domingo, 31 de julio de 2016

Un mundo donde...

Vivimos en un mundo donde los hombres no pueden llorar y las mujeres no pueden tocarse.

Vivimos en un mundo donde las mujeres deben llorar y los hombres deben tocarse.

Vivimos en un mundo donde un "te quiero" ha perdido tanto su valor que ha pasado a escribirse con dos letras.

Vivimos en un mundo donde a la gente le importa el género con quien se acuestan personas que ni siquiera conocen.

Vivimos en un mundo donde cerramos las fronteras a personas que huyen por su vida y dejamos a nuestros hijos todas las puertas abiertas para navegar por Internet.

Vivimos en un mundo donde se censura más el sexo que la violencia.

Vivimos en un mundo donde se incluyen anuncios contra el machismo en los intermedios de Telecinco.

Vivimos en un mundo donde los polvos se cuentan como trofeos y los amores pasados como fracasos.

Vivimos en un mundo donde hemos pasado de felicitar cumpleaños con nuestra voz a spamear emojis de confeti, globos y tartas.

Vivimos en un mundo donde personas como tú y como yo imponen cánones de belleza inalcanzables.

Vivimos en un mundo donde mujeres y hombres son motivo de burla por su vello por personas a las que les duele quitárselo.

Vivimos en un mundo donde personas a dieta se burlan de la obesidad.

Vivimos en un mundo donde exigen poner foto en nuestro currículum para optar a un puesto en el que desarrollar nuestras competencias.

Vivimos en un mundo donde no puedes subir una foto de un policía a la red pero sí de las tetas de una chica ebria en San Fermín.

Vivimos en un mundo donde se agravan los castigos por piratería a la vez que se encarece la cultura.

Vivimos en un mundo donde pedimos democracia pero rogamos que se arreglen entre ellos para no ir a votar una tercera vez.

Vivimos en un mundo donde los que critican que los jóvenes estén en la calle cazando Pokémon en lugar de trabajar votan al partido que les ha dejado sin trabajo.

Vivimos en un mundo donde es más común piropear con grosería por la calle que tener una charla agradable en un banco con un desconocido.

Vivimos en un mundo donde lloramos que un grupo musical se disuelva pero nos planteamos si ir al concierto de nuestro amigo porque cobra la entrada mínima.

Vivimos en un mundo donde todavía se dice "el que la sigue la consigue" y nos preguntamos de dónde sale el acoso.

Vivimos en un mundo donde las víctimas por violencia de género "mueren" y se afirma que una religión en su totalidad "asesina".

Vivimos en un mundo donde todos creemos en la libertad de expresión. Pero sinceramente, no nos vendría mal estar quietecitos de una puta vez.

jueves, 30 de junio de 2016

Firme aquí, por favor

Todo empezó un día cualquiera. Era noviembre, o quizá todavía no. Dejémoslo en que era otoño. Está bien. Era un día otoñal cualquiera para Emilio. Volvía de trabajar cuando ya empezaba a anochecer. Todo iba como siempre. Sin sobresaltos. Vaya, lo que era un día otoñal cualquiera en la vida de Emilio.

Pero aquel día fue diferente. En su portal le esperaba un hombre. Iba trajeado, parecía incluso haberse perdido en un barrio como ése. Pero le estaba esperando a él. Era evidente, pues se puso en pie en cuanto lo vio aparecer a lo lejos.

—Hoy has cobrado, ¿verdad? —le preguntó el desconocido.

Emilio, extrañado, asintió con suavidad.

—¿Podrías darme ese dinero? —prosiguió.

—Pero… es mi dinero, me lo he ganado yo. ¿Por qué iba a…?

Dos hombres altos y robustos como armarios, aparecieron a las espaldas de Emilio. Dio un respingo al cerciorarse de su presencia.

—Por favor, deme su dinero —insistió, sin cambiar sus buenos modales.

Emilio, invadido por el pánico, entregó su dinero a aquel hombre. Él le entregó una hoja de papel y le pidió que la leyera detenidamente y la firmara. Emilio asintió. Tragó saliva y, tras dudar unos segundos, firmó. El desconocido despareció junto a sus dos matones.


Al día siguiente, aquel hombre volvió. Estaba esperándole de nuevo, sentado exactamente en el mismo escalón.

—Esta vez no —dijo Emilio con firmeza, que había tenido todo el día para recapacitar sobre su incidente del día anterior.

—Venga, no empieces con esto ya el segundo día, o no habrá quien te soporte dentro de unos meses.

—Es mi dinero. Lo necesito para vivir.

El hombre suspiró. Sus dos matones sacaron dos porras de sus bolsillos y comenzaron a golpear a Emilio, que se retorcía de dolor en el suelo, hasta que se rindió y entregó lo que le pedía.

—¿Ves como no hacía falta complicar las cosas? —le preguntó, mientras se agachaba junto a su víctima, encogida en el suelo, y recogía el dinero. Le entregó, de nuevo, una hoja de papel—. Firma aquí, anda.

Emilio, con el pulso tembloroso y lágrimas en los ojos, firmó donde se le indicaba.


Cada día se repitió lo mismo. Aquel hombre le esperaba donde fuera; incluso cuando Emilio dejó de ir a casa para evitarle, él aparecía. Le quitaba su dinero y después le hacía firmar. Su economía empezaba a escasear. Tanto que, un buen día, ya próximo a la Navidad, el hombre, sentado en sus escaleras, le dijo:

—No te molestes. No subas a casa. Te han desahuciado. Bueno, mejor dicho, me quedo tu casa.


