domingo, 31 de enero de 2016

La Cenicienta

—Pero… ¿qué mierda hice anoche?

—Su Majestad se descontroló un poco con la bebida —respondió su criado.

El Príncipe despegó su rostro de la almohada, completamente babeada, y se cercioró de su desnudez. Afortunadamente, las sábanas cubrían su cuerpo.

—¿La lié mucho en el banquete?

—Bueno… intentamos que los periodistas no se enteraran pero… ya sabe. Son como buitres, Majestad.

—Puta mierda… —gruñó—. Dios, cómo me duele la maldita cabeza.

Entonces el Príncipe abrió los ojos como platos al palpar bajo las sábanas. Sacó un zapato de cristal roñoso entre sus dedos.

—Majestad, ¿qué…?

—Tenía un zapato de cristal puesto en el pene. Un zapato de mujer.

El monóculo de su criado se precipitó al suelo. Intentó mantener la compostura, pero era realmente complicado.

—A juzgar por su aspecto y el indudable hecho de que un zapato de cristal no es el calzado más común, diría que es de la jovencita con la que Su Majestad anoche…

—¡¿Me acosté con ella?! —se asustó el Príncipe.

—¡No! ¡Sólo bailaron!

—Ah, bueno. Podría ser peor.

—Majestad… cabe la posibilidad de que le grabaran los paparazzi.

El Príncipe se levantó de sopetón y lanzó el zapato a su criado, que lo esquivó ágilmente.

—¡¿Para qué os pago?!

—En realidad el capital de nuestro salario no lo paga Su Majestad, sino…

—¡Me da igual! —rugió—. ¡Hay que encontrar a esa muchacha! Aunque no consigo recordar su rostro… Menudo pedo… Puto Jägermeister…




—¡Cenicienta, Cenicienta! ¡Despierta!

La muchacha se quitó las bragas de la cara y se apartó los cabellos de la boca. Observó a los ratoncillos con los ojos legañosos y entrecerrados.

—¿En qué puto año estamos? ¿Estoy muerta?

—¡El Príncipe está convocando en el “Sálvame” a la mujer que bailó anoche con él!

La televisión mostró un vídeo grabado por un asistente, con el móvil en posición vertical, pues era uno de esos inútiles, en el que la muchacha y el Príncipe bailaban “La Gozadera”, perreando una manera no muy… ¿monárquica?

—No recuerdo nada de eso. Mi cabeza —se quejó—. Puto Jägermeister.

—Pero esa golfilla que sale… pareces tú —dijo uno de los ratones.

—Mira, si te digo que lo único que recuerdo es que volví a casa en una calabaza con ruedas…

El Príncipe enseñó el zapato, explicando que pertenecía a la mujer de su vida y que convocaba a todas las mujeres al reino para probárselo y casarse con su propietaria.

—¿Y luego la golfilla soy yo? ¡Ni siquiera se acuerda de mí!

—Pero tú sí de él.

—Es el puto príncipe. Está todo el día en la tele. —Cenicienta se levantó y se preguntó cómo podía seguir llevando puestas las medias pero no la ropa interior. Un vestigio de realidad azotó su mente—. Un momento. ¡Tiene mi puto zapato! ¡Ratoncillos, traedme una muda limpia y las llaves de la moto! ¡Se va a enterar el puto principito!




—Vale, ya vamos por la cuarta fase —anunció el Príncipe—. De momento, ya sólo quedáis doscientas cincuenta y siete. Muchas gracias a todas por venir, en la siguiente fase…

—Su Majestad, si me permite… —le susurró su criado—. Creo que este método no va a funcionar. Muchas mujeres calzan el 38, y quizá…

—¡Cállese!

—¡No! —gritó Cenicienta, abriendo la puerta de sopetón. Todas las candidatas dieron un brinco—. ¡Cállate tú, robazapatos!

—¡Era ella! —exclamó el criado.

—Que se calle, le digo —ordenó el Príncipe—. ¡Que todo el mundo abandone la sala excepto la histérica!

Sólo hicieron falta unos segundos para que el portón se cerrara, dejando en el interior a Cenicienta y el Príncipe.

—¿Quieres darme mi zapato y dejarnos de tonterías? —se impacientó Cenicienta.

—Vas a tener que casarte conmigo.

—¿Por qué? —Cenicienta soltó una carcajada—. ¿Por haber bailado contigo? Tú estás muy necesitado…

—No, por el bombo que le están dando los medios —aclaró el Príncipe—. Yo no tengo ningún interés en ti. De hecho, no pareces mi tipo en absoluto.

—Afortunadamente.

—Pero los príncipes no pueden hacer cosas como la que se ve en ese vídeo, ¿sabes?

—Yo tampoco me siento orgullosa, pero “shit happens”.

—Te ofrezco dar el braguetazo de tu vida. Tendrás todo el dinero que desees el resto de tu vida. La clave es casarnos y que, una vez se acabe el cuento, nos despidamos en algún sitio y no nos volvamos a ver. Ya nos inventaremos algo. Yo, a cambio, te ofrezco toda la pasta que quieras.

Cenicienta arqueó las cejas.

—Yo lo que quiero es mi zapato.

