sábado, 30 de abril de 2016

Cincuenta

Esta es la entrada número 50 de mi blog. Fue exactamente el día 28 de septiembre de 2012 cuando se publicó la primera entrada. Casi hace cuatro años.

Es inevitable reflexionar, ¿no? No soy de esas personas que creen mucho en los aniversarios, en las celebraciones basadas en una cifra bonita, o de los que montan desmesurados paripés para algo que no va a cambiarme la vida. Sin embargo, quisiera compartir en esta ocasión un pensamiento que cada vez se repite más en mi cabeza.

Disfruto escribiendo. Toda la gente que conozco que lo hace, lo disfruta. También disfruto componiendo. Disfruto diseñando. Disfruto materializando cualquiera de mis ideas. No voy a ser yo quien opine de mi trabajo, aunque sí que me siento orgulloso de lo que hago. Al fin y al cabo, si no podemos estar orgullosos de nosotros mismos, ¿quién lo estará?

La universidad, trabajo, ahora un máster... han absorbido mi tiempo de tal manera que no he podido dedicar a escribir todo el que me gustaría. Y, de nuevo, toda la gente que escribe de una manera más o menos seria, está en mi misma situación. Sí, porque escribir lleva tiempo, lleva esfuerzo y dedicación, pese a que lo disfrutes tanto como yo.

Todos soñamos con un trabajo que nos apasione. Un trabajo que no nos suponga una lacra en nuestra vida, sino un ingrediente más de nuestra felicidad. ¿Hacia dónde deberíamos caminar, si no es hacia la felicidad?

Y desafortunadamente no es tan sencillo. Rara vez la felicidad y las obligaciones van de la mano. La construcción de un futuro sólido, normalmente, no está basado en la felicidad. Apilamos resignaciones y las enyesamos con conformismo. Y tenemos aficiones.

Creo que hay un concepto muy equivocado de las aficiones. ¿Por qué las aficiones son eso que disfrutamos en el tiempo que nos sobra entre las obligaciones que nos amargan?

No nos confundamos, disfruto lo que hago y estoy seguro que disfrutaría muchos puestos de trabajo. Pero también sé cuántos músicos, escritores, fotógrafos, diseñadores, dibujantes, bailarines, actores, directores y un eterno etcétera, adoran lo que hacen. Y no, no estoy pidiendo que esa gente pueda vivir de ello. Desgraciadamente las cosas no funcionan así. Hay un nivel de exigencia en cuanto a calidad (y pasta, para qué engañarnos), que no nos permiten que vivamos de nuestras pasiones todos los que lo desearíamos.

Y ya voy al grano. Sí, ya era hora. ¿Acaso es mucho pedir que empiece a valorarse que esa gente está trabajando? Todas esas horas, todas esas ideas, todos esos esfuerzos, frustraciones y satisfacciones, tienen un precio. Y no, no hablo de acabar con la piratería, porque soy el primero que piratea. Y sé que está mal. Todos deberíamos dejar de hacerlo, pero seguiremos pirateando.

Hablo de que dejemos de pensar que, cuando alguien dedica un fin de semana a escribir, pensemos que es un tipo que ha dejado sus obligaciones para divertirse. Hablo de que si vemos a alguien haciendo fotos durante toda una mañana en un parque, no pensemos que tiene suerte de hacer lo que le da la gana en los tiempos que corren.

El trabajo es trabajo. Estar varias horas en la oficina no es diferente de estar esas mismas horas frente a un papel plasmando todas tus ideas. Pagar gustosamente al taxista por llevarte a casa y refunfuñar por pagar por que un grupo te lleva a otros mundos por la mitad de precio, no es comprender lo que pasa.

Cualquier tipo de arte es tan digno como otro trabajo. Cualquier afición llevada con profesionalidad lleva un arduo trabajo detrás que merece, como mínimo, aceptación y respeto.

Sólo pido que, cuando escriba mi entrada número 100 (que la escribiré, no quepa duda), entendamos lo que hacemos como un trabajo, que quizá no nos dé dinero a la mayoría, pero nos sumergen, por un momento, en ese camino hacia la felicidad.

Muchas gracias a todos lo que me leéis. Ojalá pudierais sentir lo que siento. Bueno, qué coño. Lo intentaré, como siempre.



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PD.: En otro orden de cosas, este mes sí que haré algo especial. Cada día publicaré en las redes sociales algunas de mis entradas más destacadas, hasta final de mayo, donde volveré a las andadas. ¡A trabajar!

jueves, 31 de marzo de 2016

¿Qué pasó con Jim Buscacorazones?

Es jueves, 31 de marzo de 2016. Monster Magazine se reúne con tres individuos que aseguran haber conocido al mismísimo Jim Buscacorazones antes de que eliminara a los humanos de su dieta. El caso ha revolucionado a toda la Ciudad de los Monstruos. Nuestra población se redujo a las tres cifras hace dos años y las opiniones son dispares. Los hay que apoyan este cambio de filosofía en la vida de los monstruos, pero también quienes creen que sólo está pervirtiendo la naturaleza de las cosas.

Los entrevistados son Marcus, Anna y Charles, tres monstruos que aseguran conocer los detalles más oscuros del desaparecido Jim.

Monster Magazine: ¿De qué conocían a Jim?

Charles: Solíamos cazar juntos. Conocíamos una ruta de colegios que, si bien los niños sacian menos el apetito, era muy sencilla y rápida.

Anna: En mi caso, fuimos juntos a un Curso de Adaptación en la Oscuridad.

Marcus: Jim y yo somos primos lejanos.

MM: Entiendo. Así que todos lo conocían desde hace años. ¿Cómo era antes de este cambio en su estilo de vida?

Anna: Si algo podía definir a Jim, sin duda, diría que era un buen tipo.