Varios días después, cuando Emilio había perdido su trabajo, su casa, y todo lo que había ahorrado en el banco, mendigaba por las calles de su barrio. Hizo amistad con otro vagabundo que se hacía llamar Lucky, pero probablemente era sólo un irónico apodo.

Lucky presenció cómo un día, en pleno invierno, aquel desconocido le arrancó la ropa a Emilio y se la quedó, dejándolo desnudo bajo unos cartones y sin la limosna que había recaudado ese día. Después, como siempre, Emilio firmó. Lucky se preguntaba qué más le podía quitar.


—¿Vendrá hoy de nuevo? —preguntó Lucky al día siguiente a su amigo, cubierto bajo una manta deshilachada.

—En un par de horas —titubeó.

—¿Hoy qué se llevará? No te queda nada.

—Aún queda mi cuerpo.

—¿No estarás insinuando que…? —El horror le silenció antes de acabar la pregunta.

—Seguirán mientras quede algo que arrebatar —murmuró.

Lucky se acarició la desaliñada barba y después apoyó la mano sobre el hombro de Emilio.

—¿Qué firmaste ayer? —preguntó en un susurro—. ¿Te dijeron lo que te iban a hacer hoy?

Emilio negó con la cabeza, apretando los párpados con fuerza.

—Siempre es el mismo documento —aclaró.

—No comprendo.

—En todas las hojas que firmo pone lo mismo —explica.

—¿Y qué dicen esos documentos?

Emilio suspiró humillado.

—Lo he memorizado, a estas alturas… —admitió—. “El firmante está de acuerdo con que el cobrador regrese mañana”.

—No lo entiendo… ¿y por qué firmas?

—No me mires con esa cara —se quejó—. Al menos 137 escaños lo harían.



martes, 31 de mayo de 2016

Puta guarra

Hace rato que la música se ha convertido en una sucesión de sonidos electrónicos mezclados y servidos en azaroso orden. Un nuevo mensaje llega a mi móvil y, no sé por qué, vuelvo a sacarlo del bolso.

“¿Entonces de repente no quieres follar?”, pregunta Fran.

Me acosté con él una vez hace tres meses. En su momento me apetecía, pero desde entonces, cada vez que salgo de fiesta y ha bebido un poco, comienza a pedirme que lo repitamos. No acepta un no por respuesta, aunque es con lo que se ha tenido que conformar desde entonces.

“Te digo por enésima vez que no”, respondo, moviendo mis pulgares a velocidad de órdago sobre las teclas de la pantalla táctil.

“¿En qué bar estás? Voy”, insiste.

Ha conseguido amargarme. Recojo el móvil y cierro el bolso. Los dos chicos que se habían acercado a María y a mí una hora atrás continúan su conversación, ignorando mi actitud pasiva y focalizada en la pantalla.

—¡Por fin dejas el “whatsappeo”, sosaina! —dice el que creo recordar que se llama Juan, quien claramente iba a por mí.

Rodea mis hombros de forma inesperada y me obliga a echarme hacia atrás, dando un respingo. No recuerdo haberle dado permiso para que me toque. Gruñe, pero no cambia su sonrisa fanfarrona.

—Lo siento, era importante —miento.

—Si ya lo has dejado… —comienza a decir, asegurándose de que María y su amigo están enfrascados en una conversación aparte y no nos escuchan—. ¿Quieres ir al baño?

Arqueo las cejas.

—He ido hace un momento.

Se ríe con condescendencia.

—Sabes a lo que me refiero, María.

—Yo soy Mónica. Ella es María.

—Bueno, eso mismo.

—Lo siento. No me encuentro bien.

De repente, la actitud del chico da un giro impredecible y agarra mi muñeca con fuerza:

—¡¿Me estás diciendo que llevo todo este rato divirtiéndote para que ahora me digas que no quieres nada?! —brama.

María se percata de su agarrón y le empuja hacia atrás, obligándole a soltarme.

—No te he pedido que vengas ni te he prometido nada —replico.

—¡Puta guarra! —ruge—. Sales con un puto escote que se te van a saltar las tetas y te dedicas únicamente a calentar pollas.

No sé en qué momento he empezado a temblar, pero lo estoy haciendo. Tampoco sé por qué. María les grita tres o cuatro o cosas, y finalmente se alejan. Ella intenta consolarme. Sus palabras se ahogan entre la música, a punto de reventar mis tímpanos. Estoy demasiado nerviosa como para comprender lo que dice. Mientras tanto, el móvil sigue sonando en mi bolso cada vez que le llega un mensaje. Parece que Fran no se rinde.

Varios minutos más tarde, cuando creo haberme relajado, mi mirada inocente recorre el pub, hasta que se cruza con la del tal Juan. Me observa fijamente. Cuchichea algo con su amigo. Aparto la mirada, pero no puedo evitar volver a dirigirla al mismo punto a los pocos segundos. Sigue contemplándome. Mi cuerpo vuelve a temblar. De pronto, el hombre que parecía hasta simpático, me da miedo.

—Quiero irme —susurro a María, que está enviando mensajes con su móvil, completamente ajena a todo lo que ocurre.

