaba y se iba. Dos segundos después, volvió.

-          ¿Pero vienes o no?

-          No entiendo.

-          Pues que si me acompañas a mirar qué ha pasado.

-          Explica.

-          Que vengas para ver qué era ese ruido.

-          Rojo.

-          Dios, ?pero por qué me tenía que tocar un primo así…?

            Me cogió y me llevó del brazo como hacía mi profesor de Religión en la intimidad. Bajamos a la orilla del río. Estaba muy oscuro y no se veía nada. Si no me hubiera cagado en los pantalones cuando lo de los disparos, me hubiera cagado entonces. Se oyó como si pasara un rinoceronte de color rosa con un piercing en el glande.

-          ¿Has oído esos pasos? —me preguntó.

—     ¿Cómo que pasos?

¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? No era un rinoceronte, sino pasos.

-          Vamos a ver qué pasa… —propuso mi prima, que parecía no oler el jugoso pastel que había en mis pantalones.

            De repente, vimos a un hombre arrastrando un saco negro de color verde hacia el río. Corriendo, nos escondimos detrás de un unicornio que había allí. El hombre llevaba un gorro de Mickey Mouse, una camiseta rosa fosforito y unos pantalones verdes que tenían escrito en el culo: “Introduzca la pilila”. También llevaba plataformas y unas gafas de sol rojas. Por sus pintas diría que era metrosexual. Vimos cómo cogía el saco con el pie izquierdo y lo lanzaba al río. El saco desapareció por arte de magia (más tarde descubrí que es que se había hundido).

-          Tío, ¿estás viendo lo que estoy viendo? —susurró Lola.

-          Sí, tía, se le ha caído el saco al pobre…

-          Pero a ver… ¡que este hombre se ha cargado a alguien!

-          ¡No jodas! —después de chillar eso, me di cuenta de lo alto que lo había dicho.

-          ¿Quién anda ahí? —se asustó el hombre.

-          ¡Mierda! ¡Corre! —y tras decir Lola esto, se echó a correr.

            Supuse que la había cagado, así que corrí hacia el señor hasta que me gritó Lola que era hacia el otro lado. Corrimos y corrimos, sin darnos la vuelta ni para mirar si nuestras huellas tenían forma parecida a la de un falo. Se oía al hombre persiguiéndonos cual murciélago come alubias con chorizo.

-          Vamos, llévame a una calle muy transitada. —pidió Lola.

-          Joder, ¿nos persigue un mamarracho y tú pensando en sexo?

-          ¿Sabes lo que es “transitada”?

-          Sí, pero… ¿a que tú no?

-          Buf… llévame a una calle con mucha gente.

-          ¿Ves cómo me cambias de tema?

            El hombre nos perseguía en la oscuridad, y por cierto, casi no se le veía porque el alcalde vendió las farolas de la ciudad para comprarse un cortaúñas. Después de cruzarnos con un señor que llevaba un jersey verde llegamos a la Calle Se. Miramos alrededor. El hombre había desaparecido.

-          Sabía que se iría en cuanto hubiera más gente —dijo mi prima, como pensando que era lista.

-          A todo esto, yo había quedado con mi hermana en la Plaza Patilla hace un rato ya…

-          Anda, vamos a casa.
           
            Cogimos la Calle Vatanga para ir hacia mi casa. Ambos nos habíamos quedado flipados con lo que habíamos visto. Justo al doblar la esquina vi una tuerca en el suelo, lo que hizo que aquel fuera un asqueroso día.

sábado, 28 de febrero de 2015

Comer chinchetas mata

Gerardo caminaba por la Calle Buenaventura a ritmo apresurado, desparramando chinchetas a su paso, las cuales se le caían de la boca al intentar meterse puñados demasiado cuantiosos. Era su cumpleaños, y como cada año, se reunía con dos amigos en su bar de toda la vida. Pero llegaba tarde.

—Me cago en la puta, llego tarde.

Lo que decía. Finalmente, próximo a El Aguilucho, ya casi a punto de entrar, un hombre apoyado en el marco de la puerta exhaló aliento, escupiendo chinchetas a la cara de Gerardo. Varias de ellas se clavaron en su tez, pero él simplemente se las sacudió, dejando unos hilillos de sangre resbalándole por los poros.

—¡Mira quién viene a quitarnos las telarañas de esperar! —exclamó Bernardo al verle aparecer en el bar.

Fernando, sentado a la derecha de Bernardo, soltó tal carcajada que se le caían chinchetas de la boca. Gerardo saludó a ambos con un gesto desganado y fue a la barra a pedir un café con leche y sacarina al camarero, el cual comía chinchetas con la mirada perdida junto al grifo.

