sábado, 31 de octubre de 2015

Especial Halloween: El mirón

Fue la decisión más importante de mi vida. Cientos, incluso miles de kilómetros, en un vuelo low-cost para conocer mi nueva casa.

Sonaba bien eso de ser independiente. Iba a estudiar lo que quería y me dirigía a la ciudad de mis sueños. Quizá no fuera el mejor barrio, pero como estudiante no podía permitirme mucho más. Bastaba con no salir a altas horas de la noche, o con haber bebido lo suficiente como para restar importancia a una calle sin farolas y olor a orines.

Llegué a la hora de la cena. Habían dejado mis llaves al conserje. Jamás conocí al dueño. Ojalá lo hubiera hecho. Maldito internet.

Todo estaba bien. Diría que las habitaciones parecían más grandes que en las fotos. Que probablemente era la calefacción más acogedora que había conocido nunca. Que el mobiliario estaba escogido con demasiado buen gusto. Que las vistas… bueno, en este barrio no podía esperar mucho de las vistas.

La ventana de mi habitación daba hacia la fachada enladrillada del bloque de enfrente. Algún grafiti, alguna grieta amenazadora. Pero eso no fue lo que me llamó la atención. Justo a mi altura, diría que incluso era mi mismo piso, un hombre también se asomaba a la calle. Nuestras miradas se cruzaron. Un escalofrío reptó por toda mi espalda cuando, varios segundos después, él todavía no apartaba la mirada. ¿Qué esperaba? Le saludé, pero él no movió ni un ápice de su cuerpo. Resoplé malhumorado, a lo que él sonrió.

Algo me daba mala espina. Me quité las gafas y las limpié con mi camiseta. Al volvérmelas a poner, vi con más claridad el rostro que, impertérrito, seguía mirándome. No pude evitar dar un respingo al diferenciar salpicaduras rojas en su cara. Entre ellas, dos ojos claros, azules eléctricos, desconocían el parpadeo. ¿Era sangre? Sí, parecía sangre. Me puse en lo peor. Imaginé que era un asesino en serie, que yo era el siguiente, que se regocijaba por su última cacería… pero no. No estaba tenso. Él me miraba relajado, en silencio, sonriendo, enseñando el piano de sus dientes, también bañados en sangre. Sin embargo, el horror ya me había atrapado, y en un aspaviento bajé la persiana.

No volví a subirla hasta la mañana siguiente. Diría que había olvidado todo aquello, pero cuando, tras unos segundos de ceguera por la luz del sol, vislumbré la ventana de enfrente, el miedo se aferró a mi tórax para el resto de los días. Él seguía ahí. La sangre de su rostro había oscurecido, se había secado al aire mientras seguía clavando sus pupilas en mi cristal. Le llamé, le grité. Simplemente levantó el pulgar en señal amistosa y continuó ahí, inmóvil, observándome.

No quería volver a mirar. Cada vez que, inconscientemente, el terror me hacía volver a asomarme, él seguía en la misma posición. Recuerdo salir a trabajar y, al caminar por la calle, poder distinguirle entre el reflejo de su ventana, y cómo me seguía con la mirada hasta doblar la esquina. Lo mismo cuando regresé a casa.

Cuando pregunté al conserje, me tranquilicé levemente. Me contó que el edificio de enfrente estaba inhabilitado desde hacía tiempo por varios temas legales que ni él mismo había alcanzado a comprender con el tiempo. Sin embargo, la escoria había invadido las estancias vacías para traficar y consumir drogas.

Tenía que ser eso. La única explicación de que ese hombre se pegara horas y horas petrificado y observándome sólo podía explicarse con un estado de inconsciencia del calibre  provocado por un subidón de las drogas más duras de la ciudad.

Bueno, ¿y qué? ¿Cómo iba a dejar de sentir miedo? ¿Cómo podría hacer mi vida normal repitiéndome “No mires por la ventana”, una y otra vez, por la aprensión que me causaba el mirón?