—No te vayas ahora —se queja, abrazándome a modo de ruego—. Me ha preguntado Fran que dónde estábamos y le he dicho que se pasara por aquí un rato. Ya verás como esos dos no se vuelven a acercar.

El pánico me invade. Probablemente, al no responderle, le ha preguntado a mi amiga que dónde estábamos. Ella no sabe nada de lo que pasó. No sabe que me acosa. Ahora sí que quiero marcharme. Me recoloco mi bolso y me dispongo a abandonar el pub. El chico sigue mirándome. Ahora sonríe.

—¿Adónde vas? —pregunta María.

—He dicho que me voy.

—Fran ya está viniendo —se queja—. No voy a dejarle plantado ahora.

La rabia me invade, pero yo misma decido controlarme y no pagarlo con ella. No ahora. Sólo quiero irme. Me disculpo una última vez y le beso la mejilla a modo de despedida. De reojo, veo que el chico todavía me mira. Salgo lo más rápido que me permiten los tacones, sin cruzar la mirada con él. ¿Por qué coño habré decidido ponerme tacones hoy?

Piso la calle. Es la zona de marcha y la aglomeración de jóvenes bebiendo en vasos de plástico impide avanzar en línea recta. Zigzagueo entre el barullo, chocándome y rozándome varias veces con diversos individuos. Juraría que más de uno ha aprovechado la situación. Juraría que alguna mano que ha rozado mi cuerpo no lo ha hecho sin querer. No me importa ya. Sólo sé que no puedo evitar dejar de mirar hacia atrás. En la puerta del bar, el tal Juan me observa en la lejanía, pero no me sigue. “No vuelvas a mirar, Mónica”, me pido a mí misma.

Hace varios minutos que camino por calles vacías. Son las 3 de la madrugada. Mis tímpanos, que pitan, sólo escuchan mi taconeo en los adoquines y el timbre de mi móvil, que continúa sonando. Temo que Juan me siga a lo lejos. O quizá Fran, que haya llegado al pub y, al no encontrarme, haya salido en mi búsqueda.

—¡Guapa! —escucho una voz masculina a mis espaldas.

Suena lejos. Prefiero no mirar. Por la voz, sé que no es ninguno de ellos. Prefiero que no crea que me doy por aludida o que le sigo el juego. A su piropo le sigue una risa. ¿Son dos? ¿Es sólo un hombre que se ríe de su propio comentario?

Sigo escuchando los pasos detrás de mí. Esta calle no parece segura. Salgo a la avenida principal, y aunque eso me suponga dar más rodeo, prefiero ir por aquí. Hay más coches y más transeúntes. Creo que ya no me sigue. Sin embargo, varios metros más adelante, un grupo de chicos vestidos con camisetas de un equipo de fútbol, claman cánticos impregnados en alcohol. No me gusta esa pandilla. Uno de ellos me mira desde lo lejos y hace unos gestos con las manos que perfilan las curvas del cuerpo de una mujer invisible. Miro hacia mis pies y cruzo a la otra acera. Supongo que van tan borrachos que no les merece el esfuerzo abandonar su recorrido, así que enseguida los dejo atrás.

Empiezan a dolerme los tobillos. Sin darme cuenta, camino demasiado rápido y con demasiada rabia. Alguien me grita algo desde un balcón. Mi móvil sigue sonando. De pronto, un joven alto y ancho, camina haciendo eses por mi acera. Intentaría esquivarle, pero su movimiento es impredecible. En la acera de enfrente, dos hombres ríen a carcajadas. Probablemente sean inofensivos, pero ya no me siento segura en ninguna parte. Y el chico ebrio continúa dirigiéndose hacia mí. Sonríe burlonamente.

De pronto, un autobús pasa a mi lado. “Es el que me llevaría a casa”, pienso. La parada está a unos pocos metros. No me lo pienso dos veces y salgo corriendo hacia la parada. Siento que los tacones se van a partir. O quizá mis piernas. Corro como nunca antes lo he hecho, como si todos esos hombres corrieran detrás de mí. Al menos así me siento. El autobús, que se ha detenido a recoger a un cincuentón, ya va a arrancar, pero justo llego cuando cierra las puertas. El conductor se lo piensa un poco. Abre de nuevo y me deja subir.

—Por ser tú —dice el conductor.

—Gracias —respondo de forma inconsciente.

Una vez que he pagado el billete, me doy cuenta de lo que ha dicho. “Por ser yo”. No conozco de nada a este hombre. ¿Por qué es “por ser yo”? ¿Es por cómo voy vestida? ¿Por ser una chica joven? ¿Por qué me abriría a mí y no a otra persona? Quiero alejarme del conductor. El autobús está completamente vacío, excepto por el hombre que acaba de subir en mi parada.

Me siento en la última fila. Quiero evitar cualquier comentario del conductor. Aprieto el billete con rabia en mis manos. Normalmente miraría el móvil mientras el autobús llega a mi parada, pero no quiero, sabiendo lo que me voy a encontrar.

Unos segundos más tarde, en los que los ojos comienzan a entrecerrárseme por el vaivén del autobús y la por fin alcanzada paz, el otro pasajero se levanta de su asiento y, sin mediar palabra, se sienta a mi lado. Su hombro roza el mío y me repugna. Arrastro un poco el culo en dirección contraria. Agarro el bolso con las dos manos.