Mientras esperaba su café, cogió el periódico que había en un extremo de la barra. Una mujer daba el pecho a su bebé al fondo de bar, sujetando con una mano al niño y con la otra tomando puñados de chinchetas que se precipitaban sobre la cara de su hijo. Gerardo sacó un nuevo bote de chinchetas, desenroscó la tapa, y empezó a devorarlas con avidez mientras leía la portada.

—Aquí tiene su caf… —comenzó a decir el camarero.

El bote de cristal cayó al suelo, rompiéndose en pedazos y desperdigando chinchetas por las baldosas, las cuales pisó una anciana descalza que pasaba por allí. También es mala suerte, joder. Gerardo se levantó de un brinco e ignoró el café.

—¡Chicos, dejad esas chinchetas ahora mismo! —chilló, quitando de un manotazo los botes a sus amigos.

—¡Devuélveme mis chinchetas, cabrón! —bramó Fernando.

Gerardo enseñó el titular del periódico como respuesta.

—“Las chinchetas pinchan” —leyó Bernardo en voz alta.

Los tres amigos se miraron horrorizados. Rápidamente, Gerardo volteó las páginas hasta encontrar la noticia ampliada.

—“Varios estudios demuestran que ingerir chinchetas desgarra las paredes del sistema digestivo, provocando sangrados, inflamaciones, coágulos y dolor de ojete. La probabilidad de muerte es del 87%.” —Gerardo paró un momento para escupir asqueado las dos o tres chinchetas que le quedaban en la boca—. “Además, el desparramamiento de chinchetas resultante de su ingesta impetuosa provoca daños a los que están alrededor, pudiendo desencadenar también su muerte”.

—Dios mío —musitó Fernando—. Yo le he hecho un cunnilingus a mi mujer hace un rato con la boca llena de chinchetas.

—¡Hay que prevenir a la gente! —Gerardo se puso de pie sobre la silla—. ¡Escuchadme todos! —gritó. El bar se quedó en silencio. Todas las miradas apuntaban hacia él—. ¡Comer chinchetas mata! ¡Y también a las personas que tenéis al lado! ¡Avisad a todo el mundo! ¡Estamos destrozándonos el organismo! ¡Es nuestra vida la que está en juego!

La muchedumbre empezó a proferir un batiburrillo de blasfemias e improperios. La mujer que daba el pecho a su hijo sacó un lanzallamas y quemó el bote de chinchetas que llevaba por la mitad. La anciana descalza casualmente pasaba por ahí y murió de una manera cruel y vomitiva. Todo el bar comprendió la gravedad de los prejuicios de comer chinchetas y, en cuestión de minutos, estaban clamando el nombre de Gerardo mientras le agradecían que les hubiera salvado la vida. Esa noche, Gerardo folló.



Al año siguiente, Gerardo volvía a llegar tarde. Lo cierto es que a veces apetece darle dos buenas hostias. Ahí estaban, otro cumpleaños más, Bernardo y Fernando esperándole en su mesa de El Aguilucho. Exhalaban el humo de sus cigarrillos casi al unísono.

—¿Vienes a quitarnos las telarañas de esperarte? —bromeó Bernardo.

—Este año no puede ser más surrealista que el anterior —apuntó Gerardo mientras tomaba asiento.

—Cuesta creer que nos metiéramos esa mierda en el cuerpo —reflexionó Fernando en voz alta. Dio una calada más a su cigarrillo y siguió hablando—. ¿Por qué lo hacíamos? ¿Éramos idiotas?

—Desconocimiento, tío —dijo Gerardo mientras se encendía un pitillo que le había prestado su amigo. Miró fijamente aquel cilindro de papel portador de nicotina—. Supongamos que nos dicen que estas mierdas nos matan.

—No seas absurdo, Gerardo —interrumpió Bernardo, y después se dirigió a Fernando—. Odio cuando pone ejemplos con historias absurdas.

—Bueno, supongamos que el tabaco es malo para nosotros. No solo para nosotros, ¡también para las personas que comparten espacio contigo! —prosiguió—. Sé que es estúpido, pero imaginadlo. Supongamos que hay datos que lo demuestran, que lo pone en la propia cajetilla. —Ahí no pudieron evitar reírse sus amigos ante lo surrealista de la situación—. Supongamos que, aun así, las personas fumaran. Entonces sí que seríamos idiotas, ¿no crees?

—Ni siquiera habría una razón para empezar a fumar.

—Exacto —asintió Gerardo—. Pero no es el caso. Tomar café no mata, charlar con tus amigos no mata, pasear no mata y fumar no mata. Disfrutemos mientras podamos.

—¡Hasta que se demuestre lo contrario! —agregó Bernardo.


—Lógicamente. Nos gusta vivir. —se encogió de hombros ante la evidencia—. ¡Hasta que se demuestre lo contrario!