Semanas. Semanas en las que decidí no volver a subir la persiana de mi habitación nunca más. Semanas en las que, idiota de mí, acababa subiéndolas alguna vez rezando para que hubiera dejado de observarme. Pero siempre acababa peor de lo que estaba al comprobar que seguía ahí. Sonreía. Él sonreía. Sabía que me aterrorizaba y le divertía. Ni siquiera se había limpiado la sangre que el primer día resplandecía a la luz de la luna en su tez.

Se aparecía en mis pesadillas. Se aparecía entre mis pensamientos. Caminaba por mi calle con la vista en mis pies para no mirar hacia su ventana. Sabía que si no me obligaba a mí mismo a evitarle, querría saber si sigue ahí.

Empecé a sentir que iba a enloquecer. Las persianas de ese lado de la casa permanecían bajadas durante semanas. A veces, entre las rendijas, comprobaba que seguía ahí. No sabría explicar por qué, pero diría que era capaz de verme incluso a través de ellas. Porque sí, seguía contemplándome.
No podía más. Casi medio año después, me armé de valentía con media botella de Jack Daniel’s en el gaznate. Compré una navaja suiza y me puse la indumentaria más yonki que encontré en mi armario.  Preferí dejar la cartera en casa.

Toque el timbre sin éxito. Debía de llevar años desconectado. La puerta, roída por las ratas, se abrió con un suave empujón, y caminé algunos metros en la penumbra hasta que una mujer encapuchada apareció frente a mí.

“Hoy no es día de visitas”, dijo en un susurro.

“Sólo quiero un gramo”, mentí. “Enróllate”.

Accedió tras vacilar unos segundos. Me ofreció subir arriba a consumirlo. Justo lo que quería. Me dejó subir a solas las escaleras, que crujían a cada paso, con las dos manos en los bolsillos de mi sudadera. Una sujetaba la bolsita que me vi obligado a comprarle, y la otra sostenía con fuerza la navaja suiza. Cuando llegué al piso en cuestión, me sorprendió encontrarme con una gran sala deshabitada. No había habitaciones, sino varios metros cuadrados invadidos por pelusas y excrementos. Ni rastro del mirón.

Con el cuerpo tiritando y un nudo en la garganta, caminé con cautela por el suelo de cemento hasta la ventana que me perseguía en mis sueños. Sí, ésta era. Desde aquí, donde estoy ahora, puedo ver la persiana de mi habitación, bajada hasta… hasta…

Se está subiendo. Hay alguien en mi habitación.

La luz está encendida y vislumbro una figura que paraliza mis latidos durante varios segundos. Soy yo. Me veo a mí mismo, recolocándome las gafas, boquiabierto con lo que encuentro en esta ventana. Las piernas se me tambalean y tengo que apoyarme en el marco. Quiero gritar, pero no puedo. Tampoco puedo emitir ningún sonido cuando, detrás de mi otro yo, aparece el hombre que me observaba antes, con un machete, y con el rostro totalmente impoluto, que se impregna de sangre cuando, a base de varios tajos, decapita a su víctima. A mí.

Muerde a esa cabeza sin cuerpo en el carrillo, hasta arrancar un pedazo de piel, y después la deja caer a la calle, entre los cubos de basura. Mi cráneo, destrozado contra la acera. El hombre me vuelve a observar con la misma sonrisa, con los dientes carmesí. No puedo moverme, no puedo tomar aliento. Sólo puedo limitarme a contemplar cómo abre la ventana, se asoma, y murmura, entre el silencio de la noche: “Date la vuelta”.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

El viajero

                La puerta del armario se abrió de sopetón, sobresaltando a Jaime, que casi se cae del taburete que utilizaba para jugar a la Play algo más cerca de la pantalla de lo que recomendaba su madre. De su interior salió un hombre con gafas de aviador, una chaqueta de cuero falso, roída hasta la saciedad, y unos vaqueros tan viejos que no se podía asegurar que no fueran a razón de la nueva moda vintage. No obstante, lo más inquietante no era su ropa, sino que había aparecido dentro de su maldito armario. En su habitación. En su casa. Así que Jaime, con quince años recién cumplidos, echó de menos los pañales en ese momento.