Marcus: Totalmente de acuerdo. Igual que Anna tiene unos colmillos de medio metro y seis patas de araña, Charles puede volar y yo domino la invisibilidad; Jim poseía la cualidad de tener dos corazones.

MM: ¿Dos corazones?

Marcus: Eso he dicho, sí.

MM: ¿Para qué le servía tener dos corazones?

Charles: Sencillamente era lo que le hacía especial. Su forma de ser era apasionante. Amaba a toda bestia que le rodeara. Siempre se preocupaba por los demás, les ayudaba, y su ilusión irrefrenable se contagiaba.

Anna: Todos deberíamos tener a alguien como Jim en nuestra vida.

Charles: Jamás olvidaré un día en que estábamos devorando los intestinos de un excursionista cerca de Twin Peaks. Él mide como… tres o cuatro metros, ¿sabe? Y yo no llego al metro y medio. Sin embargo, sabía cómo lo estaba pasando mi familia y me dejó llevarme el resto del cuerpo para compartirlo con ellos. Claramente él necesitaba más alimento que todos nosotros juntos, y prefirió pasar hambre antes de que lo hiciéramos nosotros.

Anna: Precioso.

Marcus: Jim era único.

MM: ¿Y qué le pasó exactamente? ¿Por qué cambió el rumbo de su vida?

Charles: Conoció a alguien.

MM: ¿Una relación amorosa?

Marcus: Sí, pero no fue culpa de esa otra persona. Simplemente, Jim era así.

MM: ¿Podrían ser más concretos?

Anna: Se enamoró de una bestia de la Academia. Fue ella la que tuvo que tomar la iniciativa, pero en unos meses la relación comenzó a fluir.

Charles: Jim era demasiado bueno hasta para eso.

MM: ¿Cómo era ella? ¿Dónde está ahora?

Marcus: Nadie sabe dónde está.

Charles: Era muy buena, pero claro, no tenía dos corazones. Siempre sería Jim mejor que ella. Quizá fue eso lo que quemó la relación. Tenía una inteligencia fuera de lo común y una ambición imparable. Además, era una chica preciosa, con unos labios verdes babeantes y unos ojos inyectados en sangre como rubíes.

Marcus: Y mucho pecho.

Charles: Sí, doce tetas, para ser más exactos.

Anna: El tema fue que el amor traspasó demasiados límites. Jim acabó cediéndole, poco a poco, uno de sus corazones.

MM: Un momento. ¿Jim renunció a ese corazón?

Anna: Ella pasó a formar una parte tan grande de él que, sin darse cuenta, se apropió de uno de sus corazones.

Marcus: Así que Jim pasó a pertenecerle, en parte.

MM: ¿Cómo acabó esa relación?

Charles: Nadie lo sabe muy bien. Se esfumó.

Anna: Ella se fue sin dejar rastro. De un día para otro.

MM: Eso destrozaría a Jim…

Marcus: Evidentemente… ¡se llevó uno de sus corazones!

MM: Entonces… ¿Jim sólo tiene un corazón en estos momentos?

Anna: En efecto. El otro lo perdió.

MM: ¿Volvieron a verlo después de aquello?

Charles: Sí, y estaba irreconocible. Su pasión y su alegría de vivir habían desaparecido. Ya no quiso venir de caza. Ya no se preocupaba por sus amigos. Ya no ayudaba a nadie.

Anna: Realmente, todo eso ya empezó a pasar en el momento que cedió su corazón a su amada.

Marcus: Creo que todos esperábamos que lo recuperara cuando la relación acabara, pero no. Ella se lo llevó consigo.

MM: ¿Cuándo lo vieron por última vez?

Anna: Hará medio año. Dijo que se iba a buscarla. Que la encontraría y recuperaría lo que le quitó.

Charles: Lo mismo.

Marcus: Ídem.

MM: ¿Por qué dejó de comer humanos?

Charles: Creo que redujo su vida a encontrarla. Cazar le quitaba demasiado tiempo.

Marcus: Jim cambió de cabo a rabo. Su dieta es sólo una mínima parte de lo que perdió junto a ese corazón.

Anna: El problema fue de Jim. Quizá ella tomara una decisión equivocada, o que incluso fuera cruel. Pero Jim jamás debió entregarle nada. Jim era de una manera. Sus dos corazones eran lo que le hacía especial. Era su identidad. Jim se involucró tanto que sacrificó eso por ella. Decidió cambiar. Como si yo perdiera mi agilidad y letalidad. Como si Charles no volara o Marcus perdiera su camuflaje. Todos los monstruos tenemos algo que nos hace diferentes.

Charles: Nadie debería perder lo que es y lo que tenía por alguien. Jamás.

MM: ¿Han tenido noticias de él?

Marcus: Ninguna que no sepan ya.

MM: Muchas gracias por esta entrevista. Una última cuestión, a nivel personal. ¿Creen que regresará? ¿Creen que recuperará el corazón que perdió?

Charles: No lo entiende. Jim está ciego. Ella no se llevó su corazón, físicamente hablando.

Anna: Él simplemente “se lo arrancó” y dejó que se disolviera entre el viento.


Marcus: Creo que es suficiente. Gracias a usted.

lunes, 29 de febrero de 2016

La azotea

Iván empujó la puerta de acero un par de veces sin éxito, hasta que decidió tomar carrerilla y golpearla con el hombro. Funcionó. La brisa otoñal azotó su tez y se cubrió los ojos hasta que las pupilas decidieron adaptarse a la luz exterior.

Caminó por la azotea del edificio, sujetando su cajetilla de tabaco y sacando el último de sus cigarrillos. Palpó su pecho, sus muslos, recorrió varias veces todos los bolsillos, y bufó al comprobar que no llevaba mechero.