—Piénsalo. Yo callo a los medios y tú sales de tu vida de mierda.

—¿Cómo sabes que tengo una vida de mierda?

—Venga ya. Todos nos hemos leído “La Cenicienta”.

Se formó un silencio incómodo.

—Dijeron que nada de metaliteratura.

—Perdón —se disculpó el Príncipe—. Bueno, ¿qué me dices?

—Me parece venderme un poco —admite Cenicienta—. Pero lo cierto es que esta historia ya empieza a quedar algo larga.

—Sí, las entradas de este blog no suelen ser tan largas.

—Me cago en tu reina madre. Hemos dicho que nada de metaliteratura.

—Joder, lo siento.

—Mira, casémonos y acabemos con esta farsa. Pero dame mi puto zapato.

Y así, Cenicienta se casó con el Príncipe y fueron felices un rato y comieron perdices en un bar de carretera en el que pararon porque había camiones fuera, y eso es que ahí “dan de comer bien”. Es posible que echaran un polvo, no lo sé. Después se despidieron y jamás se volvieron a ver. Cenicienta creo que se fue a Honolulu, o algo así. El Príncipe siguió a su rollo.

FIN

jueves, 31 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad: La Organización de las Musas Inspiracionales - Segunda Parte

Esta entrada es una continuación de Cuento de Navidad: La Organización de las Musas Inspiracionales . Recomiendo su lectura para entender la historia con más profundidad. Feliz Navidad.

--------------------------------------------------------

—Por favor, quédate esta vez —rogó Kathli.

—Está bien.

Treene, que ya estaba volviéndose a colocar sus prendas, se despojó de ellas de nuevo y se acurrucó a su lado. La musa se apretó contra el cuerpo de su amante.

—Navidad —murmuró Kathli.

—Así es. —Treene esbozó una sonrisa tierna, pero inquieta a la vez—. Es difícil centrarse sabiendo que esto está mal.

Kathli chistó sonoramente.

—Mi hijo está durmiendo ya, baja el tono…

—No sabría decir si este año ha pasado despacio o rápido —comentó Treene, casi en un susurro—. Por un lado, el deseo de que llegara de nuevo este día me hacía seguir adelante y las cosas fluían solas. Por otro, parecía que jamás llegaría.

—Un año es mucho tiempo —Kathli estiró su brazo hasta la mesilla de noche y sacó una cajetilla de tabaco. Durante el último año había intentado dejar aquella costumbre, pero ella siempre defendía que un cigarrillo después del sexo era como lavarse las manos después de comer—. Deberíamos vernos más.

—Nos vemos cada día, cielo.

—No me has entendido —negó con la cabeza. Clavó sus pupilas en las de Treene—. “Vernos”.

—Kath... —Exhaló un suspiro—. Adoro acostarme contigo. Pero creo que adoro más mi vida —aclaró—. Ya sabes que eso vulnera el protocolo de la Organización. Me informé sobre todo esto. Nos matarían, Kath. Las musas no pueden tener relaciones amorosas entre ellas.

—¿Y entonces por qué te arriesgas hoy? Si tanto miedo tienes, ¿por qué un día al año sí?

—Porque no aguantaba ni un minuto más.
Treene se colocó sobre ella y la besó. Aún no se había encendido el cigarrillo, así que su amante lo agarró y se lo tiró al suelo. Kathli se quejó, pero Treene le tapó los labios con el índice:

—Deja esa mierda ya. Quiero seguir viniendo muchos años a… “verte”.

—Siempre fumo después de…

—No quiero conocer más detalles —la interrumpió.

—No ha habido nadie más en este año, si es lo que…

—No digas nada más. Simplemente déjalo.

Kathli frunció el ceño.

—Pero Treene… —musitó.

—Pensaba que querías un segundo asalto —refunfuñó Treene, bajándose de su amante y tumbándose de nuevo a su lado—. Pensaba que por eso querías que me quedara.

—No… —murmuró Kathli con tristeza—. Sólo quería… charlar.

—Eso podemos hacerlo cualquier día en la sede. Ahora es peligroso.

—Pues correré el riesgo, pero habla conmigo.

Treene bufó. Sin embargo, enseguida entendió lo injusta que estaba siendo con Kathli, y tras unos segundos en los que lo único que quebró el silencio fue el beso que le dio en el hombro, la musa preguntó:

—¿Y de qué quieres hablar?

—¿Cómo ha sido tu día?

—¿En serio…? —Treene rió, divertida—. Veamos… Un pintor había dado ya tres capas de diferentes colores al cielo de un cuadro. Había probado con un atardecer al principio, pero eso habría supuesto dar un tinte anaranjado al resto de la obra. El cielo oscuro de la noche tampoco encajaba, pues la falta de luz no tenía sentido en la composición. Un día soleado, con un firmamento celeste, quedaba forzado.

—Cediste rápido, por lo que veo. ¿Qué hiciste?

—Mimeticé en una gran luna llena.

—¿En pleno día?

—No es tan raro.

—¿Por qué una luna iba a estar en el cielo en pleno día?

—A veces, cuando es llena, puede verse incluso en el día.

Kathli rió pícaramente.

—Sabes que si eso sucede es porque una de Nosotras es esa luna, ¿verdad?