                —¡¿Quién coño eres tú?! —preguntó el muchacho—. ¡¿Qué hacías ahí dentro?!

                —A ver…. —El invitado sorpresa sacó un papel de su bolsillo y lo desplegó—. ¿Eres… Vanesa Mendoza?

                —¿Tengo cara de llamarme Vanesa?

                —No, la verdad. Tampoco pareces tener cincuenta y siete años. ¿Eres su hijo, o su nieto, o su…?

                —No conozco a esa tal Vanesa —interrumpió—. ¿Pero quién eres? ¿Qué hacías ahí?

                El hombre dudó unos segundos. Miró a ambos lados, donde, evidentemente, no había nadie más. Se arrodilló frente al joven, agarrándole por los hombros, mientras él aún sujetaba el mando de la consola. No podía darle pausa porque era un juego online, y eso ponía nervioso a Jaime.

                —Escúchame lo que voy a decirte —susurró, a un volumen casi imperceptible al oído humano—. Vengo del futuro. Aparecemos en los armarios y robamos a las familias de tu tiempo. La vida está terriblemente mal en el futuro. Poco a poco, la economía empezó a caer y las empresas ni siquiera eran capaces de sacar beneficios, pues no había dinero en ninguna parte. Sin embargo, para unos pocos hay todo el dinero del mundo, así que existen unos privilegiados que viven en mansiones de lujo y al margen de la ley, y luego estamos nosotros, que tenemos organizaciones clandestinas dedicadas a extraer dinero de otras épocas. De esta manera, no dejamos pistas, no pueden identificarnos y no pueden pillarnos jamás.

                Jaime estaba tiritando entre las manos del hombre, así que él lo soltó. Al fin, tras un par de titubeos ahogados en saliva, consiguió formular una pregunta:

                —Así que… ¿así que me vas a robar?

                —¡No! —respondió efusivamente—. ¡No voy a hacerlo! ¡Pero tú eres joven, tú podrías cambiar esta situación! Necesito que busques a las personas indicadas. Necesito que evites que el país se vaya a la mierda.

                —¿Estoy yo solo en esto? ¿Cómo pretendes que yo lo cambie todo?

                —Llevo años haciendo esto. Concienciar a jóvenes de tu tiempo. No querréis acabar así. Yo vengo del 2071. Te tocará vivirlo. —El viajero suspiró—. Seguiré haciendo esto mientras pueda.

                —¡¿Quién cojones eres?! —gritó una mujer, haciendo brincar al viajero y a Jaime.

                —Mamá, no quiere hacernos daño, él ha salido de mi armario —intenta apaciguar su hijo, pero sólo consigue que se enfurezca más.

                —¡Váyase ahora mismo o llamo a la policía! —chilla, blandiendo una escoba como arma.

                El hombre levantó sus brazos, en son de paz:

                —Todo ha sido un malentendido, yo vengo del futuro y…

                —¡Viñuales! —Una nueva voz se sumó al conflicto: del armario había salido una mujer rubia y joven, de no más de veinticinco años, con una gabardina marrón que le cubría hasta los tobillos.

                —Señora, resulta que otra vez nos hemos equivocado con el destino, aquí no vive Vanesa Mendoza. Tendríamos mal los datos. Podemos irnos.

                Jaime y su madre estaban petrificados contemplando la escena. Esta vez, la mujer también había visto aparecer a alguien dentro del armario. Ya no la tomaba con el viajero. Simplemente, seguía con la escoba a modo de mandoble, pero inmóvil. Viñuales hizo mención de introducirse en el armario de nuevo, queriendo zanjar aquello de una vez por todas, pero un carraspeo de la rubia fue suficiente para que se detuviera.

                —Sabe lo que tiene que hacer, Viñuales —dijo su superior.