Se acercó a otro hombre que estaba postrado en la azotea. Portaba un fusil francotirador y centraba la vista de un solo ojo en la mirilla del mismo. Llevaba un uniforme policial y un gorro de lana que dejaba asomar unas patillas bastante horteras.

—¿Tiene fuego? —preguntó Iván.

El hombre dio un brinco. Observó durante menos de un segundo al fumador con desdén y volvió a centrarse en la mirilla.

—Estoy trabajando. No puede estar aquí.

—Siempre salgo a la azotea para fumar en los descansos —aclaró Iván—. Quizá es usted quien no debería estar aquí.

El francotirador gruñó.

—No estoy para bromas. Le repito: no me distraiga. Está hablando con un agente de la autoridad.

—Así que usted es “de los buenos”…

Iván observó hacia dónde apuntaba el arma. Varios coches de policía rodeaban el banco de la acera de enfrente. La amplia calzada de ocho carriles concedía al paseo una gran anchura, lo que fascinó a Iván: realmente ese hombre debía tener mucha puntería.

—¿Quién va a ser su víctima? —preguntó Iván, curioso.

—No tendría por qué serlo si se rinde —respondió el francotirador, y tras unos segundos de silencio, añadió—. Un tipo ha atracado el banco, ¿vale? Me llamaron para hacer lo que hago, no permitir que escape. Tiene rehenes.

—Así que si por casualidad lo ve a través de una ventana, ¿no le dispararía? —quiso saber Iván—. Vaya, en ese caso no estaría escapando.

—Sí que le dispararía. Está poniendo en peligro muchas vidas. —Entonces gruñó el francotirador, sin apartar la vista de la mirilla—. ¡Maldita sea! ¡¿Quiere dejar de desconcentrarme?!

—Lo siento —se disculpó Iván.

Se guardó el cigarrillo en el bolsillo y se sentó en el borde del tejado. Observó a la muchedumbre de civiles curiosos que se agolpaba alrededor del cordón policial. Inconscientemente, comenzó a silbar una canción de algún anuncio de televisión cutre. El francotirador refunfuñó de nuevo:

—¿Quiere parar? —rogó—. ¿Por qué no vuelve a trabajar?

—Porque es mi descanso. No le molestaré. A y cuarto le dejo en paz.

—Déjeme en paz ahora.

—Oiga, tengo el mismo derecho que usted de estar aquí. Es más: yo trabajo aquí.

—Mi trabajo es estar donde se me ordene. En este caso, en esta estúpida azotea.

—Eh, le entiendo. Es su trabajo. Pero la azotea es demasiado grande como para que intente acapararla entera.

—¿Entonces por qué no se va a la otra punta del tejado?

—¿Me va a hacer elegir entre mirar a los yonkis del callejón de atrás metiéndose caballo o un atraco a un banco? —preguntó sarcásticamente Iván—. Sabe que esto es mucho más entretenido.

—No me obligue a detenerle.

—No aparte la vista de la mirilla. Podría salir en cualquier momento —bromeó Iván.

—Juro que como no consiga acertarle, le mataré a usted —dijo el agente.

—Oiga, ¿se cree en el derecho de matar a alguien que sólo está robando? Son sólo unos papelitos de colores frente a una vida humana. Entiendo que quisieran abatirle si fuera un asesino en serie, pero sólo está robando.

—Amenazando a otras personas.

—¿Y a cuántas a matado?

—A nadie, de momento —admitió—. Es “El Mago”, ¿sabe?

—¿Debería conocerle?

—Lleva dos años saliendo en las noticias. Trece atracos lleva a las espaldas desde entonces. ¿No lee la prensa? ¿No ve la televisión?

—Algo me quiere sonar… —murmuró Iván—. ¿Cómo ha conseguido escapar tantas veces? ¿Por qué cree que usted va a conseguir detenerle esta vez?

El agente dio un puñetazo al cemento, y rápidamente volvió a sostener el arma con firmeza.

—¡¿Quiere callarse de una vez?!

—Me callo, pero respóndame —concedió—. Sólo eso, tengo curiosidad.

—¿Por qué cree que le llaman “El Mago”? Siempre consigue escapar inexplicablemente, como por arte de magia. El tipo trabajaba de escapista en garitos de mala muerte. Nadie le ve salir de los lugares. No es que haga una persecución peliculera, no. Simplemente… desaparece.

Iván se mantuvo un buen rato en silencio. El francotirador suspiró aliviado.

—Perdóneme que vuelva a molestarle, pero…

—¡¡¡QUIERE CALLARSE DE UNA MALDITA VEZ!!!

—…pero creo que entonces es estúpido que haya un francotirador en el exterior.

—Es mi trabajo. Obedezco órdenes.

—¿Cómo es? Físicamente, digo. Cuatro ojos ven más que dos. Si lo veo escapar, puedo avisarle.

—No quiero su ayuda. Además, cambia de imagen después de cada atraco. Pero será fácil: el tipo que escape con mucho dinero y, probablemente, un arma.

—Así que va a disparar a un hombre cuyo rostro desconoce. Un poco arriesgado, ¿no cree? Podría disparar a alguien equivocado. O podría tenerlo enfrente y no percatarse.

—Confío en mi intuición.

—Ya veo.

El walkie del hombre comenzó a emitir un mensaje indescifrable. El francotirador giró una ruleta y, finalmente, comprendió el mensaje:

—Ha escapado de nuevo, Román. Volvemos a comisaría. Cambio y corto.

—¡¡¡MIERDA!!! —bramó el francotirador, lanzando su arma a un lado—. Por tu culpa, impertinente de los…

Se incorporó y dirigió la mirada a Iván. El molesto individuo le apuntaba con un revólver.

—No es algo personal… “Román” —dijo Iván—. Pero por culpa de tipos como tú, cada día me cuesta más escapar.