—Pero Ellos lo ven como algo normal, y eso es lo que importa —se defendió—. Bueno, en conclusión, optó por una noche con una gran Luna llena de fondo y… ¡tachán! Obra acabada.

De pronto, unos golpes rotundos en la puerta principal sobresaltaron a las amantes. Ambas se miraron, desconcertadas. Sólo la Organización de las Musas Inspiracionales sabía cómo llegar a los hogares de las musas, así que Treene titubeó:

—Lo saben. Han venido a por nosotras.

El cuerpo de Kathli temblaba de terror. Sabía que los primeros golpes eran mera cortesía, pues las musas eran capaces de atravesar fácilmente cualquier material. Se miraron de nuevo. Sus cuerpos desnudos habían empalidecido. Eran conscientes de que quizá sólo les quedaran unos segundos de vida, así que se besaron. Sus labios se fundieron, helados, sin sangre, por última vez.

—Kathli Voriet —se oyó una voz áspera a la entrada de la habitación.

La musa cerró los ojos unos instantes, y entonces miró hacia la puerta. La emisaria Auriena posaba firme en el pasillo. Kathli temió su fin, y entonces fue a agarrar la mano de Treene, pero no la encontró. La buscó con la mirada, pero había desaparecido. En su lugar, un vibrador descansaba sobre las sábanas. A Kathli le costó disimular el shock. Una mezcla de risa y rabia le invadía.

—Pre… presente —balbuceó.

Auriena examinó con la vista toda la habitación. Era evidente que había visto el vibrador, pero la incomodidad que suscitaba mencionarlo se manifestó en fingir que no había nada en esas sábanas. Kathli ni siquiera se había vestido. Auriena recorrió la habitación, incluso los rincones más oscuros, donde sabía que las musas solían esconderse. Kathli se dio cuenta de que realmente sospechaban que ella se acostaba con otra musa. Probablemente, incluso imaginaran que era Treene.

Cuando Auriena terminó, se dirigió a Kathli ya desde el marco de la puerta:

—¿Algo que declarar? —preguntó Auriena.

—A veces me masturbo, si es a lo que se refiere —bromeó Kathli, fingiendo serenidad.

—Buenas noches, y disculpe la falsa alarma.

La emisaria desapareció. Pasaron más de cinco minutos en los que Kathli no abrió la boca ni movió un músculo. Sólo temblaba. Su hijo parecía no haberse despertado en ningún momento. Finalmente, cuando todo parecía tranquilo, Treene volvió a adquirir su propia forma. Las musas se abrazaron con fuerza.

—¿No podrías haberte convertido en un simple calcetín? —rió Kathli con nerviosismo.

—He tenido que improvisar, y he supuesto que no me querría tocar e inspeccionarme de esta manera.

Treene se puso en pie junto a la cama y comenzó a ponerse sus ropas de nuevo. Kathli no dijo nada, comprendía que debía marcharse cuanto antes.

—Acabamos de saltarnos otras dos normas, Kath —apuntó Treene—. Tú has mentido a una emisaria y yo he utilizado mis poderes con motivos no inspiracionales. Ambas tienen la misma pena.

—Parece que acumulamos delitos… —murmuró Kathli, sarcástica.

—Es peligroso. Te lo he dicho varias veces. Esto es una locura. Acabará matándonos. No nos van a quitar el ojo de encima a partir de ahora.

—Es nuestra Navidad, Treene.

—Lo siento, sabes que debo irme. Nos vemos mañana en la OMI.
Kathli gateó por la cama hasta rodearla por última vez con sus brazos y besar su pecho:

—¿Entonces no volverás el próximo año?

—Kath… —Treene soltó a la musa y caminó de espaldas hasta el rincón más oscuro, perdiéndose entre las sombras—. Aunque quisiera no volver, nosotras también necesitamos inspiración.

—Adiós, mi musa.

—Hasta pronto, mi Navidad.






lunes, 30 de noviembre de 2015

Friendzone

—Tengo que confesarte algo. Nos conocemos desde niños, así que siempre has estado en mi vida. Nos hemos reído, hemos llorado, hemos disfrutado y padecido de todo. Y ahora, como adultos, estamos aquí. Seguimos aquí. Nada ha podido con nosotros. Esa sensación de tenerte en mi vida es impagable, es lo más valioso que me ha ocurrido y ojalá lo vieras como yo.

—Sabes que siento lo mismo, Leo.

—No, escúchame, Fátima. Hemos sido amigos mucho tiempo y, conforme hemos madurado, hay sentimientos que inevitablemente han surgido en mi interior. He empezado a adorarte, a pensar en ti constantemente, a imaginarnos dentro de unos años mano a mano llevando una vida juntos.

—Y así será, ¡por supuesto! ¡No pienso olvidarte!

Leo suspiró.

—Lo que quiero decir… —vaciló unos segundos—. Dios, que te quiero. Que me haces demasiado feliz como para conformarme con cómo ha sido todo hasta ahora.

—Un momento… —Al fin, Fátima cayó en la cuenta—. Sabes que yo también te quiero. Pero somos amigos, Leo. Es normal que a veces confundas tus sentimientos, yo también siento admiración hacia ti, pero conocemos los límites.