                —Estoy seguro de que no importa que…

                —Lo que usted opine nos la trae al fresco. Estamos hartos —le cortó—. Conoce las normas.



                Veinte minutos después, ambos viajeros habían regresado a su tiempo. La mujer rubia se había quitado la gabardina, dejando al descubierto un vestido largo y negro. El hombre, frente a ella, estaba sentado en la silla del centro del despacho, custodiado por dos guardias.

                —¿Podría recordarme por qué está usted en nuestra organización, Viñuales?

                —Para recuperar dinero del pasado, señora.

                —Para nada más —afirmó ella.

                —Lo siento.

                —Le hemos seguido de cerca. Se ha dedicado a intentar arreglar el futuro de esas personas. Personas que hemos tenido que matar una a una tras sus visitas para no dejar cabos sueltos. En este caso, al menos, ha sido usted quien les ha quitado la vida, que es lo que se debe hacer, aunque jamás haya atado los cabos hasta ahora.

                De repente, el viajero se desmoronó. Cayó de rodillas frente a la silla, a lo que los guardias fueron a recogerle, pero la mujer levantó una mano en señal de que desistieran.

                —No… ¿no ha servido de nada? ¿Todo lo que he hecho?

                —Se ha saltado las normas y ya nos hemos hartado de recoger sus excrementos, Viñuales.

                —No ha servido de nada —murmuró, haciendo caso omiso.

                —Guardias, ya saben qué hacer. —Después, se dirigió de nuevo al viajero—. Ya estaba advertido, Viñuales.


                La mujer no volvió a mirarle. Caminó con paso firme sobre sus tacones hasta abandonar la sala y cerró la puerta a sus espaldas, mientras escuchaba el disparo y al cuerpo, inerte, desplomándose sobre el embaldosado.

lunes, 31 de agosto de 2015

Disfraces

Aquella mañana se vistió de Afable,
Saludó a sus vecinos Cordiales,
Caminó entre transeúntes Irritantes,
Y antes de llegar, tornó a Responsable.

Trabajó con uniforme Diligente,
Y de Persuasivo para llamadas comerciales,
Se mostró ante todos como Eficiente,
Y promocionó siendo Insaciable.

Bebió como Fracasado,
Se tambaleó cual Beodo,
Lloró en un rincón, Malogrado,
Y de Cobarde acabó todo.

Entró en casa como Inmoral,
¿Y con Ella?
Con Ella se quitó el disfraz.

viernes, 24 de julio de 2015

Algún día nos cobrarán por respirar

Día 24 de junio

—Lo siento, Flora. La decisión está tomada.
—No puede despedirme. No he hecho nada malo. Nada. He cumplido mi trabajo cada minuto que estaba en esta empresa.
—La crisis del oxígeno está acabando con todas las empresas, no sólo con ésta. Simplemente, su puesto es prescindible tras la última reestructuración interna.
—Tres años. Tres años dejándome el lomo por dos míseras bombonas de oxígeno y escasos doscientos euros. Tengo que mantener a mi madre, dos niños, y a mí misma, con eso.
El señor Vela la mira con tristeza. Las lágrimas empapan la mascarilla de Flora Garrido.
—Tendrá un finiquito de veintitrés bombonas y cien euros. Lo siento de nuevo.



Día 29 de junio

—Dos bombonas de oxígeno bajo en humos, por favor —pide Flora al dependiente.
—Son treinta y seis euros.
—¡¿En serio?! —desespera—. ¿Dieciocho euros por una maldita bombona?
—No se altere, agotará su oxígeno más rápido —responde pausadamente el dependiente—. Tenemos oxígeno cosmopolita por doce la bombona.
—Lo inhalan mis hijos, ¿sabe? —balbucea Flora, nerviosa—. Niños de Primaria. Y mi madre, que ya sufre demasiado por la quimio.
—Oiga —susurra el dependiente—. Si por mí fuera se lo daría por unos céntimos. La crisis del oxígeno ha subido los precios una locura.
—Necesito mantenerlos con vida.
—Llévese oxígeno cosmopolita. —Exhala un suspiro condescendiente—. Mi padre vivió cincuenta años a base de él.
—Está bien. Deme dos —titubea con la voz quebrada por el llanto.