El Mago apretó el gatillo. El cuerpo sin vida del agente se desplomó a sus pies. Iván, El Mago, robó cartera y las llaves del coche de su víctima, y observó unos segundos la foto del documento de identidad. Así sería su nuevo look. Resopló con resignación. Nunca le habían gustado las patillas.


domingo, 31 de enero de 2016

La Cenicienta

—Pero… ¿qué mierda hice anoche?

—Su Majestad se descontroló un poco con la bebida —respondió su criado.

El Príncipe despegó su rostro de la almohada, completamente babeada, y se cercioró de su desnudez. Afortunadamente, las sábanas cubrían su cuerpo.

—¿La lié mucho en el banquete?

—Bueno… intentamos que los periodistas no se enteraran pero… ya sabe. Son como buitres, Majestad.

—Puta mierda… —gruñó—. Dios, cómo me duele la maldita cabeza.

Entonces el Príncipe abrió los ojos como platos al palpar bajo las sábanas. Sacó un zapato de cristal roñoso entre sus dedos.

—Majestad, ¿qué…?

—Tenía un zapato de cristal puesto en el pene. Un zapato de mujer.

El monóculo de su criado se precipitó al suelo. Intentó mantener la compostura, pero era realmente complicado.

—A juzgar por su aspecto y el indudable hecho de que un zapato de cristal no es el calzado más común, diría que es de la jovencita con la que Su Majestad anoche…

—¡¿Me acosté con ella?! —se asustó el Príncipe.

—¡No! ¡Sólo bailaron!

—Ah, bueno. Podría ser peor.

—Majestad… cabe la posibilidad de que le grabaran los paparazzi.

El Príncipe se levantó de sopetón y lanzó el zapato a su criado, que lo esquivó ágilmente.

—¡¿Para qué os pago?!

—En realidad el capital de nuestro salario no lo paga Su Majestad, sino…

—¡Me da igual! —rugió—. ¡Hay que encontrar a esa muchacha! Aunque no consigo recordar su rostro… Menudo pedo… Puto Jägermeister…




—¡Cenicienta, Cenicienta! ¡Despierta!

La muchacha se quitó las bragas de la cara y se apartó los cabellos de la boca. Observó a los ratoncillos con los ojos legañosos y entrecerrados.

—¿En qué puto año estamos? ¿Estoy muerta?

—¡El Príncipe está convocando en el “Sálvame” a la mujer que bailó anoche con él!

La televisión mostró un vídeo grabado por un asistente, con el móvil en posición vertical, pues era uno de esos inútiles, en el que la muchacha y el Príncipe bailaban “La Gozadera”, perreando una manera no muy… ¿monárquica?

—No recuerdo nada de eso. Mi cabeza —se quejó—. Puto Jägermeister.

—Pero esa golfilla que sale… pareces tú —dijo uno de los ratones.

—Mira, si te digo que lo único que recuerdo es que volví a casa en una calabaza con ruedas…

El Príncipe enseñó el zapato, explicando que pertenecía a la mujer de su vida y que convocaba a todas las mujeres al reino para probárselo y casarse con su propietaria.

—¿Y luego la golfilla soy yo? ¡Ni siquiera se acuerda de mí!

—Pero tú sí de él.

—Es el puto príncipe. Está todo el día en la tele. —Cenicienta se levantó y se preguntó cómo podía seguir llevando puestas las medias pero no la ropa interior. Un vestigio de realidad azotó su mente—. Un momento. ¡Tiene mi puto zapato! ¡Ratoncillos, traedme una muda limpia y las llaves de la moto! ¡Se va a enterar el puto principito!




—Vale, ya vamos por la cuarta fase —anunció el Príncipe—. De momento, ya sólo quedáis doscientas cincuenta y siete. Muchas gracias a todas por venir, en la siguiente fase…

—Su Majestad, si me permite… —le susurró su criado—. Creo que este método no va a funcionar. Muchas mujeres calzan el 38, y quizá…

—¡Cállese!

—¡No! —gritó Cenicienta, abriendo la puerta de sopetón. Todas las candidatas dieron un brinco—. ¡Cállate tú, robazapatos!

—¡Era ella! —exclamó el criado.

—Que se calle, le digo —ordenó el Príncipe—. ¡Que todo el mundo abandone la sala excepto la histérica!

Sólo hicieron falta unos segundos para que el portón se cerrara, dejando en el interior a Cenicienta y el Príncipe.

—¿Quieres darme mi zapato y dejarnos de tonterías? —se impacientó Cenicienta.

—Vas a tener que casarte conmigo.

—¿Por qué? —Cenicienta soltó una carcajada—. ¿Por haber bailado contigo? Tú estás muy necesitado…

—No, por el bombo que le están dando los medios —aclaró el Príncipe—. Yo no tengo ningún interés en ti. De hecho, no pareces mi tipo en absoluto.

—Afortunadamente.

—Pero los príncipes no pueden hacer cosas como la que se ve en ese vídeo, ¿sabes?

—Yo tampoco me siento orgullosa, pero “shit happens”.

—Te ofrezco dar el braguetazo de tu vida. Tendrás todo el dinero que desees el resto de tu vida. La clave es casarnos y que, una vez se acabe el cuento, nos despidamos en algún sitio y no nos volvamos a ver. Ya nos inventaremos algo. Yo, a cambio, te ofrezco toda la pasta que quieras.

Cenicienta arqueó las cejas.

—Yo lo que quiero es mi zapato.

—Piénsalo. Yo callo a los medios y tú sales de tu vida de mierda.

—¿Cómo sabes que tengo una vida de mierda?

—Venga ya. Todos nos hemos leído “La Cenicienta”.

Se formó un silencio incómodo.

—Dijeron que nada de metaliteratura.