—¿Y quién ha puesto esos límites? ¿Por qué no dar el paso? —preguntó, derrotado—. No confundo sentimientos, sé que es amor.

—Bueno, pues… —resopló—. No es mutuo. Siempre te querré como mi mejor amigo. Y ya está.

“Y ya está”.

El suelo se resquebrajó debajo de Leo. Justo antes de derramar una lágrima de impotencia, su cuerpo se precipitó al vacío y cayó varios metros. A su alrededor sólo había oscuridad. Se preguntaba si Fátima también habría caído con él.

Unos segundos después, su cuerpo se zambulló en un líquido anaranjado. Cuando Leo pudo salir a la superficie a tomar aire, paladeó aquel fluido burbujeante. Su desconcierto fue mayúsculo al reconocer el sabor de una Fanta.

Nadó hasta la orilla. En su entorno todo eran formas curvilíneas y de colores chillones variopintos. Un anciano con larga barba blanca, una túnica y una carpeta, se acercó hasta Leo, que aún jadeaba de rodillas frente al lago naranja.

—Disculpe, caballero —dijo el viejo—. ¿Está bien?

—¿San Pedro? ¡¿Estoy muerto?!

—¡Oh, no, no! —negó—. Soy Gabriel.

—¡¿El arcángel Gabriel?!

—¡No! Gabriel Rodríguez. Funcionario —aclara—. A ver, ¿es usted sujetavelas, pagafantas, platónico…?

—¿Qué coño? ¿Dónde estoy?

—Esto es la Friendzone. No sabemos cómo empezó todo, pero aquí estamos todos los frustrados en el amor. Los no correspondidos.

—¿Fátima me ha rechazado?

—¡Desde luego!

—¡Joder! —Leo golpeó el suelo con rabia—. Y ahora me he cargado nuestra amistad de la infancia.

—Uh, “amigos inseparables de la infancia”. Lo apunto —asiente, mientras escribe algo en su carpeta.

—¿Cómo salgo de aquí?

—Oh, no se puede salir de la Friendzone. Se entra sin darse uno cuenta, pero ya nunca se sale —explica Gabriel—. No obstante, si te das prisa, puede que llegues a la hora de cenar en el Ala de la Paja Triste.

—Me asusta lo que me servirán allí.

Pasaron los días. Leo comenzó a investigar. Elaboró planos, buscó posibles salidas, pero era imposible. A él se unieron varias personas. Eran varias cabezas pensantes, pero ni aun así conseguían encontrar un método de huida.

—No lo entendéis, la salida está en nuestros sentimientos —afirmó Nadia, una chica que desafortunadamente se enamoró de su amigo gay—. Sólo dejando de sentir lo que sentimos podremos salir de la Friendzone.

La gente tachó de loca a Nadia, pero a Leo le parecía el razonamiento más lógico hasta la fecha. Más que nada, porque ya había probado de todo. La angustia de no poder salir de aquel lugar le obligó a obsesionarse. Provocó que no fuera capaz de dejar de pensar en que no podía abandonar la Friendzone. Que tenía que seguir luchando por ello. ¿Cómo borrar esos sentimientos por Fátima, si jamás podría olvidar que debía escapar de aquel lugar?

Nadia y él se apoyaron mutuamente. Cada día, hablaban de cualquier estupidez que les hiciera por un momento olvidar sus frustraciones. Llegaron a caerse bien. Por las mañanas, Leo creía vislumbrar un cielo más despejado, un agua menos naranja y burbujeante, unas personas menos cubiertas de dolor.

Una noche, Nadia y él caminaban por la orilla del lago cuando, de pronto, el suelo volvió a agrietarse, pero esta vez, para que unas escaleras comenzaran a alzarse de la nada hasta perderse en el cielo.

—Es la salida —dijo Nadia—. Lo hemos conseguido.

Leo, anonadado, dio dos pasos hacia el primer escalón, pero entonces se detuvo. Las ideas se agolpaban en su cerebro, como equinos esperando un pistoletazo de salida que nunca llegará:

—Creo… creo que no quiero subir.

—¡¿Qué?! —bramó Nadia—. Maldita sea, tomemos esas putas escaleras y seamos felices ahí afuera.

—No. —Leo agarró las manos de Nadia—. Me gusta estar en la Friendzone. Me gusta ser el mejor amigo de Fátima. No quiero derrumbar todo lo que hemos construido. No valoré lo que me daba en realidad. Incluso la culpaba por haberme mandado a este lugar. Pero, ¿sabes? Quizá debí valorar que, pese a mi desafortunada declaración, quisiera seguir siendo mi mejor amiga. No podemos obligar a nadie, por mucho que daríamos por estar con esa persona, a que se enamore de nosotros. Deberíamos valorar lo que tenemos y nos proporciona. Si ella hubiera cedido por pena o por consideración, jamás habría conocido a otras personas. Jamás te habría conocido a ti. Alguien que me entiende y siente lo mismo por mí que yo por ella.

—¡¡¡De puta madre!!! —chilló Gabriel a sus espaldas, y subió a zancadas las escaleras hasta perderse en la oscuridad de la noche—. ¡Que os follen, pardillos!