Día 13 de julio

—Nos hemos reunido aquí para despedirnos de Esmeralda Garrido —anuncia el cura frente al féretro de la madre de Flora—. Pero antes de empezar, su hija quiere pronunciar unas palabras.
Flora se ajusta la mascarilla, se aprieta el arnés que sujeta la bombona de su espalda y camina hasta el atril. Sus dos hijos, con sus pequeñas máscaras, la observan desde la primera fila.
—Mi madre supo cuidarnos en todo momento. Cuando quedó viuda, luchó y buscó hasta debajo de las piedras para encontrar una manera de que siempre tuviéramos oxígeno Sebastián y yo —explica Flora, pero tras una pausa de unos segundos, se derrumba—. Yo... lo siento, mamá... —se seca el lagrimal con el índice—. Tuve que elegir. No tenía oxígeno para todos y yo... yo... tú... tú ya tenías un pie en el Cielo, ¿sabes? —Tiene que interrumpir su discurso y abandonar la sala.



Día 18 de julio

—¿Entiende lo que tendrá que hacer en su puesto de trabajo?
—Sí —asiente Flora—. Pero necesito tiempo de descanso para poder cambiar el oxígeno de mis hijos.
—Si le quitamos una hora, que sería lo que le supondría ir a casa o la escuela de sus hijos, no podremos pagarle nueve bombonas a la semana y ciento cincuenta euros.
—¿Cuánto bajaría mi sueldo?
—A siete bombonas y cien euros.
—¡¿Qué?! ¿Por una hora menos al día? Una hora de doce, ¿para usted supone restar esa cantidad?
—Lo siento, buscar a alguien para cubrirle durante esa hora ya requiere ponerle un salario mínimo que tendremos que quitar de otro lado, ¿no cree?
A Flora le tiembla el pulso.
—Está bien.
—Que sean once horas al día, siete bombonas y cien euros. Firme aquí.



Día 1 de agosto

—Pasajeros del Ferry 821 con destino a Palermo: Muelle 4 —anuncia la megafonía.
—Es el nuestro —señala Flora. En una mano lleva un gran maletón cargado de bombonas, otras tres a la espalda y dos en la espalda de sus dos hijos, los cuales forman una cadena de manos con ella—. Vamos rápido para coger un buen camarote.
—¿Por qué nos vamos, mamá? —pregunta Hugo.
—Porque allí no tendremos que pagar por respirar, cielo —responde, sin apartar la vista del frente—. El oxígeno campa libre por el aire y podré cuidar de vosotros siempre.
—¿Y hay suficientes bombonas para el viaje? —duda César.
—Llevo mucho tiempo ahorrando y reservando para esto, cariño. Una vez allí, no necesitaremos más. Están calculadas.
—Su billete, por favor —dice el agente.
—Aquí tiene.



Día 3 de agosto

—¿Se va a poner bien? —quiere saber Hugo.
Su hermano pequeño no deja de hiperventilar. Absorbe oxígeno a la velocidad del relámpago.
—No le sienta bien navegar —dice Flora—. Pero no te preocupes, mañana a estas horas habremos llegado a Palermo y César estará bien. —Flora acaricia la frente a Hugo para tranquilizarle—. Acércame otra bombona, cariño.
—Quedan pocas, las está gastando muy rápido.
—No importa, la necesita.