—Perdón —se disculpó el Príncipe—. Bueno, ¿qué me dices?

—Me parece venderme un poco —admite Cenicienta—. Pero lo cierto es que esta historia ya empieza a quedar algo larga.

—Sí, las entradas de este blog no suelen ser tan largas.

—Me cago en tu reina madre. Hemos dicho que nada de metaliteratura.

—Joder, lo siento.

—Mira, casémonos y acabemos con esta farsa. Pero dame mi puto zapato.

Y así, Cenicienta se casó con el Príncipe y fueron felices un rato y comieron perdices en un bar de carretera en el que pararon porque había camiones fuera, y eso es que ahí “dan de comer bien”. Es posible que echaran un polvo, no lo sé. Después se despidieron y jamás se volvieron a ver. Cenicienta creo que se fue a Honolulu, o algo así. El Príncipe siguió a su rollo.

FIN

jueves, 31 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad: La Organización de las Musas Inspiracionales - Segunda Parte

Esta entrada es una continuación de Cuento de Navidad: La Organización de las Musas Inspiracionales . Recomiendo su lectura para entender la historia con más profundidad. Feliz Navidad.

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—Por favor, quédate esta vez —rogó Kathli.

—Está bien.

Treene, que ya estaba volviéndose a colocar sus prendas, se despojó de ellas de nuevo y se acurrucó a su lado. La musa se apretó contra el cuerpo de su amante.

—Navidad —murmuró Kathli.

—Así es. —Treene esbozó una sonrisa tierna, pero inquieta a la vez—. Es difícil centrarse sabiendo que esto está mal.

Kathli chistó sonoramente.

—Mi hijo está durmiendo ya, baja el tono…

—No sabría decir si este año ha pasado despacio o rápido —comentó Treene, casi en un susurro—. Por un lado, el deseo de que llegara de nuevo este día me hacía seguir adelante y las cosas fluían solas. Por otro, parecía que jamás llegaría.

—Un año es mucho tiempo —Kathli estiró su brazo hasta la mesilla de noche y sacó una cajetilla de tabaco. Durante el último año había intentado dejar aquella costumbre, pero ella siempre defendía que un cigarrillo después del sexo era como lavarse las manos después de comer—. Deberíamos vernos más.

—Nos vemos cada día, cielo.

—No me has entendido —negó con la cabeza. Clavó sus pupilas en las de Treene—. “Vernos”.

—Kath... —Exhaló un suspiro—. Adoro acostarme contigo. Pero creo que adoro más mi vida —aclaró—. Ya sabes que eso vulnera el protocolo de la Organización. Me informé sobre todo esto. Nos matarían, Kath. Las musas no pueden tener relaciones amorosas entre ellas.

—¿Y entonces por qué te arriesgas hoy? Si tanto miedo tienes, ¿por qué un día al año sí?

—Porque no aguantaba ni un minuto más.
Treene se colocó sobre ella y la besó. Aún no se había encendido el cigarrillo, así que su amante lo agarró y se lo tiró al suelo. Kathli se quejó, pero Treene le tapó los labios con el índice:

—Deja esa mierda ya. Quiero seguir viniendo muchos años a… “verte”.

—Siempre fumo después de…

—No quiero conocer más detalles —la interrumpió.

—No ha habido nadie más en este año, si es lo que…

—No digas nada más. Simplemente déjalo.

Kathli frunció el ceño.

—Pero Treene… —musitó.

—Pensaba que querías un segundo asalto —refunfuñó Treene, bajándose de su amante y tumbándose de nuevo a su lado—. Pensaba que por eso querías que me quedara.

—No… —murmuró Kathli con tristeza—. Sólo quería… charlar.

—Eso podemos hacerlo cualquier día en la sede. Ahora es peligroso.

—Pues correré el riesgo, pero habla conmigo.

Treene bufó. Sin embargo, enseguida entendió lo injusta que estaba siendo con Kathli, y tras unos segundos en los que lo único que quebró el silencio fue el beso que le dio en el hombro, la musa preguntó:

—¿Y de qué quieres hablar?

—¿Cómo ha sido tu día?

—¿En serio…? —Treene rió, divertida—. Veamos… Un pintor había dado ya tres capas de diferentes colores al cielo de un cuadro. Había probado con un atardecer al principio, pero eso habría supuesto dar un tinte anaranjado al resto de la obra. El cielo oscuro de la noche tampoco encajaba, pues la falta de luz no tenía sentido en la composición. Un día soleado, con un firmamento celeste, quedaba forzado.

—Cediste rápido, por lo que veo. ¿Qué hiciste?

—Mimeticé en una gran luna llena.

—¿En pleno día?

—No es tan raro.

—¿Por qué una luna iba a estar en el cielo en pleno día?

—A veces, cuando es llena, puede verse incluso en el día.

Kathli rió pícaramente.

—Sabes que si eso sucede es porque una de Nosotras es esa luna, ¿verdad?

—Pero Ellos lo ven como algo normal, y eso es lo que importa —se defendió—. Bueno, en conclusión, optó por una noche con una gran Luna llena de fondo y… ¡tachán! Obra acabada.

De pronto, unos golpes rotundos en la puerta principal sobresaltaron a las amantes. Ambas se miraron, desconcertadas. Sólo la Organización de las Musas Inspiracionales sabía cómo llegar a los hogares de las musas, así que Treene titubeó:

—Lo saben. Han venido a por nosotras.

El cuerpo de Kathli temblaba de terror. Sabía que los primeros golpes eran mera cortesía, pues las musas eran capaces de atravesar fácilmente cualquier material. Se miraron de nuevo. Sus cuerpos desnudos habían empalidecido. Eran conscientes de que quizá sólo les quedaran unos segundos de vida, así que se besaron. Sus labios se fundieron, helados, sin sangre, por última vez.