Nadia se quedó en silencio unos segundos hasta que, finalmente, le abrazó.

—No quiero perder a nadie. Ni a ti, ni a todos los que hemos conocido, ni a mi amigo gay.

—Entonces, ¿seguimos paseando?

—Por supuesto —concedió, reemprendiendo la marcha—. Podríamos invitar mañana a nuestros amigos a cenar, ¿no crees?


—Suena bien.

sábado, 31 de octubre de 2015

Especial Halloween: El mirón

Fue la decisión más importante de mi vida. Cientos, incluso miles de kilómetros, en un vuelo low-cost para conocer mi nueva casa.

Sonaba bien eso de ser independiente. Iba a estudiar lo que quería y me dirigía a la ciudad de mis sueños. Quizá no fuera el mejor barrio, pero como estudiante no podía permitirme mucho más. Bastaba con no salir a altas horas de la noche, o con haber bebido lo suficiente como para restar importancia a una calle sin farolas y olor a orines.

Llegué a la hora de la cena. Habían dejado mis llaves al conserje. Jamás conocí al dueño. Ojalá lo hubiera hecho. Maldito internet.

Todo estaba bien. Diría que las habitaciones parecían más grandes que en las fotos. Que probablemente era la calefacción más acogedora que había conocido nunca. Que el mobiliario estaba escogido con demasiado buen gusto. Que las vistas… bueno, en este barrio no podía esperar mucho de las vistas.

La ventana de mi habitación daba hacia la fachada enladrillada del bloque de enfrente. Algún grafiti, alguna grieta amenazadora. Pero eso no fue lo que me llamó la atención. Justo a mi altura, diría que incluso era mi mismo piso, un hombre también se asomaba a la calle. Nuestras miradas se cruzaron. Un escalofrío reptó por toda mi espalda cuando, varios segundos después, él todavía no apartaba la mirada. ¿Qué esperaba? Le saludé, pero él no movió ni un ápice de su cuerpo. Resoplé malhumorado, a lo que él sonrió.

Algo me daba mala espina. Me quité las gafas y las limpié con mi camiseta. Al volvérmelas a poner, vi con más claridad el rostro que, impertérrito, seguía mirándome. No pude evitar dar un respingo al diferenciar salpicaduras rojas en su cara. Entre ellas, dos ojos claros, azules eléctricos, desconocían el parpadeo. ¿Era sangre? Sí, parecía sangre. Me puse en lo peor. Imaginé que era un asesino en serie, que yo era el siguiente, que se regocijaba por su última cacería… pero no. No estaba tenso. Él me miraba relajado, en silencio, sonriendo, enseñando el piano de sus dientes, también bañados en sangre. Sin embargo, el horror ya me había atrapado, y en un aspaviento bajé la persiana.

No volví a subirla hasta la mañana siguiente. Diría que había olvidado todo aquello, pero cuando, tras unos segundos de ceguera por la luz del sol, vislumbré la ventana de enfrente, el miedo se aferró a mi tórax para el resto de los días. Él seguía ahí. La sangre de su rostro había oscurecido, se había secado al aire mientras seguía clavando sus pupilas en mi cristal. Le llamé, le grité. Simplemente levantó el pulgar en señal amistosa y continuó ahí, inmóvil, observándome.

No quería volver a mirar. Cada vez que, inconscientemente, el terror me hacía volver a asomarme, él seguía en la misma posición. Recuerdo salir a trabajar y, al caminar por la calle, poder distinguirle entre el reflejo de su ventana, y cómo me seguía con la mirada hasta doblar la esquina. Lo mismo cuando regresé a casa.

Cuando pregunté al conserje, me tranquilicé levemente. Me contó que el edificio de enfrente estaba inhabilitado desde hacía tiempo por varios temas legales que ni él mismo había alcanzado a comprender con el tiempo. Sin embargo, la escoria había invadido las estancias vacías para traficar y consumir drogas.

Tenía que ser eso. La única explicación de que ese hombre se pegara horas y horas petrificado y observándome sólo podía explicarse con un estado de inconsciencia del calibre  provocado por un subidón de las drogas más duras de la ciudad.

Bueno, ¿y qué? ¿Cómo iba a dejar de sentir miedo? ¿Cómo podría hacer mi vida normal repitiéndome “No mires por la ventana”, una y otra vez, por la aprensión que me causaba el mirón?

Semanas. Semanas en las que decidí no volver a subir la persiana de mi habitación nunca más. Semanas en las que, idiota de mí, acababa subiéndolas alguna vez rezando para que hubiera dejado de observarme. Pero siempre acababa peor de lo que estaba al comprobar que seguía ahí. Sonreía. Él sonreía. Sabía que me aterrorizaba y le divertía. Ni siquiera se había limpiado la sangre que el primer día resplandecía a la luz de la luna en su tez.

Se aparecía en mis pesadillas. Se aparecía entre mis pensamientos. Caminaba por mi calle con la vista en mis pies para no mirar hacia su ventana. Sabía que si no me obligaba a mí mismo a evitarle, querría saber si sigue ahí.