Día  4 de agosto

El corazón de Flora da un vuelco cuando abre su maletón y solo quedan dos bombonas. César, afortunadamente, se estabilizó por la noche. Sin embargo, en las bombonas de sus hijos y la suya solo queda una hora de oxígeno como mucho.
—Se prevé la llegada a las 16:35. Por favor, vayan preparando su equipaje.
Son las 12:44.
Flora cambia las dos bombonas de sus hijos. Será suficiente para llegar a Palermo.
—Mamá va a salir a la cubierta para hablar con una amiga, ¿vale?
—¿Podemos ir? —pregunta Hugo.
Una lágrima que no puede contenerse más resbala por la mejilla de Flora.
—Lo siento, cielo... no... no podéis. Cuando lleguemos, si no estoy, acudid a comisaría.
—¿Estarás allí?
Su madre no responde, abraza a sus hijos por última vez y abandona el camarote. Viendo la costa siciliana en el horizonte, dos crujidos de la bombona de oxígeno indican que ya se ha agotado. Flora se desploma sobre la fría cubierta.

martes, 30 de junio de 2015

Cuándo decir adiós

Y decidió dejarlo todo atrás. Marcharse de la ciudad que la vio crecer. Dar un último abrazo a su familia hasta que pudiera costearse un viaje de vuelta. Acariciar a su perrita de doce años, quizá por última vez en su vida canina. Sacar un billete para dentro de tres horas y cargar con una maleta con lo justo para sobrevivir. Dejar su trabajo, el cual seguro que no añoraría, pero sí a todo el que conoció allí. Con cuántos perdió el contacto. De cuántos no pudo despedirse siquiera.

Todo por él. No era dependencia, sino un deseo de compartir una vida juntos. Si él debía marcharse, ella lucharía por crecer y establecerse en su destino. Jamás se lo pidió. Fue el corazón quien se lo rogó, quien aceptó que, de entre todas las posibilidades, debía decidir esa. En todos los años siguientes, no se arrepintió ni un momento, aunque fuera consciente de todo lo que perdió, fue su decisión y la de nadie más. Un trabajo mejor. Unos vecinos encantadores. Un gato adoptado que se coló por su balcón.

Otra vez. Él debía partir. Sin embargo, antes de que ella pudiera escuchar a su corazón, pareció que su amante creyó que era quien debía decidir. Dio por hecho que decidiría por los dos. Le dio una orden.

Y decidió que lo dejaría todo atrás su puta madre. Que se marcharía de esa ciudad su puta madre. Que daría últimos abrazos y caricias a su puta madre. Que sacaría ese billete su puta madre y cargaría con una maleta su puta madre. Dejaría su trabajo su puta madre. Perdería el contacto con su puta madre y, en este caso, se quedaría sin despedirse de su puta madre.


En el amor, las órdenes a su puta madre.

domingo, 31 de mayo de 2015

Temor

Temor a que me abandone el crepúsculo,
A que el albor alumbre las trincheras,
A que la pólvora estalle y ensucie mis venas
Por un botín entre dos muros.

Temor al reflejo en los ojos del enemigo,
Al rencor en los recuerdos de su familia,
A su cena, sobre la mesa, fría,
A todo su linaje perdido.

Temor a la tierra, al aire, al Sol y a la lluvia,
A que presencien su muerte y no se la lleven,
A que perduren en la mente, y por ende,
No se sobrepongan a la enjundia.

Temor a convertirme en una bestia,
A que yo sobreviva a la guerra,
A la memoria, serena,
A la medalla para un alma necia.

martes, 28 de abril de 2015

Pelo Cobrizo y Pupila Escarlata

Cinco de la tarde. Un martes cualquiera. El cielo se resquebrajaba fuera de la cafetería, bañando sus cristales con una diáfana lámina acuosa.

Qué bien le sentaba el café a estas horas. En su mesa de siempre, en un rincón, con el respaldo de la silla casi tocando la pared, escribiendo un artículo para el periódico local, donde trabajaba desde hacía años. A un metro estaba el paragüero. Por eficiencia, se sentaba al lado. El camarero servía cafés, chocolates, tés, y todo tipo de bebida que hiciera entrar en calor a los pobres clientes cuyas prendas parecían fundirse en pequeñas gotas que impregnaban los baldosines. Nada fuera de lo común. O quizás sí.