—Kathli Voriet —se oyó una voz áspera a la entrada de la habitación.

La musa cerró los ojos unos instantes, y entonces miró hacia la puerta. La emisaria Auriena posaba firme en el pasillo. Kathli temió su fin, y entonces fue a agarrar la mano de Treene, pero no la encontró. La buscó con la mirada, pero había desaparecido. En su lugar, un vibrador descansaba sobre las sábanas. A Kathli le costó disimular el shock. Una mezcla de risa y rabia le invadía.

—Pre… presente —balbuceó.

Auriena examinó con la vista toda la habitación. Era evidente que había visto el vibrador, pero la incomodidad que suscitaba mencionarlo se manifestó en fingir que no había nada en esas sábanas. Kathli ni siquiera se había vestido. Auriena recorrió la habitación, incluso los rincones más oscuros, donde sabía que las musas solían esconderse. Kathli se dio cuenta de que realmente sospechaban que ella se acostaba con otra musa. Probablemente, incluso imaginaran que era Treene.

Cuando Auriena terminó, se dirigió a Kathli ya desde el marco de la puerta:

—¿Algo que declarar? —preguntó Auriena.

—A veces me masturbo, si es a lo que se refiere —bromeó Kathli, fingiendo serenidad.

—Buenas noches, y disculpe la falsa alarma.

La emisaria desapareció. Pasaron más de cinco minutos en los que Kathli no abrió la boca ni movió un músculo. Sólo temblaba. Su hijo parecía no haberse despertado en ningún momento. Finalmente, cuando todo parecía tranquilo, Treene volvió a adquirir su propia forma. Las musas se abrazaron con fuerza.

—¿No podrías haberte convertido en un simple calcetín? —rió Kathli con nerviosismo.

—He tenido que improvisar, y he supuesto que no me querría tocar e inspeccionarme de esta manera.

Treene se puso en pie junto a la cama y comenzó a ponerse sus ropas de nuevo. Kathli no dijo nada, comprendía que debía marcharse cuanto antes.

—Acabamos de saltarnos otras dos normas, Kath —apuntó Treene—. Tú has mentido a una emisaria y yo he utilizado mis poderes con motivos no inspiracionales. Ambas tienen la misma pena.

—Parece que acumulamos delitos… —murmuró Kathli, sarcástica.

—Es peligroso. Te lo he dicho varias veces. Esto es una locura. Acabará matándonos. No nos van a quitar el ojo de encima a partir de ahora.

—Es nuestra Navidad, Treene.

—Lo siento, sabes que debo irme. Nos vemos mañana en la OMI.
Kathli gateó por la cama hasta rodearla por última vez con sus brazos y besar su pecho:

—¿Entonces no volverás el próximo año?

—Kath… —Treene soltó a la musa y caminó de espaldas hasta el rincón más oscuro, perdiéndose entre las sombras—. Aunque quisiera no volver, nosotras también necesitamos inspiración.

—Adiós, mi musa.

—Hasta pronto, mi Navidad.






lunes, 30 de noviembre de 2015

Friendzone

—Tengo que confesarte algo. Nos conocemos desde niños, así que siempre has estado en mi vida. Nos hemos reído, hemos llorado, hemos disfrutado y padecido de todo. Y ahora, como adultos, estamos aquí. Seguimos aquí. Nada ha podido con nosotros. Esa sensación de tenerte en mi vida es impagable, es lo más valioso que me ha ocurrido y ojalá lo vieras como yo.

—Sabes que siento lo mismo, Leo.

—No, escúchame, Fátima. Hemos sido amigos mucho tiempo y, conforme hemos madurado, hay sentimientos que inevitablemente han surgido en mi interior. He empezado a adorarte, a pensar en ti constantemente, a imaginarnos dentro de unos años mano a mano llevando una vida juntos.

—Y así será, ¡por supuesto! ¡No pienso olvidarte!

Leo suspiró.

—Lo que quiero decir… —vaciló unos segundos—. Dios, que te quiero. Que me haces demasiado feliz como para conformarme con cómo ha sido todo hasta ahora.

—Un momento… —Al fin, Fátima cayó en la cuenta—. Sabes que yo también te quiero. Pero somos amigos, Leo. Es normal que a veces confundas tus sentimientos, yo también siento admiración hacia ti, pero conocemos los límites.

—¿Y quién ha puesto esos límites? ¿Por qué no dar el paso? —preguntó, derrotado—. No confundo sentimientos, sé que es amor.

—Bueno, pues… —resopló—. No es mutuo. Siempre te querré como mi mejor amigo. Y ya está.

“Y ya está”.

El suelo se resquebrajó debajo de Leo. Justo antes de derramar una lágrima de impotencia, su cuerpo se precipitó al vacío y cayó varios metros. A su alrededor sólo había oscuridad. Se preguntaba si Fátima también habría caído con él.

Unos segundos después, su cuerpo se zambulló en un líquido anaranjado. Cuando Leo pudo salir a la superficie a tomar aire, paladeó aquel fluido burbujeante. Su desconcierto fue mayúsculo al reconocer el sabor de una Fanta.

Nadó hasta la orilla. En su entorno todo eran formas curvilíneas y de colores chillones variopintos. Un anciano con larga barba blanca, una túnica y una carpeta, se acercó hasta Leo, que aún jadeaba de rodillas frente al lago naranja.

—Disculpe, caballero —dijo el viejo—. ¿Está bien?

—¿San Pedro? ¡¿Estoy muerto?!

—¡Oh, no, no! —negó—. Soy Gabriel.

—¡¿El arcángel Gabriel?!

—¡No! Gabriel Rodríguez. Funcionario —aclara—. A ver, ¿es usted sujetavelas, pagafantas, platónico…?