Empecé a sentir que iba a enloquecer. Las persianas de ese lado de la casa permanecían bajadas durante semanas. A veces, entre las rendijas, comprobaba que seguía ahí. No sabría explicar por qué, pero diría que era capaz de verme incluso a través de ellas. Porque sí, seguía contemplándome.
No podía más. Casi medio año después, me armé de valentía con media botella de Jack Daniel’s en el gaznate. Compré una navaja suiza y me puse la indumentaria más yonki que encontré en mi armario.  Preferí dejar la cartera en casa.

Toque el timbre sin éxito. Debía de llevar años desconectado. La puerta, roída por las ratas, se abrió con un suave empujón, y caminé algunos metros en la penumbra hasta que una mujer encapuchada apareció frente a mí.

“Hoy no es día de visitas”, dijo en un susurro.

“Sólo quiero un gramo”, mentí. “Enróllate”.

Accedió tras vacilar unos segundos. Me ofreció subir arriba a consumirlo. Justo lo que quería. Me dejó subir a solas las escaleras, que crujían a cada paso, con las dos manos en los bolsillos de mi sudadera. Una sujetaba la bolsita que me vi obligado a comprarle, y la otra sostenía con fuerza la navaja suiza. Cuando llegué al piso en cuestión, me sorprendió encontrarme con una gran sala deshabitada. No había habitaciones, sino varios metros cuadrados invadidos por pelusas y excrementos. Ni rastro del mirón.

Con el cuerpo tiritando y un nudo en la garganta, caminé con cautela por el suelo de cemento hasta la ventana que me perseguía en mis sueños. Sí, ésta era. Desde aquí, donde estoy ahora, puedo ver la persiana de mi habitación, bajada hasta… hasta…

Se está subiendo. Hay alguien en mi habitación.

La luz está encendida y vislumbro una figura que paraliza mis latidos durante varios segundos. Soy yo. Me veo a mí mismo, recolocándome las gafas, boquiabierto con lo que encuentro en esta ventana. Las piernas se me tambalean y tengo que apoyarme en el marco. Quiero gritar, pero no puedo. Tampoco puedo emitir ningún sonido cuando, detrás de mi otro yo, aparece el hombre que me observaba antes, con un machete, y con el rostro totalmente impoluto, que se impregna de sangre cuando, a base de varios tajos, decapita a su víctima. A mí.

Muerde a esa cabeza sin cuerpo en el carrillo, hasta arrancar un pedazo de piel, y después la deja caer a la calle, entre los cubos de basura. Mi cráneo, destrozado contra la acera. El hombre me vuelve a observar con la misma sonrisa, con los dientes carmesí. No puedo moverme, no puedo tomar aliento. Sólo puedo limitarme a contemplar cómo abre la ventana, se asoma, y murmura, entre el silencio de la noche: “Date la vuelta”.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

El viajero

                La puerta del armario se abrió de sopetón, sobresaltando a Jaime, que casi se cae del taburete que utilizaba para jugar a la Play algo más cerca de la pantalla de lo que recomendaba su madre. De su interior salió un hombre con gafas de aviador, una chaqueta de cuero falso, roída hasta la saciedad, y unos vaqueros tan viejos que no se podía asegurar que no fueran a razón de la nueva moda vintage. No obstante, lo más inquietante no era su ropa, sino que había aparecido dentro de su maldito armario. En su habitación. En su casa. Así que Jaime, con quince años recién cumplidos, echó de menos los pañales en ese momento.

                —¡¿Quién coño eres tú?! —preguntó el muchacho—. ¡¿Qué hacías ahí dentro?!

                —A ver…. —El invitado sorpresa sacó un papel de su bolsillo y lo desplegó—. ¿Eres… Vanesa Mendoza?

                —¿Tengo cara de llamarme Vanesa?

                —No, la verdad. Tampoco pareces tener cincuenta y siete años. ¿Eres su hijo, o su nieto, o su…?

                —No conozco a esa tal Vanesa —interrumpió—. ¿Pero quién eres? ¿Qué hacías ahí?

                El hombre dudó unos segundos. Miró a ambos lados, donde, evidentemente, no había nadie más. Se arrodilló frente al joven, agarrándole por los hombros, mientras él aún sujetaba el mando de la consola. No podía darle pausa porque era un juego online, y eso ponía nervioso a Jaime.

                —Escúchame lo que voy a decirte —susurró, a un volumen casi imperceptible al oído humano—. Vengo del futuro. Aparecemos en los armarios y robamos a las familias de tu tiempo. La vida está terriblemente mal en el futuro. Poco a poco, la economía empezó a caer y las empresas ni siquiera eran capaces de sacar beneficios, pues no había dinero en ninguna parte. Sin embargo, para unos pocos hay todo el dinero del mundo, así que existen unos privilegiados que viven en mansiones de lujo y al margen de la ley, y luego estamos nosotros, que tenemos organizaciones clandestinas dedicadas a extraer dinero de otras épocas. De esta manera, no dejamos pistas, no pueden identificarnos y no pueden pillarnos jamás.

                Jaime estaba tiritando entre las manos del hombre, así que él lo soltó. Al fin, tras un par de titubeos ahogados en saliva, consiguió formular una pregunta:

                —Así que… ¿así que me vas a robar?