Unos cabellos cobrizos, tres mesas más allá, resplandecían ante la cálida luz de los faroles. No podía apartar su mirada de una figura tan perfecta. Tampoco fue capaz de hacerlo durante el resto de su estancia. También tomaba capuccino. Lo sabía por esa espuma rebosante tan característica con que los servían en esa cafetería. En varias ocasiones se cruzaron las miradas. Una sonrisa ruborizante. Una torpe bajada de cabeza por disimulo.

Cuando al día siguiente, a la misma hora, estaba otra vez ahí, en la misma mesa, y con el mismo capuccino, decidió buscarle un nombre: Pelo Cobrizo. Lo que no sabía es que también le habían adjudicado uno: Pupila Escarlata. Quizá por el tono en que los farolillos dorados reflejaban en su iris avellana. La consciencia de esa atracción era recíproca, al igual que la timidez.

Casi un mes de silencio y miradas. Cada día el café se alargaba hasta más tarde. Como una especie de reto de a ver quién se marcha antes. Un día, Pelo Cobrizo estaba una mesa más cerca. Al día siguiente, Pupila Escarlata siguió el juego y se acercó una mesa más. Prácticamente podían oler el otro café.

Sin embargo, no fue hasta el siguiente día, cuando Pelo Cobrizo dejaba resbalar unas lágrimas por su níveo rostro, el momento en que Pupila Escarlata se levantó de su mesa y tomó asiento frente a frente.

—¿Qué te pasa? —preguntó con preocupación. Le resultaba extraño dirigirle la palabra.

—Absolutamente nada —respondió secándose las lágrimas con el índice y dibujando una media luna en sus labios.

—Llorabas —insistió.

—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.

Hablaron tanto y se enfrascaron de tal manera en conocerse, que apenas se daban cuenta de cómo los clientes iban desapareciendo y el camarero comenzaba a colocar las sillas sobre las mesas. Rieron. Encajaron. Podría haber salido mal, pero no. Una vez abandonaron el local, caminaron hasta la medianoche. Y hasta la madrugada. Y se olvidaron de dormir, pero no de amanecer bajo las mismas sábanas.

Tardes en la cafetería. Y de conocer otras cuando se acercaba el verano. Del capuccino al té frío. Un daiquiri frente a la costa caribeña. Un sake en Japón. Chocolate derretido dentro de una crepe en París. Champán durante cinco nocheviejas.

Pero fue una oferta de trabajo de ensueño para Pelo Cobrizo al otro lado del Pacífico la que se empeñó en distanciarles. Pupila Escarlata no podía abandonar el puesto que en más de diez años se había ganado en el periódico local. La ruptura no fue real hasta que vio el avión despegar al otro lado de la cristalera de la terminal.

Varios meses después, Pelo Cobrizo, lejos de su tierra natal, no rompió su tradición del café. Siempre recordando aquellos iris que enrojecían bajo los faroles al otro lado del océano, también se acostumbró a leer el periódico mientras lo tomaba. Pero por desgracia, allí no vendían aquel en el que escribía su amor.

O quizá sí. Todo parecía tan normal aquel día, que al leer el seudónimo que firmaba la noticia de portada, se le resbaló el periódico entre los dedos antes de acabar la palabra “Escarlata”. Miró al frente, y ahí estaba, tres mesas más allá, y ahora colocándose una más cerca. Pelo Cobrizo no pudo contener unas lágrimas nerviosas, y Pelo Escarlata se acercó hasta su mesa y simplemente le dijo:

—¿Qué te pasa?

—Ab-absolutamente nada…

—Llorabas.

—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.


Y quizá sea una historia de amor simple, como todas lo son. Pero nunca sabremos los sexos de Pelo Cobrizo y Pupila Escarlata. Simplemente sabemos que se amaban. Así que olvidemos, por un momento, los prejuicios que puedan existir ante que sean dos hombres, dos mujeres, o tal vez hombre y mujer. Porque, por un momento, a ninguno nos importaba. Ni jamás debería importar. Leámoslo otra vez con diferentes sexos y el amor será igual de real. El amor es un sentimiento incuestionable. La sexualidad de cada uno, también.