No dice nada. Intento evitar el contacto visual. Finalmente, de reojo, me cercioro de que lleva un rato mirando mi escote. Empiezo a recordar las palabras de Juan sobre el mismo. Creí que no pasaría nada por llevar un escote en pleno mes de junio, pero parece que ya son dos los que no pueden contenerse. De pronto, escucho un intermitente roce de licra de piel en su abrigo. No quiero mirar, pero acabo haciéndolo. Se está masturbando bajo su gabardina.

Siento náuseas. Súbitamente me levanto de mi asiento, como quien se levanta de un montón de mierda, completamente asqueada y queriendo huir de ahí. El hombre continúa tocándose, sonriendo, sin dejar de mirar mi cuerpo. Ni siquiera ha reparado en mi cara. Tiemblo y me dirijo a las puertas del autobús. Pulso el botón de solicitar parada. No me siento segura pidiendo ayuda al conductor. No después de su comentario. Las puertas se abren diez segundos después; diez segundos que parecen diez largas horas. Me bajo de un salto, a punto de perder el equilibrio sobre los tacones.

Me he bajado una parada antes. No podía más. Me quedo unos segundos quieta, sin poder moverme, queriendo derramar alguna lágrima, pero no le da la gana de salir. La comprendo. ¿Quién querría salir así?

Enseguida vislumbro el portal de mi casa a lo lejos. En mi barrio, pese a no ser el mejor de la ciudad, me siento más segura. Sin embargo, cuando voy a llegar, el vecino que habitualmente me mira de arriba abajo en el ascensor y murmura para sí, está llegando a casa. No me atrevo a subir con él. Hoy no. Espero a unos cuantos metros, en los que no se percata de mi presencia. Aguardo un par de minutos, esperando a que suba en el ascensor, mientras un grupo de chicos sentados en un banco, a punto de dormir la mona, claramente conversan sobre mi cuerpo. Intento ignorarles.

Cuando considero que se ha hecho la hora, camino lo más rápido que puedo hasta el portal, ya con las llaves en la mano como prevención a un posible ataque. Abro la puerta y la cierro rápidamente detrás de mí, temiendo que los chicos de ese banco hayan decidido venir detrás y acorralarme en mi portal. Pero no, estoy a salvo. Al fin.

Subo en el ascensor, mirándome en el espejo y asqueándome de mi propio aspecto. Era mi ropa favorita y han conseguido que desee no llevarla nunca más, como si fuera mi culpa todo lo sucedido esta noche. Ni siquiera puedo seguir mirando mi reflejo hasta que llega el ascensor a mi piso.

Ya en mi casa, tumbada en mi cama y con mis pies descalzos ardiendo, decido mirar mi móvil. Hay más de cincuenta mensajes de Fran y uno de María. Decido leer el de mi amiga:

“¿Qué tal la vuelta a casa?”, pregunta.

Exhalo un profundo suspiro antes de comenzar a escribir.


“Normal”, respondo.

sábado, 30 de abril de 2016

Cincuenta

Esta es la entrada número 50 de mi blog. Fue exactamente el día 28 de septiembre de 2012 cuando se publicó la primera entrada. Casi hace cuatro años.

Es inevitable reflexionar, ¿no? No soy de esas personas que creen mucho en los aniversarios, en las celebraciones basadas en una cifra bonita, o de los que montan desmesurados paripés para algo que no va a cambiarme la vida. Sin embargo, quisiera compartir en esta ocasión un pensamiento que cada vez se repite más en mi cabeza.

Disfruto escribiendo. Toda la gente que conozco que lo hace, lo disfruta. También disfruto componiendo. Disfruto diseñando. Disfruto materializando cualquiera de mis ideas. No voy a ser yo quien opine de mi trabajo, aunque sí que me siento orgulloso de lo que hago. Al fin y al cabo, si no podemos estar orgullosos de nosotros mismos, ¿quién lo estará?

La universidad, trabajo, ahora un máster... han absorbido mi tiempo de tal manera que no he podido dedicar a escribir todo el que me gustaría. Y, de nuevo, toda la gente que escribe de una manera más o menos seria, está en mi misma situación. Sí, porque escribir lleva tiempo, lleva esfuerzo y dedicación, pese a que lo disfrutes tanto como yo.

Todos soñamos con un trabajo que nos apasione. Un trabajo que no nos suponga una lacra en nuestra vida, sino un ingrediente más de nuestra felicidad. ¿Hacia dónde deberíamos caminar, si no es hacia la felicidad?

Y desafortunadamente no es tan sencillo. Rara vez la felicidad y las obligaciones van de la mano. La construcción de un futuro sólido, normalmente, no está basado en la felicidad. Apilamos resignaciones y las enyesamos con conformismo. Y tenemos aficiones.

Creo que hay un concepto muy equivocado de las aficiones. ¿Por qué las aficiones son eso que disfrutamos en el tiempo que nos sobra entre las obligaciones que nos amargan?

No nos confundamos, disfruto lo que hago y estoy seguro que disfrutaría muchos puestos de trabajo. Pero también sé cuántos músicos, escritores, fotógrafos, diseñadores, dibujantes, bailarines, actores, directores y un eterno etcétera, adoran lo que hacen. Y no, no estoy pidiendo que esa gente pueda vivir de ello. Desgraciadamente las cosas no funcionan así. Hay un nivel de exigencia en cuanto a calidad (y pasta, para qué engañarnos), que no nos permiten que vivamos de nuestras pasiones todos los que lo desearíamos.