                —¡No! —respondió efusivamente—. ¡No voy a hacerlo! ¡Pero tú eres joven, tú podrías cambiar esta situación! Necesito que busques a las personas indicadas. Necesito que evites que el país se vaya a la mierda.

                —¿Estoy yo solo en esto? ¿Cómo pretendes que yo lo cambie todo?

                —Llevo años haciendo esto. Concienciar a jóvenes de tu tiempo. No querréis acabar así. Yo vengo del 2071. Te tocará vivirlo. —El viajero suspiró—. Seguiré haciendo esto mientras pueda.

                —¡¿Quién cojones eres?! —gritó una mujer, haciendo brincar al viajero y a Jaime.

                —Mamá, no quiere hacernos daño, él ha salido de mi armario —intenta apaciguar su hijo, pero sólo consigue que se enfurezca más.

                —¡Váyase ahora mismo o llamo a la policía! —chilla, blandiendo una escoba como arma.

                El hombre levantó sus brazos, en son de paz:

                —Todo ha sido un malentendido, yo vengo del futuro y…

                —¡Viñuales! —Una nueva voz se sumó al conflicto: del armario había salido una mujer rubia y joven, de no más de veinticinco años, con una gabardina marrón que le cubría hasta los tobillos.

                —Señora, resulta que otra vez nos hemos equivocado con el destino, aquí no vive Vanesa Mendoza. Tendríamos mal los datos. Podemos irnos.

                Jaime y su madre estaban petrificados contemplando la escena. Esta vez, la mujer también había visto aparecer a alguien dentro del armario. Ya no la tomaba con el viajero. Simplemente, seguía con la escoba a modo de mandoble, pero inmóvil. Viñuales hizo mención de introducirse en el armario de nuevo, queriendo zanjar aquello de una vez por todas, pero un carraspeo de la rubia fue suficiente para que se detuviera.

                —Sabe lo que tiene que hacer, Viñuales —dijo su superior.

                —Estoy seguro de que no importa que…

                —Lo que usted opine nos la trae al fresco. Estamos hartos —le cortó—. Conoce las normas.



                Veinte minutos después, ambos viajeros habían regresado a su tiempo. La mujer rubia se había quitado la gabardina, dejando al descubierto un vestido largo y negro. El hombre, frente a ella, estaba sentado en la silla del centro del despacho, custodiado por dos guardias.

                —¿Podría recordarme por qué está usted en nuestra organización, Viñuales?

                —Para recuperar dinero del pasado, señora.

                —Para nada más —afirmó ella.

                —Lo siento.

                —Le hemos seguido de cerca. Se ha dedicado a intentar arreglar el futuro de esas personas. Personas que hemos tenido que matar una a una tras sus visitas para no dejar cabos sueltos. En este caso, al menos, ha sido usted quien les ha quitado la vida, que es lo que se debe hacer, aunque jamás haya atado los cabos hasta ahora.

                De repente, el viajero se desmoronó. Cayó de rodillas frente a la silla, a lo que los guardias fueron a recogerle, pero la mujer levantó una mano en señal de que desistieran.

                —No… ¿no ha servido de nada? ¿Todo lo que he hecho?

                —Se ha saltado las normas y ya nos hemos hartado de recoger sus excrementos, Viñuales.

                —No ha servido de nada —murmuró, haciendo caso omiso.

                —Guardias, ya saben qué hacer. —Después, se dirigió de nuevo al viajero—. Ya estaba advertido, Viñuales.


                La mujer no volvió a mirarle. Caminó con paso firme sobre sus tacones hasta abandonar la sala y cerró la puerta a sus espaldas, mientras escuchaba el disparo y al cuerpo, inerte, desplomándose sobre el embaldosado.

lunes, 31 de agosto de 2015

Disfraces

Aquella mañana se vistió de Afable,
Saludó a sus vecinos Cordiales,
Caminó entre transeúntes Irritantes,
Y antes de llegar, tornó a Responsable.

Trabajó con uniforme Diligente,
Y de Persuasivo para llamadas comerciales,
Se mostró ante todos como Eficiente,
Y promocionó siendo Insaciable.

Bebió como Fracasado,
Se tambaleó cual Beodo,
Lloró en un rincón, Malogrado,
Y de Cobarde acabó todo.

Entró en casa como Inmoral,
¿Y con Ella?
Con Ella se quitó el disfraz.

viernes, 24 de julio de 2015

Algún día nos cobrarán por respirar

Día 24 de junio

—Lo siento, Flora. La decisión está tomada.
—No puede despedirme. No he hecho nada malo. Nada. He cumplido mi trabajo cada minuto que estaba en esta empresa.
—La crisis del oxígeno está acabando con todas las empresas, no sólo con ésta. Simplemente, su puesto es prescindible tras la última reestructuración interna.
—Tres años. Tres años dejándome el lomo por dos míseras bombonas de oxígeno y escasos doscientos euros. Tengo que mantener a mi madre, dos niños, y a mí misma, con eso.
El señor Vela la mira con tristeza. Las lágrimas empapan la mascarilla de Flora Garrido.
—Tendrá un finiquito de veintitrés bombonas y cien euros. Lo siento de nuevo.