—¿Qué coño? ¿Dónde estoy?

—Esto es la Friendzone. No sabemos cómo empezó todo, pero aquí estamos todos los frustrados en el amor. Los no correspondidos.

—¿Fátima me ha rechazado?

—¡Desde luego!

—¡Joder! —Leo golpeó el suelo con rabia—. Y ahora me he cargado nuestra amistad de la infancia.

—Uh, “amigos inseparables de la infancia”. Lo apunto —asiente, mientras escribe algo en su carpeta.

—¿Cómo salgo de aquí?

—Oh, no se puede salir de la Friendzone. Se entra sin darse uno cuenta, pero ya nunca se sale —explica Gabriel—. No obstante, si te das prisa, puede que llegues a la hora de cenar en el Ala de la Paja Triste.

—Me asusta lo que me servirán allí.

Pasaron los días. Leo comenzó a investigar. Elaboró planos, buscó posibles salidas, pero era imposible. A él se unieron varias personas. Eran varias cabezas pensantes, pero ni aun así conseguían encontrar un método de huida.

—No lo entendéis, la salida está en nuestros sentimientos —afirmó Nadia, una chica que desafortunadamente se enamoró de su amigo gay—. Sólo dejando de sentir lo que sentimos podremos salir de la Friendzone.

La gente tachó de loca a Nadia, pero a Leo le parecía el razonamiento más lógico hasta la fecha. Más que nada, porque ya había probado de todo. La angustia de no poder salir de aquel lugar le obligó a obsesionarse. Provocó que no fuera capaz de dejar de pensar en que no podía abandonar la Friendzone. Que tenía que seguir luchando por ello. ¿Cómo borrar esos sentimientos por Fátima, si jamás podría olvidar que debía escapar de aquel lugar?

Nadia y él se apoyaron mutuamente. Cada día, hablaban de cualquier estupidez que les hiciera por un momento olvidar sus frustraciones. Llegaron a caerse bien. Por las mañanas, Leo creía vislumbrar un cielo más despejado, un agua menos naranja y burbujeante, unas personas menos cubiertas de dolor.

Una noche, Nadia y él caminaban por la orilla del lago cuando, de pronto, el suelo volvió a agrietarse, pero esta vez, para que unas escaleras comenzaran a alzarse de la nada hasta perderse en el cielo.

—Es la salida —dijo Nadia—. Lo hemos conseguido.

Leo, anonadado, dio dos pasos hacia el primer escalón, pero entonces se detuvo. Las ideas se agolpaban en su cerebro, como equinos esperando un pistoletazo de salida que nunca llegará:

—Creo… creo que no quiero subir.

—¡¿Qué?! —bramó Nadia—. Maldita sea, tomemos esas putas escaleras y seamos felices ahí afuera.

—No. —Leo agarró las manos de Nadia—. Me gusta estar en la Friendzone. Me gusta ser el mejor amigo de Fátima. No quiero derrumbar todo lo que hemos construido. No valoré lo que me daba en realidad. Incluso la culpaba por haberme mandado a este lugar. Pero, ¿sabes? Quizá debí valorar que, pese a mi desafortunada declaración, quisiera seguir siendo mi mejor amiga. No podemos obligar a nadie, por mucho que daríamos por estar con esa persona, a que se enamore de nosotros. Deberíamos valorar lo que tenemos y nos proporciona. Si ella hubiera cedido por pena o por consideración, jamás habría conocido a otras personas. Jamás te habría conocido a ti. Alguien que me entiende y siente lo mismo por mí que yo por ella.

—¡¡¡De puta madre!!! —chilló Gabriel a sus espaldas, y subió a zancadas las escaleras hasta perderse en la oscuridad de la noche—. ¡Que os follen, pardillos!

Nadia se quedó en silencio unos segundos hasta que, finalmente, le abrazó.

—No quiero perder a nadie. Ni a ti, ni a todos los que hemos conocido, ni a mi amigo gay.

—Entonces, ¿seguimos paseando?

—Por supuesto —concedió, reemprendiendo la marcha—. Podríamos invitar mañana a nuestros amigos a cenar, ¿no crees?


—Suena bien.

sábado, 31 de octubre de 2015

Especial Halloween: El mirón

Fue la decisión más importante de mi vida. Cientos, incluso miles de kilómetros, en un vuelo low-cost para conocer mi nueva casa.

Sonaba bien eso de ser independiente. Iba a estudiar lo que quería y me dirigía a la ciudad de mis sueños. Quizá no fuera el mejor barrio, pero como estudiante no podía permitirme mucho más. Bastaba con no salir a altas horas de la noche, o con haber bebido lo suficiente como para restar importancia a una calle sin farolas y olor a orines.

Llegué a la hora de la cena. Habían dejado mis llaves al conserje. Jamás conocí al dueño. Ojalá lo hubiera hecho. Maldito internet.

Todo estaba bien. Diría que las habitaciones parecían más grandes que en las fotos. Que probablemente era la calefacción más acogedora que había conocido nunca. Que el mobiliario estaba escogido con demasiado buen gusto. Que las vistas… bueno, en este barrio no podía esperar mucho de las vistas.

La ventana de mi habitación daba hacia la fachada enladrillada del bloque de enfrente. Algún grafiti, alguna grieta amenazadora. Pero eso no fue lo que me llamó la atención. Justo a mi altura, diría que incluso era mi mismo piso, un hombre también se asomaba a la calle. Nuestras miradas se cruzaron. Un escalofrío reptó por toda mi espalda cuando, varios segundos después, él todavía no apartaba la mirada. ¿Qué esperaba? Le saludé, pero él no movió ni un ápice de su cuerpo. Resoplé malhumorado, a lo que él sonrió.