Y ya voy al grano. Sí, ya era hora. ¿Acaso es mucho pedir que empiece a valorarse que esa gente está trabajando? Todas esas horas, todas esas ideas, todos esos esfuerzos, frustraciones y satisfacciones, tienen un precio. Y no, no hablo de acabar con la piratería, porque soy el primero que piratea. Y sé que está mal. Todos deberíamos dejar de hacerlo, pero seguiremos pirateando.

Hablo de que dejemos de pensar que, cuando alguien dedica un fin de semana a escribir, pensemos que es un tipo que ha dejado sus obligaciones para divertirse. Hablo de que si vemos a alguien haciendo fotos durante toda una mañana en un parque, no pensemos que tiene suerte de hacer lo que le da la gana en los tiempos que corren.

El trabajo es trabajo. Estar varias horas en la oficina no es diferente de estar esas mismas horas frente a un papel plasmando todas tus ideas. Pagar gustosamente al taxista por llevarte a casa y refunfuñar por pagar por que un grupo te lleva a otros mundos por la mitad de precio, no es comprender lo que pasa.

Cualquier tipo de arte es tan digno como otro trabajo. Cualquier afición llevada con profesionalidad lleva un arduo trabajo detrás que merece, como mínimo, aceptación y respeto.

Sólo pido que, cuando escriba mi entrada número 100 (que la escribiré, no quepa duda), entendamos lo que hacemos como un trabajo, que quizá no nos dé dinero a la mayoría, pero nos sumergen, por un momento, en ese camino hacia la felicidad.

Muchas gracias a todos lo que me leéis. Ojalá pudierais sentir lo que siento. Bueno, qué coño. Lo intentaré, como siempre.



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PD.: En otro orden de cosas, este mes sí que haré algo especial. Cada día publicaré en las redes sociales algunas de mis entradas más destacadas, hasta final de mayo, donde volveré a las andadas. ¡A trabajar!

jueves, 31 de marzo de 2016

¿Qué pasó con Jim Buscacorazones?

Es jueves, 31 de marzo de 2016. Monster Magazine se reúne con tres individuos que aseguran haber conocido al mismísimo Jim Buscacorazones antes de que eliminara a los humanos de su dieta. El caso ha revolucionado a toda la Ciudad de los Monstruos. Nuestra población se redujo a las tres cifras hace dos años y las opiniones son dispares. Los hay que apoyan este cambio de filosofía en la vida de los monstruos, pero también quienes creen que sólo está pervirtiendo la naturaleza de las cosas.

Los entrevistados son Marcus, Anna y Charles, tres monstruos que aseguran conocer los detalles más oscuros del desaparecido Jim.

Monster Magazine: ¿De qué conocían a Jim?

Charles: Solíamos cazar juntos. Conocíamos una ruta de colegios que, si bien los niños sacian menos el apetito, era muy sencilla y rápida.

Anna: En mi caso, fuimos juntos a un Curso de Adaptación en la Oscuridad.

Marcus: Jim y yo somos primos lejanos.

MM: Entiendo. Así que todos lo conocían desde hace años. ¿Cómo era antes de este cambio en su estilo de vida?

Anna: Si algo podía definir a Jim, sin duda, diría que era un buen tipo.

Marcus: Totalmente de acuerdo. Igual que Anna tiene unos colmillos de medio metro y seis patas de araña, Charles puede volar y yo domino la invisibilidad; Jim poseía la cualidad de tener dos corazones.

MM: ¿Dos corazones?

Marcus: Eso he dicho, sí.

MM: ¿Para qué le servía tener dos corazones?

Charles: Sencillamente era lo que le hacía especial. Su forma de ser era apasionante. Amaba a toda bestia que le rodeara. Siempre se preocupaba por los demás, les ayudaba, y su ilusión irrefrenable se contagiaba.

Anna: Todos deberíamos tener a alguien como Jim en nuestra vida.

Charles: Jamás olvidaré un día en que estábamos devorando los intestinos de un excursionista cerca de Twin Peaks. Él mide como… tres o cuatro metros, ¿sabe? Y yo no llego al metro y medio. Sin embargo, sabía cómo lo estaba pasando mi familia y me dejó llevarme el resto del cuerpo para compartirlo con ellos. Claramente él necesitaba más alimento que todos nosotros juntos, y prefirió pasar hambre antes de que lo hiciéramos nosotros.

Anna: Precioso.

Marcus: Jim era único.

MM: ¿Y qué le pasó exactamente? ¿Por qué cambió el rumbo de su vida?

Charles: Conoció a alguien.

MM: ¿Una relación amorosa?

Marcus: Sí, pero no fue culpa de esa otra persona. Simplemente, Jim era así.

MM: ¿Podrían ser más concretos?

Anna: Se enamoró de una bestia de la Academia. Fue ella la que tuvo que tomar la iniciativa, pero en unos meses la relación comenzó a fluir.

Charles: Jim era demasiado bueno hasta para eso.

MM: ¿Cómo era ella? ¿Dónde está ahora?

Marcus: Nadie sabe dónde está.

Charles: Era muy buena, pero claro, no tenía dos corazones. Siempre sería Jim mejor que ella. Quizá fue eso lo que quemó la relación. Tenía una inteligencia fuera de lo común y una ambición imparable. Además, era una chica preciosa, con unos labios verdes babeantes y unos ojos inyectados en sangre como rubíes.