Día 29 de junio

—Dos bombonas de oxígeno bajo en humos, por favor —pide Flora al dependiente.
—Son treinta y seis euros.
—¡¿En serio?! —desespera—. ¿Dieciocho euros por una maldita bombona?
—No se altere, agotará su oxígeno más rápido —responde pausadamente el dependiente—. Tenemos oxígeno cosmopolita por doce la bombona.
—Lo inhalan mis hijos, ¿sabe? —balbucea Flora, nerviosa—. Niños de Primaria. Y mi madre, que ya sufre demasiado por la quimio.
—Oiga —susurra el dependiente—. Si por mí fuera se lo daría por unos céntimos. La crisis del oxígeno ha subido los precios una locura.
—Necesito mantenerlos con vida.
—Llévese oxígeno cosmopolita. —Exhala un suspiro condescendiente—. Mi padre vivió cincuenta años a base de él.
—Está bien. Deme dos —titubea con la voz quebrada por el llanto.



Día 13 de julio

—Nos hemos reunido aquí para despedirnos de Esmeralda Garrido —anuncia el cura frente al féretro de la madre de Flora—. Pero antes de empezar, su hija quiere pronunciar unas palabras.
Flora se ajusta la mascarilla, se aprieta el arnés que sujeta la bombona de su espalda y camina hasta el atril. Sus dos hijos, con sus pequeñas máscaras, la observan desde la primera fila.
—Mi madre supo cuidarnos en todo momento. Cuando quedó viuda, luchó y buscó hasta debajo de las piedras para encontrar una manera de que siempre tuviéramos oxígeno Sebastián y yo —explica Flora, pero tras una pausa de unos segundos, se derrumba—. Yo... lo siento, mamá... —se seca el lagrimal con el índice—. Tuve que elegir. No tenía oxígeno para todos y yo... yo... tú... tú ya tenías un pie en el Cielo, ¿sabes? —Tiene que interrumpir su discurso y abandonar la sala.



Día 18 de julio

—¿Entiende lo que tendrá que hacer en su puesto de trabajo?
—Sí —asiente Flora—. Pero necesito tiempo de descanso para poder cambiar el oxígeno de mis hijos.
—Si le quitamos una hora, que sería lo que le supondría ir a casa o la escuela de sus hijos, no podremos pagarle nueve bombonas a la semana y ciento cincuenta euros.
—¿Cuánto bajaría mi sueldo?
—A siete bombonas y cien euros.
—¡¿Qué?! ¿Por una hora menos al día? Una hora de doce, ¿para usted supone restar esa cantidad?
—Lo siento, buscar a alguien para cubrirle durante esa hora ya requiere ponerle un salario mínimo que tendremos que quitar de otro lado, ¿no cree?
A Flora le tiembla el pulso.
—Está bien.
—Que sean once horas al día, siete bombonas y cien euros. Firme aquí.



Día 1 de agosto

—Pasajeros del Ferry 821 con destino a Palermo: Muelle 4 —anuncia la megafonía.
—Es el nuestro —señala Flora. En una mano lleva un gran maletón cargado de bombonas, otras tres a la espalda y dos en la espalda de sus dos hijos, los cuales forman una cadena de manos con ella—. Vamos rápido para coger un buen camarote.
—¿Por qué nos vamos, mamá? —pregunta Hugo.
—Porque allí no tendremos que pagar por respirar, cielo —responde, sin apartar la vista del frente—. El oxígeno campa libre por el aire y podré cuidar de vosotros siempre.
—¿Y hay suficientes bombonas para el viaje? —duda César.
—Llevo mucho tiempo ahorrando y reservando para esto, cariño. Una vez allí, no necesitaremos más. Están calculadas.
—Su billete, por favor —dice el agente.
—Aquí tiene.



Día 3 de agosto

—¿Se va a poner bien? —quiere saber Hugo.
Su hermano pequeño no deja de hiperventilar. Absorbe oxígeno a la velocidad del relámpago.
—No le sienta bien navegar —dice Flora—. Pero no te preocupes, mañana a estas horas habremos llegado a Palermo y César estará bien. —Flora acaricia la frente a Hugo para tranquilizarle—. Acércame otra bombona, cariño.
—Quedan pocas, las está gastando muy rápido.
—No importa, la necesita.



Día  4 de agosto

El corazón de Flora da un vuelco cuando abre su maletón y solo quedan dos bombonas. César, afortunadamente, se estabilizó por la noche. Sin embargo, en las bombonas de sus hijos y la suya solo queda una hora de oxígeno como mucho.
—Se prevé la llegada a las 16:35. Por favor, vayan preparando su equipaje.
Son las 12:44.
Flora cambia las dos bombonas de sus hijos. Será suficiente para llegar a Palermo.
—Mamá va a salir a la cubierta para hablar con una amiga, ¿vale?
—¿Podemos ir? —pregunta Hugo.
Una lágrima que no puede contenerse más resbala por la mejilla de Flora.
—Lo siento, cielo... no... no podéis. Cuando lleguemos, si no estoy, acudid a comisaría.
—¿Estarás allí?
Su madre no responde, abraza a sus hijos por última vez y abandona el camarote. Viendo la costa siciliana en el horizonte, dos crujidos de la bombona de oxígeno indican que ya se ha agotado. Flora se desploma sobre la fría cubierta.