Algo me daba mala espina. Me quité las gafas y las limpié con mi camiseta. Al volvérmelas a poner, vi con más claridad el rostro que, impertérrito, seguía mirándome. No pude evitar dar un respingo al diferenciar salpicaduras rojas en su cara. Entre ellas, dos ojos claros, azules eléctricos, desconocían el parpadeo. ¿Era sangre? Sí, parecía sangre. Me puse en lo peor. Imaginé que era un asesino en serie, que yo era el siguiente, que se regocijaba por su última cacería… pero no. No estaba tenso. Él me miraba relajado, en silencio, sonriendo, enseñando el piano de sus dientes, también bañados en sangre. Sin embargo, el horror ya me había atrapado, y en un aspaviento bajé la persiana.

No volví a subirla hasta la mañana siguiente. Diría que había olvidado todo aquello, pero cuando, tras unos segundos de ceguera por la luz del sol, vislumbré la ventana de enfrente, el miedo se aferró a mi tórax para el resto de los días. Él seguía ahí. La sangre de su rostro había oscurecido, se había secado al aire mientras seguía clavando sus pupilas en mi cristal. Le llamé, le grité. Simplemente levantó el pulgar en señal amistosa y continuó ahí, inmóvil, observándome.

No quería volver a mirar. Cada vez que, inconscientemente, el terror me hacía volver a asomarme, él seguía en la misma posición. Recuerdo salir a trabajar y, al caminar por la calle, poder distinguirle entre el reflejo de su ventana, y cómo me seguía con la mirada hasta doblar la esquina. Lo mismo cuando regresé a casa.

Cuando pregunté al conserje, me tranquilicé levemente. Me contó que el edificio de enfrente estaba inhabilitado desde hacía tiempo por varios temas legales que ni él mismo había alcanzado a comprender con el tiempo. Sin embargo, la escoria había invadido las estancias vacías para traficar y consumir drogas.

Tenía que ser eso. La única explicación de que ese hombre se pegara horas y horas petrificado y observándome sólo podía explicarse con un estado de inconsciencia del calibre  provocado por un subidón de las drogas más duras de la ciudad.

Bueno, ¿y qué? ¿Cómo iba a dejar de sentir miedo? ¿Cómo podría hacer mi vida normal repitiéndome “No mires por la ventana”, una y otra vez, por la aprensión que me causaba el mirón?

Semanas. Semanas en las que decidí no volver a subir la persiana de mi habitación nunca más. Semanas en las que, idiota de mí, acababa subiéndolas alguna vez rezando para que hubiera dejado de observarme. Pero siempre acababa peor de lo que estaba al comprobar que seguía ahí. Sonreía. Él sonreía. Sabía que me aterrorizaba y le divertía. Ni siquiera se había limpiado la sangre que el primer día resplandecía a la luz de la luna en su tez.

Se aparecía en mis pesadillas. Se aparecía entre mis pensamientos. Caminaba por mi calle con la vista en mis pies para no mirar hacia su ventana. Sabía que si no me obligaba a mí mismo a evitarle, querría saber si sigue ahí.

Empecé a sentir que iba a enloquecer. Las persianas de ese lado de la casa permanecían bajadas durante semanas. A veces, entre las rendijas, comprobaba que seguía ahí. No sabría explicar por qué, pero diría que era capaz de verme incluso a través de ellas. Porque sí, seguía contemplándome.
No podía más. Casi medio año después, me armé de valentía con media botella de Jack Daniel’s en el gaznate. Compré una navaja suiza y me puse la indumentaria más yonki que encontré en mi armario.  Preferí dejar la cartera en casa.

Toque el timbre sin éxito. Debía de llevar años desconectado. La puerta, roída por las ratas, se abrió con un suave empujón, y caminé algunos metros en la penumbra hasta que una mujer encapuchada apareció frente a mí.

“Hoy no es día de visitas”, dijo en un susurro.

“Sólo quiero un gramo”, mentí. “Enróllate”.

Accedió tras vacilar unos segundos. Me ofreció subir arriba a consumirlo. Justo lo que quería. Me dejó subir a solas las escaleras, que crujían a cada paso, con las dos manos en los bolsillos de mi sudadera. Una sujetaba la bolsita que me vi obligado a comprarle, y la otra sostenía con fuerza la navaja suiza. Cuando llegué al piso en cuestión, me sorprendió encontrarme con una gran sala deshabitada. No había habitaciones, sino varios metros cuadrados invadidos por pelusas y excrementos. Ni rastro del mirón.

Con el cuerpo tiritando y un nudo en la garganta, caminé con cautela por el suelo de cemento hasta la ventana que me perseguía en mis sueños. Sí, ésta era. Desde aquí, donde estoy ahora, puedo ver la persiana de mi habitación, bajada hasta… hasta…

Se está subiendo. Hay alguien en mi habitación.

La luz está encendida y vislumbro una figura que paraliza mis latidos durante varios segundos. Soy yo. Me veo a mí mismo, recolocándome las gafas, boquiabierto con lo que encuentro en esta ventana. Las piernas se me tambalean y tengo que apoyarme en el marco. Quiero gritar, pero no puedo. Tampoco puedo emitir ningún sonido cuando, detrás de mi otro yo, aparece el hombre que me observaba antes, con un machete, y con el rostro totalmente impoluto, que se impregna de sangre cuando, a base de varios tajos, decapita a su víctima. A mí.

Muerde a esa cabeza sin cuerpo en el carrillo, hasta arrancar un pedazo de piel, y después la deja caer a la calle, entre los cubos de basura. Mi cráneo, destrozado contra la acera. El hombre me vuelve a observar con la misma sonrisa, con los dientes carmesí. No puedo moverme, no puedo tomar aliento. Sólo puedo limitarme a contemplar cómo abre la ventana, se asoma, y murmura, entre el silencio de la noche: “Date la vuelta”.