Marcus: Y mucho pecho.

Charles: Sí, doce tetas, para ser más exactos.

Anna: El tema fue que el amor traspasó demasiados límites. Jim acabó cediéndole, poco a poco, uno de sus corazones.

MM: Un momento. ¿Jim renunció a ese corazón?

Anna: Ella pasó a formar una parte tan grande de él que, sin darse cuenta, se apropió de uno de sus corazones.

Marcus: Así que Jim pasó a pertenecerle, en parte.

MM: ¿Cómo acabó esa relación?

Charles: Nadie lo sabe muy bien. Se esfumó.

Anna: Ella se fue sin dejar rastro. De un día para otro.

MM: Eso destrozaría a Jim…

Marcus: Evidentemente… ¡se llevó uno de sus corazones!

MM: Entonces… ¿Jim sólo tiene un corazón en estos momentos?

Anna: En efecto. El otro lo perdió.

MM: ¿Volvieron a verlo después de aquello?

Charles: Sí, y estaba irreconocible. Su pasión y su alegría de vivir habían desaparecido. Ya no quiso venir de caza. Ya no se preocupaba por sus amigos. Ya no ayudaba a nadie.

Anna: Realmente, todo eso ya empezó a pasar en el momento que cedió su corazón a su amada.

Marcus: Creo que todos esperábamos que lo recuperara cuando la relación acabara, pero no. Ella se lo llevó consigo.

MM: ¿Cuándo lo vieron por última vez?

Anna: Hará medio año. Dijo que se iba a buscarla. Que la encontraría y recuperaría lo que le quitó.

Charles: Lo mismo.

Marcus: Ídem.

MM: ¿Por qué dejó de comer humanos?

Charles: Creo que redujo su vida a encontrarla. Cazar le quitaba demasiado tiempo.

Marcus: Jim cambió de cabo a rabo. Su dieta es sólo una mínima parte de lo que perdió junto a ese corazón.

Anna: El problema fue de Jim. Quizá ella tomara una decisión equivocada, o que incluso fuera cruel. Pero Jim jamás debió entregarle nada. Jim era de una manera. Sus dos corazones eran lo que le hacía especial. Era su identidad. Jim se involucró tanto que sacrificó eso por ella. Decidió cambiar. Como si yo perdiera mi agilidad y letalidad. Como si Charles no volara o Marcus perdiera su camuflaje. Todos los monstruos tenemos algo que nos hace diferentes.

Charles: Nadie debería perder lo que es y lo que tenía por alguien. Jamás.

MM: ¿Han tenido noticias de él?

Marcus: Ninguna que no sepan ya.

MM: Muchas gracias por esta entrevista. Una última cuestión, a nivel personal. ¿Creen que regresará? ¿Creen que recuperará el corazón que perdió?

Charles: No lo entiende. Jim está ciego. Ella no se llevó su corazón, físicamente hablando.

Anna: Él simplemente “se lo arrancó” y dejó que se disolviera entre el viento.


Marcus: Creo que es suficiente. Gracias a usted.

lunes, 29 de febrero de 2016

La azotea

Iván empujó la puerta de acero un par de veces sin éxito, hasta que decidió tomar carrerilla y golpearla con el hombro. Funcionó. La brisa otoñal azotó su tez y se cubrió los ojos hasta que las pupilas decidieron adaptarse a la luz exterior.

Caminó por la azotea del edificio, sujetando su cajetilla de tabaco y sacando el último de sus cigarrillos. Palpó su pecho, sus muslos, recorrió varias veces todos los bolsillos, y bufó al comprobar que no llevaba mechero.

Se acercó a otro hombre que estaba postrado en la azotea. Portaba un fusil francotirador y centraba la vista de un solo ojo en la mirilla del mismo. Llevaba un uniforme policial y un gorro de lana que dejaba asomar unas patillas bastante horteras.

—¿Tiene fuego? —preguntó Iván.

El hombre dio un brinco. Observó durante menos de un segundo al fumador con desdén y volvió a centrarse en la mirilla.

—Estoy trabajando. No puede estar aquí.

—Siempre salgo a la azotea para fumar en los descansos —aclaró Iván—. Quizá es usted quien no debería estar aquí.

El francotirador gruñó.

—No estoy para bromas. Le repito: no me distraiga. Está hablando con un agente de la autoridad.

—Así que usted es “de los buenos”…

Iván observó hacia dónde apuntaba el arma. Varios coches de policía rodeaban el banco de la acera de enfrente. La amplia calzada de ocho carriles concedía al paseo una gran anchura, lo que fascinó a Iván: realmente ese hombre debía tener mucha puntería.

—¿Quién va a ser su víctima? —preguntó Iván, curioso.

—No tendría por qué serlo si se rinde —respondió el francotirador, y tras unos segundos de silencio, añadió—. Un tipo ha atracado el banco, ¿vale? Me llamaron para hacer lo que hago, no permitir que escape. Tiene rehenes.

—Así que si por casualidad lo ve a través de una ventana, ¿no le dispararía? —quiso saber Iván—. Vaya, en ese caso no estaría escapando.

—Sí que le dispararía. Está poniendo en peligro muchas vidas. —Entonces gruñó el francotirador, sin apartar la vista de la mirilla—. ¡Maldita sea! ¡¿Quiere dejar de desconcentrarme?!

—Lo siento —se disculpó Iván.

Se guardó el cigarrillo en el bolsillo y se sentó en el borde del tejado. Observó a la muchedumbre de civiles curiosos que se agolpaba alrededor del cordón policial. Inconscientemente, comenzó a silbar una canción de algún anuncio de televisión cutre. El francotirador refunfuñó de nuevo:

—¿Quiere parar? —rogó—. ¿Por qué no vuelve a trabajar?

—Porque es mi descanso. No le molestaré. A y cuarto le dejo en paz.

—Déjeme en paz ahora.

—Oiga, tengo el mismo derecho que usted de estar aquí. Es más: yo trabajo aquí.

—Mi trabajo es estar donde se me ordene. En este caso, en esta estúpida azotea.

—Eh, le entiendo. Es su trabajo. Pero la azotea es demasiado grande como para que intente acapararla entera.

—¿Entonces por qué no se va a la otra punta del tejado?

—¿Me va a hacer elegir entre mirar a los yonkis del callejón de atrás metiéndose caballo o un atraco a un banco? —preguntó sarcásticamente Iván—. Sabe que esto es mucho más entretenido.

—No me obligue a detenerle.

—No aparte la vista de la mirilla. Podría salir en cualquier momento —bromeó Iván.

—Juro que como no consiga acertarle, le mataré a usted —dijo el agente.

—Oiga, ¿se cree en el derecho de matar a alguien que sólo está robando? Son sólo unos papelitos de colores frente a una vida humana. Entiendo que quisieran abatirle si fuera un asesino en serie, pero sólo está robando.

—Amenazando a otras personas.

—¿Y a cuántas a matado?

—A nadie, de momento —admitió—. Es “El Mago”, ¿sabe?

—¿Debería conocerle?

—Lleva dos años saliendo en las noticias. Trece atracos lleva a las espaldas desde entonces. ¿No lee la prensa? ¿No ve la televisión?

—Algo me quiere sonar… —murmuró Iván—. ¿Cómo ha conseguido escapar tantas veces? ¿Por qué cree que usted va a conseguir detenerle esta vez?

El agente dio un puñetazo al cemento, y rápidamente volvió a sostener el arma con firmeza.

—¡¿Quiere callarse de una vez?!

—Me callo, pero respóndame —concedió—. Sólo eso, tengo curiosidad.

—¿Por qué cree que le llaman “El Mago”? Siempre consigue escapar inexplicablemente, como por arte de magia. El tipo trabajaba de escapista en garitos de mala muerte. Nadie le ve salir de los lugares. No es que haga una persecución peliculera, no. Simplemente… desaparece.

Iván se mantuvo un buen rato en silencio. El francotirador suspiró aliviado.

—Perdóneme que vuelva a molestarle, pero…

—¡¡¡QUIERE CALLARSE DE UNA MALDITA VEZ!!!

—…pero creo que entonces es estúpido que haya un francotirador en el exterior.

—Es mi trabajo. Obedezco órdenes.

—¿Cómo es? Físicamente, digo. Cuatro ojos ven más que dos. Si lo veo escapar, puedo avisarle.

—No quiero su ayuda. Además, cambia de imagen después de cada atraco. Pero será fácil: el tipo que escape con mucho dinero y, probablemente, un arma.

—Así que va a disparar a un hombre cuyo rostro desconoce. Un poco arriesgado, ¿no cree? Podría disparar a alguien equivocado. O podría tenerlo enfrente y no percatarse.

—Confío en mi intuición.

—Ya veo.

El walkie del hombre comenzó a emitir un mensaje indescifrable. El francotirador giró una ruleta y, finalmente, comprendió el mensaje:

—Ha escapado de nuevo, Román. Volvemos a comisaría. Cambio y corto.

—¡¡¡MIERDA!!! —bramó el francotirador, lanzando su arma a un lado—. Por tu culpa, impertinente de los…

Se incorporó y dirigió la mirada a Iván. El molesto individuo le apuntaba con un revólver.

—No es algo personal… “Román” —dijo Iván—. Pero por culpa de tipos como tú, cada día me cuesta más escapar.

El Mago apretó el gatillo. El cuerpo sin vida del agente se desplomó a sus pies. Iván, El Mago, robó cartera y las llaves del coche de su víctima, y observó unos segundos la foto del documento de identidad. Así sería su nuevo look. Resopló con resignación. Nunca le habían gustado las patillas.


domingo, 31 de enero de 2016

La Cenicienta

—Pero… ¿qué mierda hice anoche?

—Su Majestad se descontroló un poco con la bebida —respondió su criado.

El Príncipe despegó su rostro de la almohada, completamente babeada, y se cercioró de su desnudez. Afortunadamente, las sábanas cubrían su cuerpo.

—¿La lié mucho en el banquete?

—Bueno… intentamos que los periodistas no se enteraran pero… ya sabe. Son como buitres, Majestad.

—Puta mierda… —gruñó—. Dios, cómo me duele la maldita cabeza.

Entonces el Príncipe abrió los ojos como platos al palpar bajo las sábanas. Sacó un zapato de cristal roñoso entre sus dedos.

—Majestad, ¿qué…?

—Tenía un zapato de cristal puesto en el pene. Un zapato de mujer.

El monóculo de su criado se precipitó al suelo. Intentó mantener la compostura, pero era realmente complicado.

—A juzgar por su aspecto y el indudable hecho de que un zapato de cristal no es el calzado más común, diría que es de la jovencita con la que Su Majestad anoche…

—¡¿Me acosté con ella?! —se asustó el Príncipe.

—¡No! ¡Sólo bailaron!

—Ah, bueno. Podría ser peor.

—Majestad… cabe la posibilidad de que le grabaran los paparazzi.

El Príncipe se levantó de sopetón y lanzó el zapato a su criado, que lo esquivó ágilmente.

—¡¿Para qué os pago?!

—En realidad el capital de nuestro salario no lo paga Su Majestad, sino…

—¡Me da igual! —rugió—. ¡Hay que encontrar a esa muchacha! Aunque no consigo recordar su rostro… Menudo pedo… Puto Jägermeister…




—¡Cenicienta, Cenicienta! ¡Despierta!

La muchacha se quitó las bragas de la cara y se apartó los cabellos de la boca. Observó a los ratoncillos con los ojos legañosos y entrecerrados.

—¿En qué puto año estamos? ¿Estoy muerta?

—¡El Príncipe está convocando en el “Sálvame” a la mujer que bailó anoche con él!

La televisión mostró un vídeo grabado por un asistente, con el móvil en posición vertical, pues era uno de esos inútiles, en el que la muchacha y el Príncipe bailaban “La Gozadera”, perreando una manera no muy… ¿monárquica?

—No recuerdo nada de eso. Mi cabeza —se quejó—. Puto Jägermeister.

—Pero esa golfilla que sale… pareces tú —dijo uno de los ratones.

—Mira, si te digo que lo único que recuerdo es que volví a casa en una calabaza con ruedas…

El Príncipe enseñó el zapato, explicando que pertenecía a la mujer de su vida y que convocaba a todas las mujeres al reino para probárselo y casarse con su propietaria.

—¿Y luego la golfilla soy yo? ¡Ni siquiera se acuerda de mí!

—Pero tú sí de él.

—Es el puto príncipe. Está todo el día en la tele. —Cenicienta se levantó y se preguntó cómo podía seguir llevando puestas las medias pero no la ropa interior. Un vestigio de realidad azotó su mente—. Un momento. ¡Tiene mi puto zapato! ¡Ratoncillos, traedme una muda limpia y las llaves de la moto! ¡Se va a enterar el puto principito!




—Vale, ya vamos por la cuarta fase —anunció el Príncipe—. De momento, ya sólo quedáis doscientas cincuenta y siete. Muchas gracias a todas por venir, en la siguiente fase…

—Su Majestad, si me permite… —le susurró su criado—. Creo que este método no va a funcionar. Muchas mujeres calzan el 38, y quizá…

—¡Cállese!

—¡No! —gritó Cenicienta, abriendo la puerta de sopetón. Todas las candidatas dieron un brinco—. ¡Cállate tú, robazapatos!

—¡Era ella! —exclamó el criado.

—Que se calle, le digo —ordenó el Príncipe—. ¡Que todo el mundo abandone la sala excepto la histérica!

Sólo hicieron falta unos segundos para que el portón se cerrara, dejando en el interior a Cenicienta y el Príncipe.

—¿Quieres darme mi zapato y dejarnos de tonterías? —se impacientó Cenicienta.

—Vas a tener que casarte conmigo.

—¿Por qué? —Cenicienta soltó una carcajada—. ¿Por haber bailado contigo? Tú estás muy necesitado…

—No, por el bombo que le están dando los medios —aclaró el Príncipe—. Yo no tengo ningún interés en ti. De hecho, no pareces mi tipo en absoluto.

—Afortunadamente.

—Pero los príncipes no pueden hacer cosas como la que se ve en ese vídeo, ¿sabes?

—Yo tampoco me siento orgullosa, pero “shit happens”.

—Te ofrezco dar el braguetazo de tu vida. Tendrás todo el dinero que desees el resto de tu vida. La clave es casarnos y que, una vez se acabe el cuento, nos despidamos en algún sitio y no nos volvamos a ver. Ya nos inventaremos algo. Yo, a cambio, te ofrezco toda la pasta que quieras.

Cenicienta arqueó las cejas.

—Yo lo que quiero es mi zapato.

—Piénsalo. Yo callo a los medios y tú sales de tu vida de mierda.

—¿Cómo sabes que tengo una vida de mierda?

—Venga ya. Todos nos hemos leído “La Cenicienta”.

Se formó un silencio incómodo.

—Dijeron que nada de metaliteratura.

—Perdón —se disculpó el Príncipe—. Bueno, ¿qué me dices?

—Me parece venderme un poco —admite Cenicienta—. Pero lo cierto es que esta historia ya empieza a quedar algo larga.

—Sí, las entradas de este blog no suelen ser tan largas.

—Me cago en tu reina madre. Hemos dicho que nada de metaliteratura.

—Joder, lo siento.

—Mira, casémonos y acabemos con esta farsa. Pero dame mi puto zapato.

Y así, Cenicienta se casó con el Príncipe y fueron felices un rato y comieron perdices en un bar de carretera en el que pararon porque había camiones fuera, y eso es que ahí “dan de comer bien”. Es posible que echaran un polvo, no lo sé. Después se despidieron y jamás se volvieron a ver. Cenicienta creo que se fue a Honolulu, o algo así. El Príncipe siguió a su rollo.

FIN